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Después de las elecciones

07 de noviembre de 2011
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El veredicto de las urnas debe servir a las campañas políticas y a la ciudadanía para sanar las heridas provocadas en medio del fragor de la contienda electoral. Y a los periodistas, además, para reflexionar sobre el cubrimiento del debate.

Voy a expresar mis opiniones sobre algunas inquietudes formuladas por lectores en los últimos días.

Plantean, en primer lugar, falta de objetividad. Considero que no es posible hablar de objetividad en los medios de comunicación. Habría que convenir un término diferente: pluralidad o equilibrio. También, distinguir entre opinión e información. Y decir, de una vez, que el lenguaje periodístico está compuesto por símbolos y significados que lo diferencian del que usamos en otros ámbitos. Está ligado a diversos criterios que lo identifican con el estilo personal y el modelo periodístico.

Las páginas de opinión son expresión de la subjetividad, tanto en el editorial como en las distintas posturas asumidas por los columnistas. Por esta razón, tampoco es posible hablar de neutralidad editorial en EL COLOMBIANO. Basta mirar la historia del periódico para saber las causas que ha apoyado a lo largo de diez décadas. La neutralidad obliga legalmente a los medios audiovisuales, porque gestionan el espacio radioeléctrico por concesión de este recurso o bien de la Nación.

El periódico tiene filosofía conocida a través de sus editoriales. Es público su pensamiento sobre los temas que más afectan a la sociedad.

Considero que todos los candidatos a la Gobernación de Antioquia y a la Alcaldía de Medellín tuvieron la oportunidad de exponer en EL COLOMBIANO los temas principales de sus programas de gobierno.

En cumplimiento de la misión fiscalizadora del periodismo, se publicaron denuncias formuladas por autoridades y ciudadanos, las cuales son objeto de averiguación judicial. Algunos lectores las interpretaron como informaciones parcializadas. Estimo que el periódico cumplió con este papel, aunque a veces excedió el despliegue en perjuicio del equilibrio informativo.

Los principios éticos y las normas legales obligan a respetar la presunción de inocencia y a darles la oportunidad para los respectivos descargos a las personas afectadas. Por esta razón, el periódico publicó varias cartas de rectificación al respecto.

Creo que los periodistas debemos ir más allá en la función fiscalizadora. Por ejemplo, aún están por descubrirse las millonarias sumas de dinero que movieron algunos aspirantes para comprar votos y conciencias, convirtiendo las elecciones en un mercado de sufragios en el que los apoyos económicos son, sin eufemismos, cuotas de inversión que esperan ser recompensadas por la adjudicación de contratos. Aquí nace una importante fuente de corrupción.

Sobre el asunto de los sondeos electorales dejé mis observaciones en las columnas anteriores. Considero que en general se han mitificado, con un alto riesgo para la democracia cuando son presentados como alternativas a las elecciones, llegando a calificar el voto como algo meramente formal. Este fenómeno es más evidente en los medios audiovisuales.

A los periodistas nos obliga hoy plantearnos estas preguntas: ¿Cuánto contribuimos a que los ciudadanos tuvieran elementos de juicio suficientes para votar en conciencia? ¿Qué hicimos para animar la participación ciudadana y el voto libre? ¿Cuánto se afectan el equilibrio informativo, la independencia periodística por la cercanía, propia o del medio, a los candidatos? ¿Alentamos la propaganda sucia de las campañas? ¿Ganamos o perdimos credibilidad?

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