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Palenque, vientre y tambor

  • El espacio cultural de Palenque es Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Foto: Ministerio de Cultura.
    El espacio cultural de Palenque es Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Foto: Ministerio de Cultura.
Por: Beatriz Mesa Mejía | Publicado el 25 de marzo de 2017

Soy tambor. El corazón del árbol entrega la madera que me dará vida. Tambor, ese que suena en las noches largas de Palenque, de San Basilio. Pueblo libre, le dicen, porque se liberó primero del yugo español, cuando los esclavos africanos entonaron un grito de libertad. Seguro fue una canción de libertad, que no se ha perdido, pues, quien recorre las calles de este pueblo amado por sus habitantes, encuentra una canción en cada esquina.

Tambor. Soy el tambor que habla por ellos. El corazón del árbol me dio la vida y yo la entrego cuando, a cada golpe, me hago melancolía en las noches de duelo, y alegría en parques y tiendas, en casas y aceras y pequeños caseríos.

Tambor soy. Y son muchas las manos que me tocan, que me abrazan, que me “apechichan”. Y a muchos embrujo con mi sonido, grave en los rituales fúnebres del lumbalú; agudo en las rumbas, cuando risas y bailes se mezclan en un tiempo como detenido.

Habito un pueblo de horas tranquilas. No sé qué ocurre cuando comienzan a fabricarme. Tal vez sea porque mi fuerza está dada por el corazón del árbol. La balsa, el caracolí, la ceiba, cortados en luna buena, me dan forma gracias a manos expertas en las que hay un sueño, el sueño de escucharme con mis sonidos ancestrales. Nací en luna llena. Salgo del vientre del árbol, y me convierto en vientre que alberga la música, la que da felicidad, la que acompaña momentos de despedida.

Tambor soy. La base se forma poco a poco. Con pequeños golpes, como anunciando lo que me espera, preparo mi cuerpo. Y yo siento el cincel, el formón, la chicora, saca que saca la madera, hasta formar ese hueco que se cubrirá luego con el cuero de chivo o de venado, que al secarse y templarse, se dejará tocar, suave, unas veces; fuerte, otras.

También serán manos expertas las que me hagan sonar y, a veces, manos pequeñas de principiantes que, a la luz de las enseñanzas de padres y abuelos, aprenderán a sacarme los secretos que guardo adentro, en mi corazón.

Corazón que suena en las noches de Palenque. Algunas veces, el sonido llega de Barrio Arriba; otras, de Barrio Abajo. Así está dividido el pueblo en el que habito, donde hombres, más que mujeres, me dan la voz. Algunas de ellas me han dado vida, Graciela Salgado, por ejemplo, tiene manos como de hada: fuertes y seguras, se conservan a pesar de sus años. Ella, miembro de la dinastía Batata, hace parte de un grupo de nombre impensable, Las alegres ambulancias. ¿Cómo puede ser alegre una ambulancia? Me pregunto. Ella y los integrantes de este grupo saben cómo hacerlo.

Sin embargo, son los hombres los que se han hecho conocer gracias a mi sonido. Ellos me dan vida y yo los convierto en reyes, y no precisamente por ser este uno de los apellidos más comunes en Palenque. José “Paito” Valdez, Laureano Tejedor, Franklin Laureano “Lamparita” Tejedor Salgado, Manuel Valdéz Cañate, Benicio Torres “Batata”, Sebastián Salgado Reyes, saben que mi alma sale por el filo del sonido. Ellos y otros más han logrado sacarme, incluso, del lugar que habito, de mi tierra, corregimiento de Mahates, a 50 kilómetros de Cartagena, y así, mis sonidos se han sentido en el interior o en las zonas costeras de Colombia, este país de contrastes donde se asienta Palenque. Al abandonar mis tierras cálidas, sedientas, a veces, me he dejado escuchar en Medellín, Bogotá, Cali. También en Barranquilla, Cartagena, la Guajira, pequeñas poblaciones o grandes ciudades. O en otros países como Jamaica, Panamá y Ecuador.

Eso soy, tambor que nació en Palenque, este pueblo libre que aman sus habitantes. Que aman con sus calles sin pavimentar, con su idioma afrohispánico, único en el mundo, que saben alternar con el castellano; con su olor a polvo, con sus casas de escasos espejos, con la sensualidad de sus nativos, con sus mangos y aguacates, con su pequeña iglesia que se abre los domingos y lunes de Misa, iglesia como capilla, cuidada por San Basilio, Santa Mónica, San Martín; habitantes que aman a Palenque con el vaivén de su luz, que llega, que se va; con el agua escasa de regular acueducto, que llena los tanques un día sí y otro no; con esquinas que se alegran cuando alguien canta de manera espontánea. Y cuando alguien toca el tambor. Y cuando se realiza su Festival de Tambores y Expresiones Culturales, cada año, como cita impostergable.

