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Acciones pacíficas para superar la guerra

  • FOTOs Cortesía y Esteban Vanegas
    FOTOs Cortesía y Esteban Vanegas
Publicado el 30 de septiembre de 2020
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comunidades del país, según Unidad de Víctimas, con reparaciones colectivas.

Resistir las ‘esquirlas’ del conflicto armado ha sido una tarea diaria en Colombia.

Por eso, en esas regiones apartadas, donde la confrontación nunca se ha visto por televisión, un puñado de mujeres y de hombres decidió apostarle a borrar el estigma de sus territorios y a resistir a la violencia que ha intentado regresar con proyectos que ayuden a construir.

EL COLOMBIANO recogió ocho iniciativas que muestran cómo desde proyectos productivos, la protección ambiental y la comunicación las comunidades pueden apropiarse de su territorio y resistir a la violencia armada desde la palabra y el ejemplo.

Luis Eduardo Celis, experto en posconflicto, explicó que la resistencia es la manifestación ciudadana y la expresión social que exige respeto: Hay algo muy importante sobre la permanencia en el territorio y las formas particulares de vivirlo, ya que los que más han sufrido por la guerra son los campesinos, indígenas y afro; por eso ellos adaptan su cultura y sus necesidades a las formas en cómo prefieren tramitar los conflictos a los que se ven expuestos”.

Sus iniciativas actualmente son claves para ‘barrer’ las 160 mil hectáreas de coca que tiene el país, según la ONU, y que son el combustible de una violencia que nadie quiere que regrese.

De hecho, muchas de las propuestas con las que se busca superar la guerra, como radios comunitarias o proyectos audiovisuales para recuperar el territorio (ver recuadros), son objeto de análisis internacional. Incluso, no se descarta que se les canalicen recursos del exterior.

En este contexto, Celis recordó que en el caso colombiano hay experiencias muy importantes desde los 80 en esta materia.

Por ejemplo, la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, quienes a través de estrategias, que fueron desde el canto hasta la protesta, lograron que tanto paramilitares como guerrilleros llegaran a un acuerdo humanitario en ese territorio de Santander. Era esto lo que estaba investigando la periodista Silvia Duzán cuando fue asesinada el 26 de febrero de 1990.

Otro ejemplo es el trabajo que realizan hace dos décadas los jóvenes de la Comuna 13 de Medellín, quienes después de años de violencia se levantaron a contar su historia a través del graffitour y del hip hop, con lo que mantienen viva la memoria del conflicto urbano, y alimentan su cultura con nuevos formatos.

Esto demuestra que a la par de la guerra, siempre, habrá gente valiente pidiendo desde la legalidad respeto por sus valores .

Contexto de la Noticia

Videos que “devuelven” la tierra en el Bajo Cauca

Un grupo de comunicaciones dedicado, inicialmente, a mostrar las riquezas naturales de la región adquirió vida cuando cientos de familias retornaron

en 2010 a la Serranía de San Lucas, después del desplazamiento al que fueron sometidos por los paramilitares entre 1999 y 2002. Los lazos se habían roto: “Desconfiábamos entre nosotros mismos por el conflicto y porque la economía que instaló el conflicto fue la coca, que al ser ilícita implicaba estar solo para estar mejor”, dice Manuel Tovar, director del colectivo de comunicaciones Gente y Bosques. Fue así como, con apoyo de varias organizaciones y de cooperación internacional, le dieron vida a este proyecto.

El principal problema que evidenciaron fue la falta de acceso a la tierra, por eso, realizaron varios trabajos audiovisuales que muestran la estrecha relación de la comunidad con la tierra y se los presentaron a varias entidades del Estado como el Incoder, la Agencia Nacional de Tierras, la Unidad de Restitución y el Ministerio del Interior. Así lograron la sustracción de 25.000 hectáreas en la zona de reserva forestal y la titulación de 260 predios en veredas fuera de ella. Con su trabajo también lograron que la Unidad para las Víctimas les reconociera su territorio como sujeto de reparación colectiva. Hoy acompañan desde la comunicación a familias campesinas productoras en el Bajo Cauca, Sur de Córdoba y Norte de Antioquia, para que resuelvan la legalidad de la tierra.

