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A Bernelio, en los primeros 20

  • Carlos Alberto Giraldo | Carlos Alberto Giraldo
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12 de enero de 2012
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Esa tarde de abril de 2007 hacía un calor que me anestesiaba los sentidos. A orillas del río Opogadó, afluente del Atrato, danzaba lentamente en una hamaca después de ver a los indígenas embera acudir a la primera exposición fotográfica de una parte de sus vidas: el desplazamiento forzado. El desprendimiento de ese ombligo suyo: la tierra.

En 2004 había estado allí con el reportero gráfico Manuel Saldarriaga y acompañamos a las comunidades de Playita y Egorókera en un destierro presionado por la disputa entre paramilitares y guerrilleros. La gente nos contó cosas alucinantes como que un paramilitar, en la ocupación de los caseríos, copuló una gallina delante de mujeres y niños. Otro robó la caja de dientes, con algunas piezas de oro, heredada por un jefe embera de su madre anciana, ya muerta.

Aquella tarde de 2007, Bernelio Mecha, un gran líder indígena del Atrato medio chocoano, salió de la parte trasera de su tambo (vivienda tradicional) y me dijo: "Carlos, amigo, este regalo es símbolo de agradecimiento por lo que has visto y contado fielmente de nuestro sufrimiento".

Bernelio me entregó un bastón de jaibaná (sacerdote), tallado en oquendo, una madera sagrada que solo crece en el corazón de la maraña de la selva del Darién. Me sentí honrado por aquel colombiano sabio que no solo se batía contra la adversidad de nuestro conflicto armado sino que, entre muchas cosas, es constructor de casas, navegante de río, cazador, curandero con hierbas secretas, carpintero, campesino y pescador.

Estoy recordando a Bernelio porque cumplo 20 años en este oficio y no quiero pensar en ejecutorias ni en el proceso de construirme como reportero y periodista, sino, más bien, quiero evocar a la gente maravillosa y luchadora que he conocido en estos años viendo a Colombia de cuerpo entero, a veces tan desnuda y sola. Pero siempre tan altiva.

Durante ese desplazamiento agobiante de 2004, el bote en el que yo viajaba era conducido por George Bush, un indígena fiero que se apalancaba en el fondo arenoso del río, mientras que Bernelio guiaba a su comunidad, aguas abajo, en busca de un lugar seguro para refugiarse. Ese desplazamiento tardó algo más de año y medio y trajo enfermedad y pobreza y hambre. Murieron niños y mujeres y otro par de emberas perdió la cordura en su depresión profunda.

Pero toda esa tribu valiente remontó después el cauce del Opogadó, para recobrar el que es su único hogar, su privilegiado mundo bajo el cielo colombiano. Entonces, Manuel y yo volvimos a llevarles las fotos que recordaban el tiempo del sufrimiento y del aprendizaje que fue para nosotros ver a tanta gente que se amaba y defendía junta. Este capunía (blanco) paisa, recuerda hoy lo que te debe como periodista, Bernelio. Además de tu abrazo y de un bastón que es un tesoro al lado de la cama.

Próxima: Leonidas, Antún y Uli, tres pastores y maestros en la ruta

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