José Gabriel Ortiz, de oficio relacionista público y presentador de televisión, y ahora, por razones de amistad presidencial, embajador de Colombia en México, creyó que para justificar la circunstancia insólita -para él- de "estar trabajando más que nunca", podía saltarse a la torera una de las prohibiciones más obvias para un diplomático: no opinar torpemente en los medios, sobre política interna de su país. Sea cual haya sido el expresidente insultado por el locuaz y folclórico embajador, la Cancillería lo tendría que haber destituido de inmediato. Pero estamos en campaña electoral, y no hay límites si se trata de adular al dueño de la nómina.
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