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La nueva obra del Teatro Popular de Medellín

La renovación del TPM se nota desde la puerta. Una sala moderna, posible por la convocatoria de la Ley de espectáculos y el esfuerzo propio.

  • La renovación del TPM se nota desde la puerta. Una sala moderna, posible por la convocatoria de la Ley de espectáculos y el esfuerzo propio. FOTO Donaldo Zuluaga
    La renovación del TPM se nota desde la puerta. Una sala moderna, posible por la convocatoria de la Ley de espectáculos y el esfuerzo propio. FOTO Donaldo Zuluaga
03 de abril de 2016
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La casa que se les ocurrió que podía ser la sede del Teatro Popular de Medellín (TPM) estaba que se caía, tanto que cuando la gente pasaba, mejor se iba para la otra acera porque la fachada, así se veía, estaba a punto de colapsar.

Esa zona, ahí arribita de las Torres de Bomboná, cuenta Iván Zapata, director del teatro, fue un sitio habitado por la alta sociedad de la época en los años 30, y la casa era de unos ricos que la tenían abandonada. Averiguaron de quién y les pidieron 15 millones de pesos, eso en 1992.

En ese entonces los teatros se habían inventado el Teatro festival de Medellín, que era, sobre todo, una campaña para ayudar a comprar sede. La sala que lo organizara se quedaba con el dinero y los otros grupos participaban. Recuerda Iván que el primero fue para el Matacandelas, el segundo para La mancha y el tercero para el TPM. Recogieron en taquilla 4 millones 200 mil pesos, que era lo único que tenían para comprar la casa.

Sin embargo, de esas cosas que pidieron rebaja, de puros conchudos, le parece al director, y les dijeron que claro, que se las vendían en 14 millones 500 mil. Les faltaban más de 10 millones y ningún banco les quería prestar, hasta que de tanto llorar, uno les dijo que sí, pero que no solo tenían que hipotecarla, sino también buscar otro respaldo. Se miraron entre los del grupo, y el único que tenía inmueble propio en ese momento era Iván. Cerró los ojos y la compraron.

La casa, añade él, aunque estaba que se caía, era muy bonita, vieja, como la del Pequeño Teatro, y ellos soñaban restaurarla. Como los sueños se demoran, un amigo ingeniero les aconsejó tumbarla, porque si no, se les caía sola, y ellos ya tenían escuela y trabajaban con niños y adultos. Mejor no arriesgarse.

Para tumbar, sigue Iván, también se necesita plata, y de eso no tenían, así que empezaron a canjear las tejas, el piso y las ventanas. De recuerdo les quedaron, y aún las conservan, una ventana y una puerta, la de entrada. Demolieron todo, hasta quedar en un terreno vacío. Problema grande en el que se metieron. Les tocó quedarse con un espacio que tenían alquilado por ahí cerca, más el lote en el que algunas personas empezaron a tirar basura y los indigentes a dormir. Por supuesto, los vecinos se quejaron. Pensaron en vender o hacer un parqueadero para recoger la plata.

Hasta que un proyecto del Instituto Mi Río, que buscaba recuperar el río Medellín, los salvó: los contrataron para hacer una obra pedagógica, que llamaron El río sueño, una propuesta muy buena desde lo económico, si bien los dejó enfermos y exhaustos: se presentaban dos veces debajo del Puente Guayabal, y el olor del río, que era muy fuerte y muy feo, de lo contaminado que estaba, no se lo aguantaba nadie. Fue la primera vez de los alumbrados sobre el río.

Así empezaron a construir la casa, de atrás para adelante, para irse pasando tan pronto pudieran. Lo primero fue el escenario, que pensaron sería luego una bodega, porque ellos soñaban un escenario más cómodo, sin tantas escaleras. Se dieron cuenta, sin embargo, que no les alcanzaba, que mejor dejaban así.

La casa la fueron haciendo de a poco, con donaciones de empresas constructoras. Una teja, algunos ladrillos, cualquier cosa. Iván explica que el lugar era kitsch, recogía los estilos de todos los regalos.

Así estaban, resignados casi, hasta que vieron en la Ley de espectáculos públicos la posibilidad de cumplir los sueños de antes y, sobre todo uno, que les rondaba la cabeza hace cinco años, explica Astrid Osorio, coordinadora académica y actriz. Querían un espacio que fuera más accesible, porque para subir al escenario solo había escaleras, y si llegaba alguien con movilidad reducida, subirlo cargado era la única opción. Además de tener una sala más bonita y amigable, más cómoda.

