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El Eln: historia cercana a las sotanas y la teología

Que el grupo guerrillero pida un cese el fuego bilateral, que coincidiría con la visita del Papa, habla de una identidad con visiones de la iglesia católica.

  • La confrontación armada entre el Estado y el Eln se ha mantenido por cinco décadas. Algunos religiosos han participado desde entonces. FOTO Donaldo Zuluaga
    La confrontación armada entre el Estado y el Eln se ha mantenido por cinco décadas. Algunos religiosos han participado desde entonces. FOTO Donaldo Zuluaga
04 de septiembre de 2017
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De amores a odios. Así ha corrido la historia del Eln frente a la Iglesia.

Aunque parezca curioso, quien catapultó esa guerrilla, que era apenas un asomo de revolución entre los sectores obreros, entre los más pobres, fue un sacerdote. Son presencias que tropiezan en muchos de los rincones más apartados de Colombia.

Camilo Torres, el mismo que se convirtió después de su muerte en un “rock star” de la Teología de la Liberación, venía de lo que denominan una “buena familia”, de la alta sociedad bogotana. Su padre era pediatra y su madre activista liberal. Mientras cursaba sus estudios en Europa y Estados Unidos asumió que el catolicismo debía trabajar con y por los pobres. Estuvo, además, fuertemente influenciado por la revolución cubana, que a finales de los 50 y principios de los 60 se había convertido en un hito revolucionario hemisférico.

Eran los años del fragor de los combates en Vietnam y de tensiones de la Guerra Fría. En Colombia, en cambio, empezaban a sucederse en el Gobierno conservadores y liberales mediante el Frente Nacional.

Antes de ingresar a la guerrilla, Torres ya era visto en algunos sectores como un hombre coherente, progresista, cuyas ideas se proyectaban a favorecer a las “clases populares”. Había acudido a los partidos políticos con el mismo reclamo: “una verdadera democracia”. Esa repartición milimétrica del poder y de los cargos públicos no coincidía con su concepción.

La manifestación abierta de esas ideas le costó la expulsión de la Universidad Nacional, donde había inaugurado la facultad de sociología, lo que lo catapultó a la fama con quienes, entre cuadernos, clases y protestas en el campus, hablaban con romanticismo de la revolución.

Se cansó de una lucha pacífica por los pobres que sentía estéril y un día, exactamente el 15 de octubre de 1965, se retiró del sacerdocio para irse al monte e incorporarse a las filas de la guerrilla. Murió en su primer combate, casi un año después de tomar las armas.

Tuvo seguidores. Motivados por la filosofía que se estaba haciendo popular en América Latina: la Teología de la Liberación (ver paréntesis).

Los sacerdotes que comulgaban con esa doctrina conformaron un grupo llamado Golconda. Torres fue prácticamente su fundador, pero estaban inspirados en lo que sucedía en Brasil, donde los sacerdotes trabajaban con los sectores obreros para “conseguir mejores condiciones de vida”.

Los curas vinculados a ese grupo poco a poco fueron radicalizando su discurso, algunos ingresaron a las Farc, Epl y M-19, pero la mayoría se fue al Eln.

Los curas guerrilleros

Después de Camilo llegaron los curas españoles, tres de ellos muy conocidos: Manuel Pérez, Domingo Laín y José Antonio Jiménez (ver gráfico). Provenían de Aragón, eran párrocos en iglesias en Colombia y motivados por la “valentía” de Torres entraron a la guerrilla. “El cura Pérez” llegó a ser el jefe máximo del Eln.

Versiones de prensa señalan que en “las filas elenas” incluso militaron obispos, sacerdotes, monjas y laicos. El diario español El País publicó el 25 de octubre de 1989 que diez sacerdotes de esa nación combinaban la lucha armada con las sotanas, en Colombia.

Entraron al Eln porque parte de su inspiración era la justicia social, y contemplaban, incluso, la posibilidad de dar su vida por aquellos principios. Se aferraron a postulados de Santo Tomás de Aquino asumiendo que “la lucha armada se justifica para derrotar al tirano”.

“Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar de vestir al desnudo, ¿a qué más debía dedicarse la iglesia?, pensaba Camilo”, recuerda Ramón Fayad, exrector de la U. Nacional.

Fue una generación de sacerdotes marcados por el Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia se repensó y abrió puertas a algunas posturas menos conservadoras.

Leonor Esguerra era religiosa, dirigía el colegio Marymount, uno de los más representativos de la alta sociedad bogotana, y aunque al principio no estuvo de acuerdo con que Camilo se fuera para el Eln después del Concilio Vaticano y de ver el desprecio que la élite capitalina tenía por el trabajo que estaba adelantando por los más pobres, entendió que “por las buenas no se podía hacer nada”, entonces optó por tomar las armas.

“El Eln no tenía una afiliación comunista, los religiosos que queríamos entrar a la lucha armada no teníamos que declararnos ateos, eso hizo que muchos nos fuéramos para esa guerrilla, compartíamos los mismo objetivos y no teníamos que desdeñar de Dios”, recuerda Esguerra, una de las más famosas monjas guerrilleras.

En una entrevista, en la década de los 80, el cura Pérez decía temerario: “hay muchos otros sacerdotes católicos que colaboran y hasta podría decirse que son del Eln, pero cada uno de ellos en su parroquia, y por eso no es prudente ni conveniente hablar de ellos por ahora”.

Ese por ahora se ha prolongado largamente. Hace unas semanas EL COLOMBIANO consultó a “Pablo Beltrán”, jefe de la delegación del Eln en los diálogos de paz, sobre si el Eln mantiene alguna relación con representantes del clero a lo que contestó: “Sí, claro, por supuesto, porque en regiones de Colombia muchas comunidades cristianas de base tienen militancia con el Eln. Al interior hay pastores y sacerdotes que tienen su militancia con nosotros. Ellos aportan a la política en el sentido ético y eso para nosotros es importante”.

