Parecía un salón de clases por aquello de los gritos eufóricos, los sudores y las manos levantadas para pedir el turno.
No estaba el tablero inteligente; no había marcadores, pero del techo colgaban largas lianas con final en arnés, para amarrar de la cintura a quienes quieren ser los mejores.
No los ve nadie, a duras penas los pacientes y consagrados profesores, siete apóstoles que, encerrados en un rincón de la piscina César Zapata, les enseñan a estos niños a ser unos campeones.
En seco afrontan los temores; se acostumbran a convivir con el miedo, a respetar las alturas, a la vez que van acumulando lo gestual de un deporte de riesgo y de alta precisión.
Es allí, donde se concentra una especie de taller de orfebrería deportiva que se abre dos veces al día para tallar, pulir y dar forma a esos pequeños diamantes, que después serán, dentro de un proceso inverso, unos grandes de los clavados.
Por allí pasaron estrellas como Juan Guillermo Urán; después se pulieron en 20 metros cuadrados quienes serían los pretendientes al sillón. Los pichones de alcatraces también han volado alto y lejos, incluso a otros fosos de los clavados como sucede ahora con motivo del Grand Prix de Canadá, E.U. y el Invitacional de México.
“Los niños y niñas empiezan aquí a los cinco años y durante 21 años hemos tenido, de forma permanente, el semillero que entrega nuevos prospectos”.
El profe Wilson Molina saca pecho, echa a andar la máquina del tiempo y recuerda a los de antes, pero ahora, en los tiempos de técnico, destaca la nueva generación, que representa Jerimy Ramírez, Mateo Martínez y Daniel Restrepo, quienes siendo apenas unos niños ya suenan dentro del ámbito de los saltos ornamentales en los duelos de las tres Américas.
Esta es una fábrica de saltadores que no cierra, que no echa humo, pero que crea sueños y ambiciones que siguen vigentes, cuando los más sardinos se preparan para el Suramericano, a donde van a volar tan alto como el alcatraz.