Los resultados de la encuesta acerca del acceso a la información, su uso y su demanda en el sector agropecuario que se presentó en la columna de la semana pasada, revela el bajo capital humano que caracteriza a la gran mayoría de los productores agropecuarios de Colombia: el nivel educativo más generalizado es el básico (83,4%). Los productores con niveles medio, técnico y profesional son la excepción. Esto implica que, como lo muestran diversos estudios realizados a nivel internacional, el bajo capital humano entraba y dificulta los procesos de modernización y cambio.
Lo anterior se agrava cuando se encuentra que sólo un 25% de los productores reciben capacitación técnica y ésta se refiere a las actividades productivas del diario quehacer, como son las técnicas de manejo de los cultivos y los animales. Esto quiere decir que las capacitaciones, en el mejor de los casos, se limitan a los temas más inmediatos de la actividad productiva que no implican, necesariamente, la incorporación de nuevo conocimiento y la ampliación de la visión y la comprensión de dicha actividad.
De otra parte, la encuesta revela una muy limitada utilización de información formal para la toma de decisiones. Lo dominante en el sector agropecuario colombiano es que los productores adopten sus decisiones basados en las fuentes informales, esto es, los amigos, los parientes, etc., y que las sustenten en la tradición. Adicionalmente, la poca información formal que se consulta está relacionada, al igual que en el caso de la capacitación, con las actividades corrientes de la actividad productiva. No se indaga, mayormente, por información y nuevo conocimiento relacionado con temas y aspectos más estructurales y de largo plazo como es el manejo de los recursos naturales, tan críticos para el desarrollo de la agricultura. Son pocos los casos en que se consultan fuentes distintas al círculo inmediato de conocidos de los productores, como las Umata o los gremios. Estas fuentes se caracterizan por ser, geográfica e institucionalmente, las más cercanas a los productores y por ser más fuente de experiencia que de conocimiento actualizado.
Así, las estructuras agrarias del país parecieran girar alrededor de un status quo que está fuertemente determinado por la tradición y por las relaciones informales como fuente de información y conocimiento. Esto significa que las actividades agropecuarias constituyen, desde el punto de vista de las relaciones, las estructuras y la disponibilidad a incorporar nuevo conocimiento, un mundo estático, cerrado, inmediatista y regido por la informalidad.
Las fuentes de información para la comercialización, factor determinante de los niveles de rentabilidad y a través del cual se revelan las oportunidades, son, en su gran mayoría, de carácter local e informal. Esto lleva a que, independiente de las fallas que hay en la difusión de la información oficial y formal de precios mayoristas, como la del Sipsa, dicha información no sea tenida en cuenta en las decisiones de comercialización. Por su parte, se utiliza más la información que producen, por ejemplo, Finagro y el Banco Agrario, que es información de crédito para adelantar la actividad productiva, que la generada por los centros de investigación y las universidades que es, generalmente, nuevo conocimiento. Esto confirma el hecho de que las estructuras agrarias del país sólo son permeables a información que le sea útil para sus fines inmediatistas y de conservación del status quo.
En este sentido, se puede afirmar que las demandas de información por parte de los productores agropecuarios no privilegian el cambio o la incorporación de nuevo conocimiento.
Por lo tanto, si el país quiere un sector agropecuario más dinámico y competitivo, tiene que, por necesidad, afectar las actuales estructuras sectoriales.
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