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La fila parecía una serpiente adornada con guijarros de colores. Esta por lo menos se extendía desde el fogón, donde en la madrugada las mujeres con ojeras de cansancio por el trasnocho prepararon el alimento, hasta la malla de una cancha de fútbol que les sirvió para colgar la ropa de colores desteñidos por el sol en ocho largos días.
Parecía una procesión, pero en realidad, fueron las filas en las que más de 2.500 campesinos llegados al coliseo de Tarazá desde varias regiones reclamaban el cese de las fumigaciones a los cultivos ilícitos, y en este caso, los alimentos de la mañana. Bajo el sol y un calor abrasador, desfilaron los platos cargados con lentejas, arepas, carne y aguapanela.
Se sentaban donde podían. Y comían como podían. En grupos, solos, acompañados de sus familias o desenterrando la tierra árida con un machete que espera ser desenvainado "en caso de que se presenten los problemas".
"Esto está muy duro. Y vienen y nos terminan con lo poco que tenemos. Los campesinos siempre somos los más afectados, y encima nos dañan los cultivos, eso no es justo", dice uno de los desplazados, casi cadavérico, antes de recoger sus cosas e iniciar el regreso a su vereda, tras el acuerdo que puso fin a la protesta, atribuida a presiones de las Farc.
En este vasto terreno, se vieron ir y venir los labriegos con el poncho al hombro, las camisas desabotonadas casi hasta el ombligo, la camándula que no ha de faltar, y el machete al cinto. Aquí y allá, se vieron pequeños grupos de hombres y en el medio, agachado, casi imperceptible, un campesino escribía los nombres en una hoja. No se sabe para qué, pero los policías aseguran que era un llamado a lista, "y quien no esté debe pagar 50.000 pesos de multa, porque así lo establecieron los guerrilleros que provocaron el desplazamiento".
El coliseo y los alrededores fueron para los desplazados su terruño. Así lo entendieron y así lo defendieron durante 10 días. Fue cercado con cintas amarillas, y en lo que designaron que eran las entradas, establecieron guardias y vigilantes. Si alguien a quien consideraban extraño traspasaba "las cintas de seguridad", de inmediato era abordado.
"¿A ustedes quién les dio permiso de entrar? -increparon a los periodistas-. Vamos a llamar a uno de los líderes para que conversen con él porque ustedes acá no pueden estar", dijo un campesino, medio enojado, de pequeña estatura y dientes enmarcados en aros de plata.
"No queremos que nos traten como guerrilleros. Pedimos que cesen las fumigaciones y que nos den garantías con proyectos productivos. Nadie nos desplazó, estamos acá porque queremos", dijo un líder, un campesino alto, flaco y con una barba insípida.
Otros dicen que quisieron retornar a sus parcelas, pero reconocieron que el miedo por las represalias de la guerrilla los ató a las gradas del coliseo. Los confinó y no querían moverse, más aún, cuando sabían que eran observados por algunos de los que las autoridades "señalaron como infiltrados del frente 18 y 36 de las Farc" para presionar la protesta.
La negociación
Después de la última reunión, el pasado sábado, entre representantes de la Gobernación de Antioquia, la ONU; el coronel de la Policía, José Gerardo Acevedo; el alcalde del municipio, Yuán Andrés Restrepo, y los líderes, se tomó la decisión de finalizar la movilización.
Cuatro puntos se pusieron sobre la mesa de diálogo y fueron suficientes para que los líderes campesinos aceptaran el retorno de los desplazados que protestan por las fumigaciones con glifosato. Entre los puntos acordados está verificación de la afectación de las cosechas, proyectos productivos para la sustitución de la coca y fin de las aspersiones a mediados de marzo (ver recuadro).
"Esperamos que se cumpla con lo pactado. Vamos a volver, pero necesitamos el apoyo de todos para que no volvamos a desplazarnos", dijo uno de los líderes.
El coronel José Gerardo Acevedo Ossa, comandante de Policía Antioquia, manifestó que es un hecho. "Los campesinos retornarán pero es un proceso que puede tardar entre dos y tres días".
Los labriegos vuelven a sus parcelas, algunas a muchas horas de camino, de las que algunos afirmaron nunca debieron salir.