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EL RESURGIR DE RUSIA

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16 de septiembre de 2013
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Una década atrás, un puñado de oligarcas rusos mudaron sus fortunas a Londres. Unos escapaban de la presión fiscal impuesta por Moscú y el resto de las persecuciones políticas que ponían sus propios cuellos en peligro.

Hoy, centenares de nuevos millonarios rusos, los más jóvenes del planeta, llegan a diario a la capital británica cargados de libras hasta las cejas. La fiebre rusa llega al extremo de que un canal de televisión inglés haya colocado en la franja de máxima audiencia su nuevo reality, "Meet the russians", en el que se muestra el excéntrico estilo de vida y la insultante ostentación de la que hacen gala buena parte de los casi 400.000 rusos que aquí residen. El avejentado metro londinense esta trufado de carteles anunciando el estreno del programa de marras. Con el Big Ben y el Parlamento de fondo, los rótulos muestran la neumática opulencia de unas cuantas muchachas que responden al estereotipo ruso. Encaramadas a tacones imposibles, embutidas en ceñidos trajes y armadas de copas de champagne, una de ellas ondea una bandera partida: la mitad la ocupa la Union Jack; la otra, la enseña de otra unión, la soviética, con su dorada hoz y su martillo sobre fondo rojo.

El interés en este desembarco de "emigrantes" forrados de dinero es comprensible. Mientras la mayoría de familias británicas las pasa canutas para llegar a fin de mes, los rusos ocupan los mejores barrios (Knightsbridge, Belgravia, Kensington, Chelsea y Notting Hill) y extienden sus boutiques, joyerías, restaurantes y escuelas privadas a ambos lados de Maddox Street, a un paso de la comercial y fastuosa Regent, donde los turistas rusos se dejan cada año 300 millones de libras (477 millones de dólares), una propina comparado con lo que gastan sus compatriotas residentes aquí. Tanto como para que el mercado inmobiliario esté disparado por culpa, en parte, de los desorbitados precios que los nuevos ricos rusos llegan a pagar por un ático en el nuevo hotel Bulgari de Knightsbridge: 150 millones de libras (239 millones de dólares).

Pero este es tan sólo un reflejo del creciente poderío ruso. La señal más relevante es el triunfo de su diplomacia al evitar lo que parecía un ataque inminente de Estados Unidos para derrocar el régimen sirio de Al Asaad, amigo y aliado del Kremlin. La vacilante y errática política exterior de Obama ha debilitado la posición hegemónica como guardián del mundo de EE. UU. y ha devuelto de paso a la escena global a Rusia. Su plan para ganar tiempo es una jugada maestra que ha comprado el premio Nobel por accidente sin pestañear. Con Obama preso de sus propias palabras -"He sido elegido para acabar las guerras, no para iniciarlas"- Putin se erige en pacificador mundial mientras aplasta las libertades en su propio país. Cierto es que buena parte del éxito del zar ruso se encuentra en la desgana de Estados Unidos en atacar Siria. El farol de Obama ha disparado los precios del petróleo hasta el punto de amenazar la salida de la recesión en todo Occidente y alentado a los yihadistas de Asia Central y del Cáucaso (a las puertas de Rusia). Al fin y al cabo, Washington sigue considerando un mal menor al régimen sirio (el último resquicio de la influencia de Moscú en Oriente Medio junto con Irán) frente al caos -y la más que probable llegada al poder del islamismo radical- que supondría la caída de Al Asaad. Tras el fiasco en Libia y Egipto, apoyando y alentando la caída de dos dictadores "amigos", nadie quiere una guerra en la que no hay botín y sí mucho que perder.

Rusia se sale con la suya por ahora y regresa de nuevo como contrapoder a la hegemonía estadounidense, una posición perdida desde las guerras balcánicas y la caída de su aliado Milosevic en Serbia. Mientras, la represión del régimen sirio y la contienda civil siguen dejando 100 muertos diarios. Al parecer, el exterminio sin armas químicas está bien visto.

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