Es curioso: mientras Shakespeare dejó dicho que el ser humano es o no es, descartando posiciones ambiguas, Cervantes sostuvo que uno es y no es al mismo tiempo. El inglés lo
dejó dicho en el inicio del célebre monólogo de Hamlet, príncipe de Dinamarca, con esa frase que ya vive por fuera del libro: «Ser o no ser, he ahí el dilema».
Cervantes, en el capítulo V de la parte primera, en conversación del Quijote con su vecino Pedro Alonso:
—Yo sé quién soy —respondió Don Quijote—, y sé que puedo ser no solo los que le he dicho, sino todos los doce pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos juntos y cada uno de por sí hicieron se aventajarán las mías.
En este asunto, el de la unidad del ser o de la posibilidad de ser otros o, mejor, de la condición humana de la otredad, se detiene el escritor Fernando Vallejo, en una conferencia que dictó en Berlín en 2005. En ella, como si se tratara de elegir, vota por el Quijote sobre Hamlet, por considerar al español «el personaje más contundente de la literatura universal, ¿y saben por qué? Porque habla más».
El diálogo es tan importante en la obra cervantina como en la shakespereana. El escritor William Ospina —traductor de sonetos del inglés para la revista Número, en 1996, de los cuales tomamos el fragmento destacado— lo referencia.
«No se sabe cuál de los dos exploró de mejor manera el complejo mundo de la conversación. La diferencia: Shakespeare propuso diálogos entre mucha gente, en tanto que Cervantes, entre dos personas».
Así, conversando, él uno en el drama y el otro en la novela, van urdiendo sus comentarios sobre los seres humanos, sobre sus sueños e iniquidades.
La locura, el amor, la traición
Uno de esos temas que les son comunes a ambos autores es el de la locura. El trastorno mental tiene un referente alto en el Quijote, quien no se salva de que a cada paso, hasta su autor, lo señalen de tal. Loco por leer novelas de caballería. Además, en las novelas contenidas en esta obra, como la del Caballero de la Sierra, que perdió la razón por una pena de amor, la cual le llevó a dirigir sus pasos al monte y vivir como bestia. Locura también la del Curioso impertinente: no puede llamarse de otra forma la obsesión de un hombre por saber hasta dónde llagaba la virtud de su mujer, que armó varias trampas, con un amigo como carnada, hasta que, como pez, ella se la tragó.
Hamlet es el loco más conocido de Shakespeare. Tanto real como fingido. Real, por el intenso dolor causado por el asesinato de su padre y la rapidez con la que su madre decide casarse con el hermano del rey muerto. Finge estarlo para vengarse del crimen. El personaje dice: «La locura suele tener ocurrencias felices, que la razón lúcida no puede soltar con tanta suerte».
«Esos grandes locos, Quijote y Hamlet, desconectados del mundo y su lógica, son al mismo tiempo los grandes iluminados y los mártires. Logran encarnar lo mejor y más incomprendido del ser humano», dice Ospina.
En el Rey Lear hay relación de la vejez con la locura. Se acerca el desenlace. El rey va enloqueciendo. Hace comentarios incoherentes.
Alberto Velásquez Martínez, autor de varios libros sobre Cervantes y quien ha llegado ha internase en la cueva de Mortecinos, atado con sogas, como el mismo personaje, considera que en el Quijote, tal vez en su locura, hay asomos del llamado realismo mágico. Especialmente en el capítulo XLI, de la parte segunda, donde Quijote y Sancho cabalgan en un caballo de madera, Clavileño, y hablan sobre el cielo y las estrellas...
«—Sin duda alguna, Sancho, que debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo o las nieves».
Otros temas, sin duda, son los del amor sublimado y los celos. A veces, Cervantes lo celebra y en otras se burla del sentimiento, como de todo. Quijote, como caballero, tiene una mujer a quien le dedica sus hazañas. Solo que en ese juego de ser y no ser, de ficción y realidad, esta mujer es un producto de su imaginación.
Shakespeare, en Sueño de una noche de verano, no rinde culto al amor como una religión, pero habla de él con sublimidad. En otras obras, lo considera una locura. «El amor es simplemente una locura y, te digo, merece una casa oscura y un látigo tanto como los locos», dice Rosalinda en Como gustéis.
La traición en Shakespeare es, ante todo, más política. Obedece al ansia de poder. En la tragedia de Macbeth, él y su esposa planean y perpetran el asesinato del rey, de quien Macbeth era hombre de confianza, para acelerar los vaticinios de las brujas, que mencionaban que llegarían a ocupar el trono algún día. Y los ejemplos siguen.
En Cervantes, la preocupación es por la traición de los amantes o de los amigos. A veces, de los amigos para quedarse con la mujer amada.
Dos géneros fueron comunes entre estos dos autores: la poesía y el teatro.
Si bien el teatro de Cervantes no es tan celebrado como su novela, dejó una veintena de piezas dramáticas, especialmente comedias. Una sola obra dejó en verso: Viaje al parnaso.
El autor inglés dejó algunos poemas, cuyo valor exalta Ospina:
«Mientras en los dramas, Shakespeare está escondido detrás de los personajes, en los sonetos es Shakespeare quien habla»
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