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HISTÓRICO
DECÁLOGO DE LA HONESTIDAD
  • SANTIAGO SILVA JARAMILLO | SANTIAGO SILVA JARAMILLO
    SANTIAGO SILVA JARAMILLO | SANTIAGO SILVA JARAMILLO
Por SANTIAGO SILVA JARAMILLO | Publicado el 08 de agosto de 2012

Las investigaciones y experimentos adelantados por el economista estadounidense Dan Ariely, doctor en Psicología y profesor de Economía de la Universidad de Duke, sobre por qué las personas hacen trampa, nos pueden traer algunas luces sobre un fenómeno que es una maldición sobre la vida diaria de los colombianos: nuestra disposición a hacer trampa, pero sobre todo, ayudarnos a comprender cómo podemos incentivar la honestidad de las personas.

Los experimentos de Ariely han demostrado que la mayoría de las personas estamos inclinadas a hacer algo de trampa y violar de vez en cuando las normas. Eso sí, mientras lo que hagamos no sea muy grave o sus consecuencias no muy profundas.

La otra conclusión del profesor de la Universidad de Duke es que la culpa es el sentimiento más determinante a la hora de tomar la decisión de hacer trampa, defraudar o mentir.

Según la encuesta de Cultura Ciudadana de Medellín 2011, el 72% de los medellinenses siente vergüenza y 69% siente culpa al incumplir un acuerdo. En Medellín, la conciencia es una fuerza reguladora superior a la ley.

La mayoría nos preocupamos por tener una conciencia tranquila, limpia de culpa, y entre más convencidos estemos de las consecuencias negativas de estas violaciones, menos dispuestos estaremos a cometerlas. Enfatizar en los daños que implica hacer trampa no es un ejercicio inútil.

Ariely también sostiene que la mejor manera de abordar el tema no es aplicando mayores controles o peores castigos, sino más bien pensando en formas inteligentes en que podemos ayudarnos a ser más honestos.

Recordar constantemente los deberes éticos a las personas puede ser una de estas maneras. Durante uno de sus experimentos, Ariely hizo repetir a uno de sus grupos los Diez Mandamientos, mientras otro grupo solo tuvo que recordar sus diez libros preferidos. El primero, después de avivar sus conciencias al haber repetido la decena de normas divinas, cometió sustancialmente menos fraude que el segundo.

Así, los hombres no necesitan castigos más fuertes, ni siquiera una regulación más eficaz, sino escuchar el silencioso juicio de su propia conciencia y el temor natural que le tienen al sentimiento de culpa.

Esto se lograría con una educación que contenga la cultura del atajo y desvirtúe la popular idea de que el fin justifica los medios. También promoviendo una visión de cumplimiento de normas y consecución del bien común en la sociedad por medio de la fidelidad, la honestidad, la honra de los compromisos, la responsabilidad y la reciprocidad.