En el camino a Angostura, Bernardo Echavarría Berrío cuenta de su más reciente viaje a Chile, hecho con el dinero que recibió por uno de sus cuadros. Luego, como si se trata de lo más normal del mundo, dice que hacía cuarenta años no visitaba el país del sur luego de que fuera expulsado por honrar la memoria de Víctor Jara durante un concierto en Santiago de Chile. (¿Concierto? ¿Este señor no es un profesor de pintura, que cada fin de semana viaja de Bello a Angostura para dar clases de pintura a los habitantes del pueblo del Padre Marianito?). Bernardo sigue con el relato de su periplo, pero introduce algunos de los nombres relevantes de la nueva ola, ese movimiento de los sesenta y setenta que trajo el rock a estos países.
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Más adelante, mientras ascendemos hacia Llanos de Cuivá, Bernardo –vestido con chaqueta de jean y pulcritud de cura– habla de su carrera musical. Resulta que Bernardo Echavarría Berrio tuvo otra vida, en la que se llamó Johnny Richard. En su momento grabó cuatro LP (un promedio de sesenta canciones), compartió escenarios con Enrique Guzmán, José José, Soda Stereo, Joan Manuel Serrat, Claudia de Colombia, Leonor González Mina, entre otras estrellas. Además, hizo vida de artista en Colombia, Estados Unidos y Venezuela. Un accidente de tránsito puso fin a su trayectoria musical. Sería más preciso decir que le dio un nuevo rumbo: tras descubrir que la falta de la audición en un oído hacía difícil el trabajo en las disqueras, Johnny Richard volvió a ser Bernardo Echavarría Berrío, se dedicó a la producción de jingles y a la decoración de interiores.
Kilómetros adelante, relata la anécdota del retrato que hizo del Padre Marianito con motivo de su beatificación. Bernardo es hijo de un músico yarumaleño, discípulo en el seminario de Monseñor Miguel Ángel Builes, y de una muchacha de Andes que no cedió a las intensiones amorosas del corista hasta que abandonó la sotana. “A los cuatro meses de noviazgo, mis papás se casaron. Él siguió siendo músico de iglesia, le resultó trabajo en Angostura. Hasta allá se mudó la pareja”, dice Bernardo para contextualizar su conexión con el municipio del norte de Antioquia.
Sin embargo, la vida de la familia Echavarría Berrío transcurrió en Medellín. El padre fue amigo de Carlos Vieco e hizo parte del circuito de la música de la capital antioqueña. Quiso que Bernardo, su primogénito, le siguiera los pasos. Lo inscribió en las clases en Bellas Artes. Una amiga de la familia le dijo al padre que el niño prefería pasar el tiempo en los salones de pintura que frente a un instrumento. Así explica Bernardo su lazo con las artes plásticas. A pocos minutos de pasar por Yarumal, Bernardo cuenta que un amigo le habló de una convocatoria que hicieron a principios del milenio para pintar un retrato del padre Mariano de Jesús Euse Hoyos con motivo de su ascenso a los altares de la mano del Papa Juan Pablo II. “Nos presentamos tres pintores, yo fui el escogido. El cura se alegró de que yo fuera angostureño”, dice Bernardo.
Su mamá lo convenció de no cobrar por el trabajo. Solo pidió el dinero de los materiales, cuenta el pintor cuando en Yarumal hemos tomado la vía hacía Angostura. Ese cuadro es el que está sobre la pequeña capilla que contiene los restos del Padre Marianito.
Johnny, ¿cuánto tiempo lleva usted con este taller?
“Voy a ajustar 15 años. Esto aquí era un basurero tremendo. Pero me organizaron las luces, me lo pintaron un poquito. Claro que hay una humedad por allá y van a volver a arreglar. Hicieron un salón de trabajo”.
¿Cuál es el horario de las clases?
“Vea, hay alumnos que vienen de las veredas, que vienen en sus motos o vienen en los carros grandes. Tengo tres grupos. Los viernes, de 3:00 a 6:00 de la tarde. Casi siempre nos quedamos hasta las 6:30 o 7:00 o 7:30, según el trabajo. Porque hay veces que si uno de ellos quiere terminar un trabajo, pues yo me quedo aquí y le ayudo. Hay otros, los sábados, de 9:00 a 12:00 de la mañana. Salgo, busco el almuerzo y me vuelvo otra vez a la 1:30. A la 1:30 esto se me llena de chinchecitos. Ese ya es el grupo de niños. Ellos hacen, por ahora, en cartulinas. Entonces aquí les damos los materiales. Yo mantengo cartulinas, acuarelas, pinceles”.
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Ahora estamos en el sótano de la Casa Museo Porfirio Barba Jacob, una construcción al frente de la iglesia del pueblo que perteneció a la familia de Miguel Ángel Osorio, el poeta mercenario de los muchos nombres, que viajó por los países de América hasta que el viento lo apagó en México. Barba Jacob y el padre Marianito son los personajes más relevantes de Angostura, aunque ninguno haya nacido en el pueblo.
