La bola rueda. ¿Dónde estás? Pilas que en la finca donde estoy sí hay grasa.
Eso fue lo que le dijeron a Juan Carlos Acevedo otros recolectores en la cantina el primer fin de semana de octubre, cuando la cosecha cafetera apenas comenzaba. Y no lo pensó dos veces: al día siguiente se vino de Betania a pedir pega en El Establo, una finca cercana al sector urbano de Andes, cuyo nombre resulta absurdo, pues no hay pesebreras ni ganado.
Los recolectores están pendientes de las fincas que ofrezcan más grasa, popocho o marra —tres palabras distintas para nombrar un solo objeto verdadero: el dinero, representado en bastante trabajo con buenas condiciones—. Y cuando se enteran de alguna, salen en desbandada muchos de ellos. Así, una finca puede amanecer sin recolectores un día.
"La bola rueda en la cantina, mientras nos tomamos las cervezas, o nos hacemos una llamada al celular para contarnos cómo es la vuelta", indica este hombre bajo el calor húmedo, como de baño turco, que está haciendo por estos días entre los cafetales del Suroeste, producto de unos días de Sol espléndido y unas noches de aguaceros torrenciales que arrullan los sueños.
Sus manos y sus dedos se mueven con una velocidad alucinante, escogiendo los granos rojos sin tocar los verdes que quedan en la rama para el segundo pasón que será en un mes, cuando ya estén maduros. No pueden verse sus rasgos: tiene, como los demás, camisa de manga larga y un buzo enrollado en la cabeza que apenas sí le deja ver los ojos, para evitar los mosquitos que zumban en sus oídos y a los que, según comenta, ya casi ni les para bolas.
Como no es pajarero, dice, ese primer día no esperó que hubiera para él un surco largo sino que recibió conforme la corta hilera de arbustos que le asignó el patrón de corte, Andrés Martínez, y al terminarlo, simplemente fue hasta el sitio donde estaba la bandera, esa guadua clavada en la tierra y coronada con la cabeza de una muñeca tuerta y rubia, acompañada de otra un poco más baja colgada al revés, artefacto que parece más bien un espantapájaros, pero cumple la función de guiar a los recolectores, indicarles que si quieren recoger los granos, deben hacerlo de la bandera en adelante, pues los surcos anteriores ya tienen "dueño".
"Cuando me contaron cómo está la pega aquí, me dijeron que pagaban el kilo a 300 pesos y me hablaron de la levedad de la cargada: el corte está lejitos de la pesada, pero los sacos se llevan siempre en bajada...".
Andariegos
Juan Carlos ha sido andariego. Iba al Huila, al Tolima, al Quindío errando tras las cosechas... Llegaba a unas fincas que llaman "ollas". Con más de doscientas personas provenientes de todas partes del país, soportaba a veces una comida peor que la de la cárcel, que le decían a uno que iba gratis, pero que se la salen cobrando porque el kilo lo pagan un poco más barato que en otras fincas, y en las noches se hacinaba en cambuches, claro, con olores y hedores provenientes de todas partes del país...
Aunque todo hay que decirlo, también había otras bien equipadas y con buenas condiciones; era cuestión de suerte. Sin embargo, uno sabía recibir lo bueno con lo malo y esas cosas se podían aguantar, mientras se viera el popocho, pero sus tres hijos creciendo en Andes sin él hicieron que aquietara sus plantas. Ya no anda más que por municipios del Suroeste antioqueño.
Eso cuenta también Leandro Holguín, otro que fue andariego, quien interviene en esta conversación cuando no participa en otra, la de quienes molestan a un tal indio que está ahí recogiendo cosecha.
Leandro cuenta que se volvió sedentario después de haber estado en algunas ollas del Huila. En una de esas fueron llegando con la noticia de que le mocharon una mano a peranito en una pelea en la fonda y esas cosas no son con él.
Entre las dos conversaciones, la de las ollas y la del indio, suena un vallenato. Dios del cielo, bendice este amor que es puro y bueno... Aunque no la escuchen nota por nota y verso por verso, la música alegra el ambiente. Sale de la espalda de María Eugenia Zapata, una de las siete mujeres que hay entre los 43 recolectores de café en El Establo. Ahí atrás lleva el radio atado con alambres.
