"La capacidad de dudar, de criticar y desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad y el fin de la civilización" (Erich Fromm).
Una revisión cuidadosa de la historia de la humanidad nos muestra que los cambios, los hitos de avance, se han dado gracias a actos de desobediencia, que han puesto en tela de juicio lo socialmente reconocido.
Son los disidentes los que marcan nuevas rutas, ven otros horizontes y ponen mojones para giros insospechados en la historia. Quiere decir que el disenso está estrechamente ligado a la posibilidad del crecimiento y la invención. Él es condicionante y clave en la capacidad para inventar, es la antesala del acto creativo. Por eso la afirmación de Lyotard: "La invención siempre se hace en el disentimiento".
Cuando se da la ruptura del círculo reiterado, surge la invención y, con ella, el nuevo escalón para la ciencia y la tecnología.
La disidencia contribuye a la promoción del cambio progresivo, en cuanto abre la posibilidad de la confrontación, la argumentación, la deliberación, la negociación, y suscita escenas para asumir nuevos retos. No existe, entonces, posibilidad alguna de que una sociedad como la nuestra, compleja y pluricultural, pueda avanzar hacia otros estadios, si no es justamente por ese combustible que la desobediencia le presta.
De ahí la importancia de empezar a construir nuevas miradas con respecto a los niños y jóvenes desobedientes en la escolaridad, y considerar desapasionadamente sus particulares percepciones, construidas, muchas veces, a pesar nuestro. Lo innegable es que sean piedra en el zapato, que indispongan, incluso con frecuencia, que signifiquen motivo de humillación, porque su conducta constituye un desacato a la autoridad, a lo establecido, a lo que se quiere transmitir.
La tarea que se encara desde la educación es la de ayudar a construir una ética de la disidencia, la autonomía y la dignidad, basada en la confianza y el respeto mutuos, que dé el derecho a desobedecer cuando se agreden las propias razones y creencias. Supone esta convicción que la autonomía nunca se construirá con la sumisión, el silencio, el miedo, la obediencia, o la uniformidad, y que su inviabilidad no sólo condenaría el espacio escolar a la inercia, sino también a su inevitable fenecimiento.
La formación del sujeto autónomo, sólo posible en la experiencia legítima del disenso, dará cuenta de un individuo que, además de asumir normas colectivas, siente la posibilidad de transgredirlas legítimamente, cuando no son expresión de sus propias convicciones. El disenso le permitirá encarar los paradigmas que seducen a preservar las relaciones verticales, los saberes acabados, las clasificaciones que se pretenden científicas, las convicciones y privilegios. Entonces, será posible que se abra espacio a lo particular de cada sujeto, a lo diferente y novedoso de cada individuo.
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