Francia Márquez y sus brigadas étnicas

Francia Márquez se dio a la tarea de proyectar a la mujer afro en todas la esferas en Cauca. Allí, a través de Asociación de Consejos Comunitarios del Norte de Cauca, materializó el pobjetivo de organizarlas para ejecutar brigadas, a veces diarias, de protección ambiental y autonomía del territorio. En cada jornada, y en especial desde hace dos meses, se centró en intercambios de experiencias de incidencia nacional e internacional; procesos organizativos y comunitarios e interlocución con el Gobierno Nacional. Son brigadas por la defensa étnica de su cultura. “A raíz de la política de la muerte que se sigue imponiendo en los territorios, de procesos de discriminación racial y de la guerra misma, decidimos alzar la voz en favor de la vida”, precisa Márquez. Uno de sus más recientes logros está relacionado con la concientización de las personas de su Cauca rural en la necesidad de cuidar su tierra. Su trabajo, que supera las recientes brigadas que ahora lidera, ya fue reconocido a nivel internacional. En efecto, fue catalogada como una de las 100 mujeres más inspiradoras e influyentes de todo el mundo, en 2019, de acuerdo con el conglomerado de medios inglés BBC. “Líder formidable de la comunidad afrocolombiana, Francia Márquez encabezó una marcha de mujeres de 10 días y 350 millas hacia la capital del país, para recuperar sus tierras ancestrales de los mineros ilegales”, decía la distinción que le fue otorgada.

La apuesta por el café para defender a Ocaña

Hace dos semanas, siete familias que hoy habitan los corregimientos de Otaré y Agua de la Virgen, de Ocaña (Norte de Santander), firmaron contratos de comercialización con la Cooperativa de Caficultores del Catatumbo (Cooperacafé).

Así comercializarán 5.000 kilos anuales de café tipo pergamino.

Regresaron del desplazamiento en 2015 y la región del Catatumbo seguía siendo un campo de batalla de grupos armados ilegales. Sin embargo, en Cúcuta (capital de Norte de Santander) era muy poco lo que podían hacer, acostumbrados al trabajo en la tierra. Al regresar a su campo solicitaron la restitución de los predios que les arrebataron los ilegales y, de “ñapa”, recibieron proyectos productivos para mejorar su calidad de vida.

“Yo tuve que dejar todo botado y salir sin nada en las manos, solo con mis hijos; pero ahora la restitución me ha brindado nuevas cosas, como mi tierra y proyectos productivos de café y plátano, que son de ciclo largo y de ciclo corto. De cada uno ya tengo sembradas una hectárea y estaré lista para empezar a comercializar”, afirmó Yudy Torcoroma Soto. Yudy manifestó que, con la buena noticia de la comercialización, un gran impulso para su trabajo, ya no tendrán la angustia de buscar comprador sino que se podrá dedicar al cuidado de la tierra, como siempre lo soñó. En la fotografía se ve a Yudy en su plantación de café, donde también siembra esperanza por la continuidad de la paz.

Conectar digitalmente a Ituango con el mundo

La instalación de internet a través de fibra óptica fue uno de los proyectos que iniciaron 24 excombatientes de las Farc, que pocas cosas sabían hacer, además de la guerra. Reincorporarse era uno de los más grandes sueños cuando llegaron a Santa Lucía, en Ituango (Antioquia). Allí buscaron alternativas que les permitieran subsistir, pero a la vez reconciliarse con el entorno y con la comunidad en la que iban a habitar.

Este proyecto era muy ambicioso ya que la conectividad en las veredas de Ituango era nula. Hoy existen 85 familias conectadas, es decir, unas 200 personas que se benefician de internet en su hogar, facilitando los procesos de comercialización y educación en una comunidad hasta hace muy poco aislada. “Más que ser rentable de una vez, este proyecto lo hacemos para prestar un servicio a la población”, asegura el administrador Gustavo López. Hace dos meses, la mayoría de los excombatientes radicados en Santa Lucía tuvieron que salir de Ituango para preservar su vida; se fueron desplazados a Mutatá, en el Urabá antioqueño, pero el proyecto se quedó: “Tenemos dos personas de la comunidad que están trabajando fuertemente en que el proyecto crezca, porque la comunidad lo necesita; así que estamos felices de poder quedarnos, así sea de manera simbólica en cada uno de esos hogares”, anotó López.

Sustitución basada en la iniciativa campesina

El esfuerzo de las manos de más de 100 familias campesinas en el Sur de Córdoba por primera vez en tres décadas no fue utilizado para plantar hoja de coca, sino para arrancar las matas que los habían condenado a la confrontación armada y a la violencia. El trabajo colectivo se concretó a finales del año pasado en 2.840 hectáreas erradicadas bajo la promesa de sustitución de esos cultivos por otros legales. Lo inédito es que decidieron ejecutar este proceso de forma autónoma, aunque sí con la esperanza de encontrar nuevas fuentes de financiación. De hecho, su modelo de erradicación, proyectado por sus propios pobladores, ha sido analizado con el fin de proyectarse en otros departamentos. “Aquí nadie quería la coca, la sembrábamos porque era nuestro único sustento”, explica Arnobi Zapata, uno de los líderes de la comunidad, que promovió la sustitución voluntaria, pese a la presencia de las llamadas Autodefensas Gaitanistas y de su “persuasión” para no atender los llamados del Gobierno a abandonar la coca. “Las familias empezaron a recibir algunos recursos, porque era una apuesta decidida por la paz y la reconciliación. Para nosotros, dejar la coca era arrancar el conflicto de raíz”, cuenta Arnobi. Sin embargo, su modelo de iniciativa campesina no logró el acompañamiento total del Gobierno para buscar nuevos proyectos productivos, a pesar de que su idea de organización quiere ser ‘exportada’ a otras regiones.