"Este es un indio raro: la mamá es india y el papá chocoano", dice uno. "Este indio habla mucho y casi no lo callo", dice el otro. "Luisa no se le arrima al indio por el aliento que tiene y porque apenas lleva tres días sin bañar", interviene un tercero. Ríen y dicen que el indio esto, que el indio aquello, que el indio lo otro.
Y es que quieren tanto a Efraín González Tascón, el recolector de café, y él es tan tranquilo, que le dicen tonterías todo el día entre los cafetales y él se ríe con ellos como si tal cosa. Sabe que es broma y no se ocupa en desmentir cada una de las barbaridades. Por ejemplo, no es cierto que su papá sea chocoano; el viejo también es de Cristianía, el resguardo indígena cercano a Andes donde vive con su familia. Coge café en esta finca andina y no en el territorio de la comunidad indígena donde también tienen un sembrado. Está convencido de que es el único indígena de Cristianía que recoge café por fuera de su tierra.
Se oye el tamborileo de escasos granos cayendo en el fondo un balde de plástico. Es el ruido que anuncia la llegada de Andrés Martínez, el patrón de corte, que ronda por todas partes revisando que nadie deje granos caídos debajo de la planta o pegados en la rama. Cuando son cuatro o cinco, los recoge él y los va echando en el balde que lleva amarrado por delante, como los demás recolectores; cuando son más, llama al trabajador para que lo haga él mismo.
No se va
Una que no se va de El Establo, ni siquiera si hasta ella rueda la bola de que en otra finca pagan más, es la mujer del radio.
Ah, no. Desde septiembre, ella le pidió a Jaime González, el dueño de la finca, que la tuviera en cuenta para la cosecha y no quedaría nada bien que se fuera de buenas a primeras. Además, durante el resto del año, cuando no hay recolección, ella trabaja allí mismo al jornal, 123 mil pesos semanales, abonando y fumigando los arbustos. En cosecha, la plata puede ser el triple: llega al sembrado como faltando veinte para las seis, cuando las primeras luces del día empiezan a dibujar los contornos de las cosas, se aplica en su trabajo hasta las doce y en ese lapso recoge unos 127 kilos, que lleva en dos viajes, porque en esta finca no hay ladrones y puede dejar el otro bulto recostado bajo un árbol, al lado del camino. Después de almuerzo podrá recolectar otros noventa kilos. Así, para ella, la semana pasa a ser de 390 mil pesos. Y aunque la dicha solo le dura dos meses, es un respiro.
Ellos cogen café, ellos hablan del oficio, ellos oyen música y bromean... Pero hay otros asuntos que están ahí y hacen parte de ese estilo de vida:
Damaris Cano tiene atado a la espalda un radio en el que oye música romántica y un perro blanco y negro, Káiser, la acompaña echado y no la desampara ni siquiera cuando llueve.
Otro perro, este color canela, acompaña a su amo en ese cafetal de El Establo: La Ñanga.
Ambos, Káiser y La Ñanga, son dos mansas palomas que se adormecen en la temperatura de bochorno. Distinto a los que cuidan bodegas, patio de pesado y enramada de beneficiadero, Zeus y Sasha, que hasta un letrero anuncia: «Perros Bravos» resulta ser apenas un eufemismo.
Nadie fuma. Al menos en los grupos que visitamos, nadie fuma. La mencionada usanza de recolectores y chapoleras fumando tabaco o cigarrillo sin parar para ahuyentar mosquitos con el humo parece ser cosa del pasado.
Juan Carlos Acevedo hace rodar la bola de que hay culebras. Habla de las que ha encontrado por ahí en más de media vida de trabajo: tiene 30 años y comenzó a los 17. Son cazadoras, más bien inofensivas, "pero no crea: ellas también muerden si se ven atacadas y lo enferman a uno como cualquier culebra. Aunque, como quien dice, se están acabando. Uno ya no ve tantas como primero".
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