En este sitio, vuelto salón de clases, con un montón de caballetes en la puerta, pienso que el parque de Angostura resume el siglo XIX en Colombia. En uno de sus lados están la iglesia y el santo. En el otro, están la casa enorme y los vestigios del poeta gay. Hace unos minutos, el alcalde del pueblo me dijo que la gente viene tras los milagros de Marianito y en busca de los paisajes infantiles de Barba Jacob. “Junto al maestro (señala a Bernardo), ellos son los personajes ilustres del municipio”, afirmó.
En total, ¿cuántos alumnos asisten a las clases?
“Entre 12 y 14 por grupo. O sea, que más o menos serían 36 o 40, digamos. Póngale 40, un promedio de 40”.
Y son de diferentes edades...
“Sí, hay señoras de más de 80 años. Hay niños que vienen aquí a chilguetear y hacer cositas, pero ellos van cogiéndole el tiro a la cosa y ya comienzan a hacer figuritas. Yo de esos niños voy mirando niños artistas”.
¿Y con los niños cómo trabaja?
“Cuando ellos vienen aquí, con estos niños, ¿cierto? Entonces ellos me hacen estas paleticas. En estas paleticas yo ya les enseño los colores primarios, los secundarios, los terciarios y los cuaternarios. Es decir, esta, entre otras cosas, era la paleta de Cano. Esa paleta de Cano se perdió por ahí en los años 60 en Bellas Artes”.
¿Francisco Antonio Cano?
“Sí, Francisco Antonio Cano. Exacto”.
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Desde que llegamos a Angostura, Bernardo dejó de serlo para volverse el maestro. Así lo llaman el alcalde, el señor de la cafetería del parque, la beldad que trabaja en la casa museo, el mesero del restaurante. Ese trato no es protocolario: desde hace quince años, cada fin de semana viaja el viernes en la mañana a Angostura para impartir las clases. Se regresa el sábado en la tarde. “Ya conozco cada hueco de la vía. He sobrevivido los cambios de las administraciones municipales”, dice Bernardo.
Por la época en la que comenzó a dar las clases, también le donó a la casa museo una amplia muestra de sus paisajes, de aquello que ocurre en el interior de los bosques y de las selvas. Entregó el lote de pinturas con la condición de que un acuerdo municipal creará la sala Bernardo Echavarría Berrío. De esa forma, se aseguró que las obras no estén expuestas al albur o a los caprichos de la burocracia. No contento con ello, pidió un salón para crear una pinacoteca con obras de artistas de Medellín y de diferentes partes de Colombia. Ahí, en esa segunda sala, hay un retrato que le hizo María Camila Zapata, su estudiante aventajada.
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(A lo largo de la visita, Bernardo elogiará varias veces la obra de Marías Camila, que estudia un pregrado en artes en la Universidad de Antioquia. Con ella conversaré luego. Dirá que hace más de diez años asiste a las clases de Bernardo. Al principio en Angostura, ahora en el Café Rojo, en Medellín).
Bernardo cree que la singularidad de sus pinturas estriba en que capturan la intimidad del paisaje. Esa forma de mirar la aprendió en las clases que tomó en el taller de Arecio Moncada, cuando todavía era Johnny Richard. “Estaba yo en mi apogeo: vivía en Caracas, trabajaba en un grupo de rock. Pero vivía en San Cristóbal. Yo a Caracas iba por cuestiones de trabajo. Y comencé a meterme con Arecio Moncada, uno de los grandes paisajistas latinoamericanos”.
La obra de Bernardo está en colecciones privadas. Dice que hay algo suyo en el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga. También cuenta que ha recibido distinciones en un certamen en Corea del Sur. Por estos días prepara la exposición El verde-azul que habito, que comenzará el 5 de marzo en el Auditorio Diego Echavarria Misas, en Itagüí.
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¿Y usted ya era devoto del padre Marianito?
“No, yo lo oí mencionar mucho por el lado de mi mamá. Veía por ahí fotico de él. Pero no”.
¿Usted a qué edad se va de Angostura?
¿Ahora sí es devoto del beato?
“Él me hizo un milagro el berraco. Una de mis hijas estaba fuera del país cuando comenzó la pandemia. Fue de un país al otro. Supe que si se enfermaba, la perdía. Mi esposa no dormía, yo mantenía preocupado. Al final, la trajeron en un vuelo humanitario. El padre Marianito hizo el milagro”.
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Salimos del pueblo. En una de las curvas, un anuncio revela el nombre de la vía: Echavarría Berrío.
La alcaldía pretendió llamarla Bernardo Echavarría Berrío, pero él le sugirió que sería mejor idea ponerle los apellidos de sus padres. Desde entonces, quien entra o sale de Angostura transita por una carretera que lleva el apellido de un músico de iglesia, de una matrona de Andes y de un profesor de pintura que en otra vida fue un roquero.