Así proyecta Villagarzón a sus nuevos líderes

Cada dos de noviembre, día de las ánimas, los habitantes de Villagarzón, en Putumayo, le rinden homenaje a sus muertos, especialmente a los líderes que han perdido por cuenta de la violencia. Esta ha sido desde hace un par de años su forma de unión para mostrar más allá de sus fronteras que la guerra ya no es parte de su día a día. De hecho, se alistan para que la fecha de este año sea parte de un proceso nuevo de liderazgo activo que quieren promover, para garantizar a plenitud sus derechos. Por eso, le pidieron a la Unidad para las Víctimas que los capacitara, en el marco de la reparación colectiva para la que fueron seleccionados, que les ayude en la potenciación de nuevos líderes, veedores, presidentes de juntas de acción comunal y de integrantes de comités de impulso, para desarrollar modelos de formación política y ciudadana en temas como Derechos Humanos, Estructura y Funcionamiento del Estado y Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, que ellos mismos han venido preparando. “Queremos ser mejores líderes, que la muerte de quienes nos fueron arrebatados nos inspire a seguir su legado, a proteger a la comunidad y ayudarla a salir adelante. Esa es nuestra forma de resistir a la violenta y de decir que juntos somos más fuertes”, asegura Carmelina Jojoa, vicepresidenta de la Asociación Asuagro Nueva Esperanza.

‘La voz del viento’ es la radio de los nasa

Desde hace cinco años, un colectivo de comunicaciones mantiene informados al pueblo indígena Nasa, asentado en Corinto (Cauca), uno de los más afectados por el conflicto armado y que sigue resistiendo.

Les cuentan los hechos que ocurren en su entorno: lo hacen a través de una emisora, una cuenta de Facebook y una página web. “Denunciamos las situaciones que se dan en el territorio, las acciones negativas de los grupos armados de todos los bandos, las políticas que nos afectan como la erradicación, la fumigación, y las agresiones de las que son víctimas las comunidades y el territorio. Lo hacemos para generar análisis, reflexión y conciencia, y que la gente entienda lo que está pasando y por qué”, cuenta Dora Muñoz, una de las integrantes del Tejido Wejxia Ka´senxi, que traduce La voz del viento. Ha sido muy difícil porque están en la mira de los actores del conflicto. “Ser líder en el Norte de Cauca y más indígena, es cargar con un estigma”, dice. De hecho, uno de sus compañeros, Abelardo Liz (foto), murió el 13 de agosto pasado mientras cubría un desalojo de la Fuerza Pública en uno de los ingenios azucareros tomados por los indígenas, en lo que denominan la liberación de la madre tierra. “Ahora sí nos sentimos en riesgo, es muy complejo, uno siente que en cualquier momento no habrá la garantía de hacer un trabajo de visibilización, de denuncia. Si no hacemos este trabajo y resistimos, nadie más lo hará”, relata Muñoz.

Peces ayudan a dejar atrás el dolor en El Bagre

En mayo pasado se dio la primera cosecha del proyecto piscícola que hace parte de la recuperación social y económica, tras resistir al conflicto armado, de 100 familias de comunidades afro de las veredas Villagrande, Chaparrosa y Nueva Esperanza de El Bagre (Antioquia). Hacen parte del plan de reparación colectiva que implementa la Unidad para las Víctimas. “Nos encontramos felices en este momento, porque ya hemos logrado cosechar los primeros 50 kilos de producción piscícola, logramos ver que el esfuerzo del trabajo hecho de manera mancomunada con toda la comunidad funcionó”, asegura Julio Vergara, representante del consejo comunitario de Villagrande. El líder también reconoce que estas medidas “contribuyen a reparar, mitigar y resarcir los daños causados por el conflicto y la reconstrucción del tejido social que se había roto en nuestras comunidades”. Además, recordó que, entre 1997 y 2005, “este territorio fue muy golpeado por el conflicto con desplazamientos forzados de población, masacres, asesinatos selectivos, confinamientos y violencia sexual”. Estas comunidades reconocen dificultades de acceso vial, pero vieron en el proyecto productivo del criadero de truchas una forma de subsistencia, partiendo del trabajo colectivo para su beneficio, e invirtieron de la mejor manera este recurso como una de las medidas de reparación. Hoy siguen en pie en medio de un conflicto que no se ha ido en el Bajo Cauca.

Olga Patricia Rendón Marulanda

Soy periodista egresada de la Universidad de Antioquia. Mi primera entrevista se la hice a mi padre y, desde entonces, no he parado de preguntar.

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