Este es un país de contradicciones: por un lado el Gobierno dice que se debe aumentar la edad de jubilación, es decir, que los colombianos necesitamos ser productivos durante más tiempo; y por otro le impiden a los mayores participar en cargos públicos.
Por una ley sin sentido, además vieja (de 1968), los colombianos no podemos prestar un servicio al Estado si hemos superado los 65 años; independientemente de la voluntad de no aceptar pasar a retiro, que debería ser la máxima personal que impere en estos casos.
Hay algunas excepciones, que los padres de la Patria de la década del 60 del siglo pasado y otros que han ido reglamentando la prohibición sacaron a un lado, previendo que quizá ellos mismos podían ser llamados luego de entregar sus curules a servir en un ministerio o en una embajada. Recordemos que para esa época, antes de la Constitución de 1991, los congresistas podían ser ministros o embajadores sin que mediara un año desde la finalización de su ejercicio legislativo.
Siempre que se hace una crítica, sobre todo a los congresistas, se hila muy delgadito y se piensa lo peor; pero es que no nos dejan pie a más: en el mundo de hoy en el que la esperanza de vida crece año a año, en el que la globalización permite mayores posibilidades de educación y experiencia en otros lugares, a ninguno de nuestros senadores o representantes se les ha ocurrido siquiera revisar la cantidad de leyes anacrónicas que aún nos rigen.
¿Por qué en esta ley específica que prohíbe a una persona mayor de 65 años ejercer como secretario de despacho en una gobernación, sí se le permite ser ministro? Si -con las debidas proporciones- van a hacer exactamente lo mismo: ser ejecutores de las políticas públicas de un gobierno, la diferencia es que unos lo harán en el plano local y otros en el nacional.
Antioquia acaba de perderse, de cuenta de esta situación tan insólita, poder contar con una persona de magníficas credenciales para estar al frente del orden público, entre otras responsabilidades: Iván Marulanda había decidido dejar sus cuarteles de invierno y prestar un servicio, queriendo aportar al proceso de generación de una nueva cultura política en la que también se cuenta con la experiencia de los que han hecho las cosas bien, pero sus 65 años se lo impidieron.
Las leyes igual como se hacen se pueden modificar y mucho más si hay razones de peso. Sería muy bueno que los congresistas que están preocupados por verdaderas cosas que generen progreso y no por si les alcanza la plata para echarles gasolina a sus dos camionetas, pusieran el tema al menos en debate.
Los tiempos cambian y si en 1968 hubo una justificación para aprobar esa ley, ahora que han pasado 43 años acabamos de comprobar en la práctica que ese tipo de restricciones no nos llevan a nada bueno.
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