Iván comenta que le gusta hablar con Santiago García, del teatro La Candelaria de Bogotá, sobre que la calidad del espectáculo también depende de las nalgas del espectador.

Así participaron junto con el Teatro Matacandelas en la ley, y también se la ganaron: 755 millones de pesos para reforma y adecuación.

Después de más de un año de esperas y trabajos, el teatro que tenían en la imaginación ya existe: moderno, con sillas nuevas, un escenario en madera, una tramoya de nueve barras, que esperan agrandarla tan pronto puedan a 16, que tiene las mismas luces de antes, los tarritos viejos de siempre.

Desde afuera, del viejo TPM no queda ni el recuerdo de la fachada. Ahora hay una pared de ladrillo, con una lámina que, en huecos, lleva el nombre y el logo del teatro, con adornos de hojas. Desde afuera, es otro teatro, nuevo.

El recorrido

Como el dinero de la ley es solo para infraestructura, no para dotación, no alcanzó para todo. Lo de las sillas ha sido de ellos, más la suma de lo demás, que no cabía en la ley, como la tramoya y organizar el viejo escenario en dos salones, más reformar los viejos, porque la Escuela TPM, con 33 años, es muy importante en su labor. Por eso, como igual le pasa al Mata, andan endeudados.

Para pagar las sillas hicieron un crédito, y ahora tienen una campaña prosilla, y quien se anime puede comprar una y esa quedará marcada con su nombre. De las 100 que tienen, todavía hay muchas sin nombre. Una vale 400 mil pesos, si bien se puede pagar incluso entre cuatro, para compartir el nombre.

Además, como cuando participaron en la ley era 2014, y tenían un presupuesto de entonces, y la construcción inició en octubre de 2015, los precios no eran los mismos. Entre ellos el obligatorio tanque de agua, que había que comprarlo afuera, y el precio inicial de 22 mil dólares ya era mucho más en pesos. Eso también los afectó.

Aunque como buenos gestores culturales, precisa Iván, empezaron a contarles los problemas a los proveedores y a los constructores, y las plegarias fueron escuchadas.

La diseñadora y arquitecta, por demás, era de la casa, Teresita Estrada, que como igual sabe de artes les siguió los caprichos y las necesidades.

La gran pelea fue con el invierno de fin de año. Iván hace un chiste, el mejor ingeniero es el sol. Luego, en diciembre la gente está pensando en buñuelos, y eso retrasó, más el tema financiero y los problemas de liquidez, porque la ley no entrega la plata ahí mismo, sino que es empezar, que después les reponen. Difícil al principio, si bien consiguieron el anticipo. Todavía falta, precisa Iván, que les paguen un 20 por ciento, de ahí que unas culebras los muerdan por detrás.

Lo bonito, sobre todo, es que han encontrado apoyo de personas que se suman al proyecto. Pura solidaridad.

Porque presentarse a la ley era una ruleta rusa, cuando solo para aplicar a la convocatoria debieron hacer una inversión de 42 millones de pesos, que solo eran reembolsables si se la ganaban. Había que hacer estudio de suelos, cálculo estructural, diseño de redes contra incendio, diseño acústico, licencia de construcción, impuestos al municipio. Menos mal se lo ganaron, piensan ahora que miran ese teatro terminado y que inauguraron el pasado jueves por la noche. El viernes quedaban los confetis de la fiesta.

Los retos

En términos de metros y de cantidad de personas, no crecieron. El escenario de antes era de 10x6 metros, y el de ahora es de 8x7. Caben igual 100 personas. Porque para ellos eso no era lo importante, sino las mejores cualidades técnicas y profesionales, más la accesibilidad. Incluso los ventiladores que estaban pegados en las paredes del viejo teatro ya no van a estar más. El tema es de detalles: hay aire acondicionado y un mejor cuarto técnico.

Los retos llegan, por supuesto. El director lo ve como una lucha que termina y otra que empieza. Mantener el teatro y, además, la calidad del trabajo artístico. Astrid expresa que el cambio físico trae un cambio artístico, como grupo. Seguir la línea histórica infantil, que los ha caracterizado y, además, ampliar la estética, explorar otros caminos, para jóvenes y adultos.

Iván se sienta en el escenario y observa las sillas nuevas, vacías. Sabe que el teatro se hace cuando alguien lo ve, pero mirarlo vacío le parece un sentimiento, lo define él, posorgásmico: es mirar no las sillas solitarias, sino toda la energía que queda después de un espectáculo. Al fin y al cabo, es la vida la que han dejado allí, todo este tiempo en que el TPM ha sido teatro.

Infográfico
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