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Tan curioso como un gato

  • Ilustración
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Helena Cortés Gómez | Publicado el 01 de mayo de 2019

La Florencia en la que nació Leonardo es descrita como una región tolerante, abierta al mundo, una capital global. Ese elemento de compartir la diferencia y, sobre todo de valorarla, fue fundamental para el desarrollo de este creador italiano.

“Si no temes al fracaso y además tienes la oportunidad de encontrarte con personas que piensan distinto y que a la vez te respetan, esta combinación inevitablemente resultará en ideas creativas”, comenta el sociólogo del arte y profesor de la Universidad de Antioquia, Juan Guillermo Molina.

Lo dice al recordar la sana rivalidad que Da Vinci tenía con el arquitecto y escultor Miguel Ángel Buonarroti. Los dos representaban un verdadero duelo artístico que definió el Renacimiento para algunos críticos de arte como el británico Jonathan Jones, quien escribe para el diario The Guardian desde 1999.

Sobre las ventajas que Eric Weiner menciona en su libro La geografía de la genialidad (Simon & Schuster, 2016), para Molina hubo condiciones sociológicas que permitieron que esa ciudad se llenara de genios, y que incluso hoy pueden compararse con Silicon Valley, en la bahía de San Francisco, el centro global de alta tecnología e innovación: “La más importante fue el respeto por la diferencia, un asunto que si se piensa replicar es muy grave en este momento histórico de miedo a la inmigración”.

Como Silicon Valley o la Berlín de la actualidad, añade Molina, estas dos regiones del mundo son comparables con la Florencia y Milán de hace 500 años, ciudades en las que vivió Da Vinci. “Le pasó también a Benjamin Franklin, quien vivió en Filadelfia, una de las regiones más liberales y tolerantes de Estados Unidos en su tiempo”, compara el profesor.

No se puede dejar de lado, además, que según apunta Gustavo Arango Soto, abogado, doctor en filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y estudioso del lenguaje del arte, no solo Florencia era una ciudad rica y con mecenas interesados en invertir en arte, además contaba con maestros que estaban exentos de celos y envidias ante sus alumnos, lo que les permitía innovar en técnicas y no encasillarse en clases que pusieran un marco a sus ideas.

Pasión lúdica y obsesiva

Los biógrafos que rastrearon sus cartas, como el norteamericano Walter Isaacson, que recientemente publicó Leonardo da Vinci: La biografía (Simon & Schuster, 2018), basada en las cerca de 7.000 páginas de sus cuadernos privados, y quienes exploraron sus demás legados están de acuerdo en que, ante todo, Leonardo mantuvo la curiosidad de un niño durante toda su existencia.

Se interesaba por todo, “de haber vivido en la actualidad nadie lo habría contratado, pocas veces terminaba lo que empezaba”, dice jocosamente Molina. Esto porque se dejaba seducir por cada rareza que percibía: desde el flujo del agua, la elaboración de tintes para el cabello, hasta el diseño de tanques en forma de tortugas. Este hombre renacentista incluso comprendió el impacto que el aire tiene en la superficie primero que cualquier otra persona.

Su helicóptero no volaba, pero eso no era lo que a él le importaba; si era constante en algo era en ser fiel a su curiosidad, de experimentar y de conectar ingeniería, diseño de puentes y canales, óptica, botánica, anatomía, geografía y arte. Para Isaacson, Leonardo constituye el paradigma de la capacidad de establecer conexiones entre diferentes disciplinas: artes, ciencias, humanidades y tecnologías.

Por esto Molina piensa que “cuando uno se especializa se empobrece un poco”.

Ventajas personales

A Leonardo da Vinci le sirvió nacer fuera del matrimonio, pues de lo contrario le habría correspondido ser notario, como era común en su época con los primogénitos de notarios.

“Forjado por su voluntad y ambición, Leonardo casi no tuvo estudios y apenas sabía leer en latín o hacer divisiones complicadas”, relata Isaacson. Agrega que a diferencia de Albert Einstein o Isaac Newton, esto “no se debía al don divino de una mente con capacidad de procesar información que los simples mortales no entienden”, sino a ser un discípulo de la experiencia.

Además fue un buen momento para que un niño naciera con tales ambiciones y aptitudes. Johannes Gutenberg empezó con su imprenta en 1452, el año en que nació Da Vinci, y pronto otros utilizaron su invento para imprimir libros: la materia prima de los autodidactas, como el genio italiano. Serendipia

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