Él entrega su alma en la pasarela, pero su pasión no solo va hasta esas instancias. Juan Pablo Socarrás se emociona cuando habla de los indígenas y de las madres cabeza de familia con las que trabaja.
Si es cierto el dicho que indica que para ser buen profesional primero hay que ser un excelente ser humano, este diseñador cumple esta regla.
Nació en Bogotá pero tiene raíces costeñas. Sus padres han estado involucrados, durante toda su vida, en el negocio de las telas y ahí fue donde precisamente nació ese gusto por la costura. “A mí me mantenían como un ponqué. Siempre tenía corbata y corbatín”.
De familia de médicos, a Juan Pablo le costó decirle a su familia que lo que quería era trabajar con moda.
¿Cómo fue esa dualidad entre el diseño industrial y el diseño de modas?
“No tuve los pantalones para decir lo que quería estudiar, entonces entré a la universidad para ver materias de diseño industrial. Yo le pedía plata a mis papás para hacer, supuestamente, cursos de computación, pero yo hacía era cursos de confección. Me iba para un taller y yo era el único entre muchas mujeres. Yo sabía que esto era mi vida”.
¿En qué momento se mete de lleno en el negocio de la moda?
“Pasé por un proceso de aceptación de lo quería y afronté a todo el mundo. Imagínate que si cuando le dije a mi papá que quería estudiar diseño industrial casi me pega, ahora con esto. Pero bueno, entré a Artesanías de Colombia y manejé el proyecto de Identidad Colombia”.
¿Cuáles fueron las mayores oportunidades que tuvo en Artesanías de Colombia?
“Trabajé con grandes diseñadores como Elio Fiorucci. Andaba de gancho con él todo el día y yo pensaba: “esto solo me pasa a mí y al chavo”. Él me decía que yo era muy bueno pero no le creía. Después empecé a trabajar con Beatriz Camacho, a la que le tengo gran admiración, y así seguí, viajando y aprendiendo”.
¿En qué momento empieza a trabajar con los indígenas?
“Con Artesanías en los viajes. Eso cambió mi vida. Yo empecé a viajar con viáticos de 33.500 pesos diarios, con eso tenía que dormir, comer y hacer de todo. Así que aguanté hambre, comí de todo y me pasaron mil cosas. Ahí, verdaderamente entendí el valor del dinero”.
¿Cómo es su relación con los indígenas?
“Es una relación muy familiar. Uno no llega allá a colonizar, como la gente piensa. Uno tiene que entender que ellos son seres maravillosos, que son las verdaderas raíces. Ellos son los que me enseñan a mí y no yo a ellos. Son maestros y yo me tengo que subir a su nivel, ellos no se bajan al mío”.
¿Cómo es su proceso de trabajo con ellos?
“Yo les llevo dibujos y pancartas para explicarles lo que son las tendencias, para mostrarles que hay personas que comen sushi y pescado crudo y eso no significa que les quede mal hecho, sino que así es. Los guío en este mundo de la moda”.
¿Cuál ha sido la mejor experiencia que ha tenido con los artesanos?
“Una vez en Putumayo, terminé de hablar cinco horas sobre tendencias y mercadeo. En ese momento todos ellos se pararon y me empezaron a aplaudir. Yo lloré como un niño chiquito. Es gratificante porque esa es la verdadera energía de la tierra, es amor sincero”.
Usted también ayuda a varias fundaciones. ¿En qué momento se empieza a interesar por los temas sociales?
“A mí siempre me ha gustado trabajar por los demás. Yo, por ejemplo, me gradué en la universidad y fui a trabajar con la Unicef, por los niños. Yo vibro ayudando. Uno no puede pasar por el mundo por pasar, hay que dejar huella”.
Usted tuvo cáncer cuando estaba pequeño…¿Verdad?
“Sí. Ahí entendí que gracias a las posibilidades económicas que tienen mis padres, yo pude curarme pero que no se habían ido los problemas del mundo. Uno no puede vivir solo por vivir, si uno puede, debe ayudar”.
Hace poco se ganó el premio Infashion por ser el diseñador más querido. ¿Qué significó esto para usted?
“Ese premio se lo debo a los indígenas. Me lo gané por aquellas personas que eran capaces de coger un bus, ir hasta un lugar a pagar internet, aprender a llenar un formulario en computador y votar. Hubo algunos que hasta viajaron en chalupa. Yo no gané porque mi papá y mi mamá votaron, yo gané porque ellos votaron. Muy lindos todos los premios y todo pero éste es el más gratificante porque me lo dieron ellos de regalo”.
¿Se siente más cómodo en la ciudad o en las afueras?
“Me siento más feliz con ellos, que me enseñaron a bailar champeta (y lo hago divino), porque ese día aprendí más que cuando estuve con los 50 líderes más ricos del mundo. Los indígenas son parte de mi vida, me cuidan y no dejan que me pase nada”.
El próximo mes va a lanzar Objetos del deseo…
“Sí. Invité a varios amigos para que diseñaran sus carteras más deseadas, objetos únicos y cada una de ellas está intervenida por artesanos. La voy a inaugurar el 17 de noviembre con una fiesta y a partir del 18 la gente puede entrar gratis en la Alianza Francesa en Bogotá, durante tres semanas”.
¿Cómo ve el negocio de la moda en Colombia?
“Aún somos muy miedosos, creo que no hemos entendido que Colombia tiene todo para ser potencia, como lo es Brasil. La diferencia es que ellos aprendieron a mirar, a entender y a aplicar. Nosotros copiamos y por eso las cosas nos quedan mal”.
¿En qué otros proyectos está trabajando?
“Todos los días me invento algo. Sigo montando mi marca, hago proyectos sociales, ayudo a mil fundaciones, capacito a los indígenas, viajo por el mundo dando conferencias. Pero mi mayor proyecto es seguir siendo feliz y serlo cada día más”.