A veces siento que soy vientre. En mí habita un sonido. En mí se gesta una música que retumba Calle Arriba, Calle Abajo. Retumba. Y cuando lo hace, es como si los ancestros volvieran a habitar estas tierras. Como si Benkos Biohó, libertador de esclavos africanos, apareciera de nuevo con su voz libre.

Los tambores de Palenque sonamos distinto. Y no me pregunten por qué. Será porque en nuestros orígenes fuimos voz entre los pueblos cercanos, cuando anunciábamos festejos y fallecimientos o advertíamos la presencia enemiga. Acontecimientos dichos con ese sonido poderoso, sonido batá de lenguaje simbólico que se encierra en nuestro vientre. Su golpe, cuando es fúnebre, le anuncia a las almas que alguien va para allá. Será por el corazón del árbol cortado en luna llena, nunca en noches oscuras de luna biche; será por ese cuero que se curte, será por el cuidado de quien nos construye.

Soy tambor. He visto trabajar a Franklin Tejedor, de 18 años, o a ese hombre de 53, a quien llaman Paito. Son luthiers. Son constructores y músicos. Franklin, a quien le dicen Lamparita, apenas se inicia. Tal vez en un futuro, los tambores de Palenque salgan de sus manos. Y yo estaría confiado. Basta verle su rostro iluminado cuando habla de lo que significa este instrumento milenario para él y para su pueblo.

Tambor. Tengo cuñas de madera de mora, de chocolatillo, de guayaba, de banco blanco o de totumo, y senos hechos de nylon, necesarios para afinar, para dar el sonido que se sueña. Me abraza una cinta de majagua.

Soy vientre. Y lo soy con la fuerza que da ser nicho y casa. Tengo dentro el alma que sale cuando las manos de los músicos me dan vida. Vientre, como lo es Palenque para sus habitantes. Tierra cálida a cien metros sobre el nivel del mar. Cálida con sus cuarenta grados centígrados. Cálida para el regreso, porque sus habitantes se van y vuelven.

Tambor soy y generalmente estoy acompañado por la marímbula, las maracas, la guacharaca, el timbal y las claves, juntos hacemos un sexteto. Esa formación que trajeron los cubanos cuando llegaron a trabajar en los ingenios de azúcar o en las tierras bananeras. Los cubanos se fueron, los palenqueros volvieron a su tierra y algunos formaron grupos como el Sexteto Habanero, en los años treinta, que dio origen años más tarde al Sexteto Tabalá.

Dicen que los tambores en Palenque tienen alma. Y yo siento que la tengo. Un día le escuché decir a Franklin que cuando hacía un tambor era como darle vida a una persona. ¿Por qué? Porque sabe que se lo entregará a alguien que será muy feliz poniéndolo a hablar con sus múltiples sonidos. Le dará alegría a él y a quien lo escuche.

Por eso lo personifica. El espíritu del tambor sale cada vez que alguien pone sus palmas sobre él. Palmas duras con las huellas del cuero curtido, palmas que saben del ritmo. Que saben que el tambor en Palenque tiene alma. Y la tiene en bullerengues, en chalupas, sones de negrito, currulaos y cumbias. La tiene siempre.

“Cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte”, escucho este canto en la noche quebrada, y pienso que todos los que me han dado el sonido, han sentido lo mismo. Soy símbolo de lo que permanece en esta tierra que vive de su pasado.

Luna nueva y corazón de madera madura para emitir un buen sonido. Bien como pechiche, como llamador, como tambora o como tambor alegre. Ahí estoy como vientre que da forma a sueños, ahí estoy como Palenque, vientre para sus habitantes, esos que se quedan, esos que regresan. Vientre soy, vientre Palenque.

“Ayer la vide/ una mañana regando flores/ a la reina de los jardines/ de los jardines de mis amores/ Reina de los jardines/ recíbeme cantando...”. Así dice melodiosamente José “Paito”, y yo me emociono cuando lo escucho. ¿Cómo no sentirme feliz en este pueblo en el que la gente canta en las esquinas y el ritmo se lleva en la sangre?

Contexto de la Noticia

Beatriz Mesa Mejía

Editora de revistas de El Colombiano

Revista Generación

Magazín sobre temas contemporáneos que circula los domingos con El Colombiano. Entre sus temas, literatura, artes plásticas, cine, música y tendencias.

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