En la casa de Isabel Allende hay un letrero que dice “cuidado, usted puede terminar en una de mis novelas”. Sus amigos lo saben. Su familia también. Todo lo que digan, todo lo que hagan puede terminar en un libro, a la manera que ella lo organice en su imaginación. Es una ladrona. “Para mí –dice– la frontera entre la realidad y lo imaginado es muy borrosa. Soy bastante irrespetuosa con las vidas de mis conocidos y familiares; se las puedo robar al menor descuido de su parte”. Pasó también en El amante japonés, su más reciente novela.
La historia de este libro llegó cuando iba caminando con una amiga que le contó que su mamá había tenido un amigo japonés. ¿Cómo llegaron las demás historias?
“Yo imaginé que esa relación de 40 años pudo haber sido...