Iglesia opositora

Así como hubo algunos sacerdotes y monjas identificados con la lucha guerrillera y otros que apenas simpatizaban con ella, hubo sectores de la Iglesia que siempre la condenaron. Una corriente visible e influyente que discrepaba. Los matices y los contrastes asomaban: parte de la cúpula eclesial en Bogotá, y otros sacerdotes en mangas de camisa que lidiaban, rosario en mano, con el conflicto armado y los actores de la ilegalidad en regiones marginales del país.

La visión de Camilo Torres tuvo férreos opositores como el cardenal Luis Concha Córdoba, asociado con círculos del poder político y empresarial, cuya historia además remite a una familia de la aristocracia bogotana.

El cardenal afrontó un momento complejo: mientras se negociaban las relaciones entre la Iglesia y el Estado colombiano, él debía desmontar la idea de que en medio de la violencia de entonces los curas participaban en política y que el púlpito podía convertirse en una tribuna en la que se discutía el destino del país.

Entre los opositores de la Teología de la Liberación también estuvo monseñor Alfonso López Trujillo, quien durante los setenta y ochenta hizo contrapeso a las concepciones liberales, en calidad de secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano, y monseñor Miguel Ángel Builes, quien sostenía: “Lo que Dios hizo desigual, el hombre no puede cambiarlo, y el derecho de propiedad que nace con el hombre, no podrán destruirlo todos los socialistas del mundo. Podrá aniquilarse la humanidad como en parte aconteció en Rusia; pero el derecho natural no se destruirá jamás”.

Una ruptura

El momento de mayor distanciamiento entre aquellos sectores liberales de la iglesia católica y la brutalidad del Eln ocurrió en Arauca, el 2 de octubre de 1989. Con seis tiros de fusil, guerrilleros de ese grupo asesinaron a monseñor Jesús Emilio Jaramillo.

El obispo fue alumno de monseñor Builes. Aunque no era un conservador radical, no acolitaba la lucha armada. Se ganó la devoción y el respaldo de sectores campesinos, indígenas y obreros, que el Eln había querido controlar, lo que poco a poco creó una barrera insalvable. La suerte estaba echada, monseñor Jaramillo se convirtió en un personaje incómodo para la estrategia de control territorial de la subversión.

Tras el asesinato del obispo, 800 guerrilleros se retiraron de las filas del cura Pérez. Algunos de ellos conformaron la Corriente de Renovación Socialista que más adelante negoció su desmovilización con el Gobierno de César Gaviria.

Por este hecho, “Pablo Beltrán” ha pedido perdón, e insiste que el Eln seguirá pidiendo perdón, ya que lo califica como un error garrafal.

Durante la visita del Papa Francisco a Villavicencio, Meta, monseñor Jaramillo será beatificado, siendo reconocido como un mártir que murió por “odio de fe”.

Sin embargo, la ruptura no fue absoluta, según el Eln, que desde entonces y hasta hoy ha dicho tener afinidad con los postulados católicos. Esguerra, quien se desmovilizó en 1994, dice que hasta la muerte del “cura Pérez”, en 1998, hubo una conexión entre el Eln y la Iglesia, y ahora es más una relación respetuosa.

Fuentes consultadas se atreven a decir que aún hay sacerdotes cercanos, algunos a los combatientes y otros a comunidades donde el Eln tiene presencia. Pero esos mismos expertos aclaran que no se trata de una doctrina ni una postura institucional. Ello al tiempo que desde la Iglesia se aboga por una salida negociada al conflicto. Hoy 10 obispos hacen gestiones para acercar las posturas del Gobierno y la guerrilla en la mesa de diálogos, en Quito.

En el Eln se mantiene por supuesto la concepción mesiánica de la lucha armada; es decir, aquella acción en que las armas no son una estrategia sino un fin, advierte León Valencia, exmilitante de la Corriente de Renovación Socialista del Eln y ahora analista del conflicto armado.

Es la creencia, desvirtuada por la historia, de que “la lucha armada puede salvar al país”. La paradoja es que para ese cometido, en una nación de 45 millones de habitantes, al Eln lo integran hoy no más de 2.000 combatientes.

Francisco, ¿inspiración?

Argentina no fue ajena a la cercanía de la Iglesia con los pobres. Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, fue uno de los jesuitas que más se inclinó por ese apostolado.

Envió a sacerdotes a trabajar en las barriadas, y no solo a decir misa sino a vivir con las comunidades, a acompañarlas en la lucha por sus derechos y su dignificación humana.

Aunque nunca aceptó la lucha armada, incluso la combatió cuando hubo brotes revolucionarios contra la dictadura militar, su mensaje es recogido por el Eln.

Según el jefe guerrillero “Pablo Beltrán”, en su pontificado Francisco ha dado muestras de cambios en la Iglesia y de volver a poner la Iglesia “cerca de la gente más excluida, eso es importante”.

¿Es por eso que la guerrilla del Eln ha pedido en la mesa de diálogos con el Gobierno que haya un cese el fuego que coincida con la visita del Sumo Pontífice a Colombia, en menos de dos semanas?

“Pensamos que esa es la mejor manera de recibirlo: con un gesto de paz”, responde el jefe guerrillero.

Entre tanto, la Iglesia, como institución, ofrece su apoyo para alentar el entendimiento entre las partes y que la negociación dé frutos. “Vamos a ayudar a tender puentes para que sea el camino del diálogo el que conduzca a una paz total”, asegura monseñor Óscar Urbina, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana.

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