Sara Torres nunca se imaginó que una vida dedicada a la escritura se iba a parecer a lo que ha estado viviendo, a tanta exposición pública. Pensaba que se trataba, sobre todo, de pasar horas y horas en la biblioteca, de encuentros y conversaciones larguísimas con amigas. Lo pensaba porque lo suyo es una escritura de escala pequeña.
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–Yo soy una escritora de libros para minorías y lo voy a seguir siendo siempre. Mi compromiso está con una historia muy particular, que es la historia de las mujeres que tomaron un camino distinto a la heterosexualidad en sus vidas. A mí me interesa seguir explorando lo que nosotras hemos aprendido viviendo diferente –dijo Sara en una videollamada desde España, antes de aterrizar por primera vez en Colombia.
Sara Torres (Gijón, 1991) vino a Medellín para la Fiesta del Libro invitada por el Parque Explora. Aunque sus libros todavía no se venden aquí, por lo menos no en formato físico, todos los eventos en los que participó se llenaron de gente, sobre todo de mujeres, la mayoría jóvenes.
No todas la habían leído. En la fila para una de las charlas, varias personas contaron haber conocido a Sara hacía poco, apenas un par de meses, por redes sociales. Les apareció de repente; aunque en las redes, el de repente es siempre un cálculo, el algoritmo.
Puede ser que estén buscando algo relacionado con esas formas de vivir distinto que Sara tanto ha explorado en su escritura –que va de la teoría crítica a la poesía y la ficción–, pero sobre todo en su más reciente libro, El pensamiento Erótico, publicado en enero de este año, un texto que propone unas coordenadas para la configuración de vida distinta.
–En el ensayo lo que pretendía era compartir las herramientas que he tenido para trabajar este tiempo y, sobre todo, porque como son muchas autoras que no son tan conocidas, porque están dentro de tradiciones y no han recibido visibilidad, quería poner esos nombres y esas obras y esas formas de pensar al alcance de las demás personas para que pudiesen entrar a trabajar con ellas –dice Sara.
Habla, entre otras, de Monique Wittig, Teresa de Lauretis, Mary Oliver y Anne Dufourmantelle. De esta última, filósofa y psicoanalista francesa, retoma un concepto fundamental: la dulzura, un enigma, una inteligencia, una pulsión, el principio de otras formas de vida.
“En nuestros días, se nos vende la dulzura en la forma adulterada de la puerilidad. Exaltándola en lo infantil, la época la niega. Es así como se intenta poner fin a las altas exigencias de su sutileza: no combatiéndola sino atenuándola. El lenguaje mismo se encuentra al respecto pervertido: lo que nuestra sociedad destina a los seres humanos que destroza “suavemente” [“en douceur”] lo hará en nombre de los valores más elevados: felicidad, verdad, seguridad”, escribe Dufourmantelle en la introducción de su libro Potencia de la dulzura.
En un diccionario cualquiera, dulzura aparece como sinónimo de docilidad, de mansedumbre, pero lo que propone Dufourmantelle y recoge Sara en su texto es todo lo contrario. Es una dulzura que nada tiene que ver con docilidad, obediencia, ni mansedumbre. Una dulzura que tampoco es la contraposición a la violencia.
“El único contrario a la dulzura es su falsificación, es decir, lo edulcorado, lo que finge dulzura, cuando ponemos una vocecita amable, pero estamos odiando”, explicó Sara en una de sus charlas en el Parque Explora.
La dulzura es una pulsión, un impulso, una potencia, una inteligencia cuyo destino es cuidar la vida y hacerla medrar. Generar situaciones donde la vida esté lo suficientemente a salvo como para poder florecer y no ser sólo una supervivencia.
“No hay que olvidar que Anne Dufourmantelle está escribiendo su obra después de pasar mucho tiempo en las consultas, está escuchando el dolor de los demás, está intentando entender que es lo que está afligiendo poderosamente a los cuerpos en el presente”, dijo Sara, para referirse a este mundo que vivimos, donde “el malestar no es socializable, no tiene cabida sino como motor hacia un consumo que se supone va a revertir de manera inmediata ese malestar”.
Pero sobran productos y sigue el malestar. Hace falta dulzura.
“La dulzura tiene que ver con una especie de inteligencia de participación en un todo (...) La dulzura señala hacia nuestra responsabilidad de ser humano con el mundo que nos rodea. Pensar la dulzura es algo que tiene que ocurrir en un presente continuo, necesitamos estar pensando en cada momento que sería un presente más dulce o más favorable a la vida. Yo siempre digo que para mí, el concepto de dulzura tiene que ver con identificarnos con la interdependencia y no con el poder”, contó Sara.
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A continuación presentamos un pequeño diccionario de términos que Sara redefine a partir de su ensayo, El Pensamiento erótico.
