En la oficina de la Filarmónica de Medellín trabaja una Isis, una Artemisa, un Magno, un Agamenón, un Temis, un Temístocles. Casi todos los griegos. El maestro Correa no sabe que existe un Andrés Felipe Tabares, y eso que trabaja con él hace ocho años. Para él existe un Aquiles, que es el comunicador de la orquesta, que trabaja hace ocho años con él.
Hay un personaje de la literatura griega para cada uno. "Un día me contó —recuerda Andrés— que así nos apodó porque nuestros rasgos físicos y personalidades son muy similares a las de esos personajes".
En la casa es distinto. Viejita es su esposa Emma Elejalde. Cata y Juancho son sus hijos. Él es Alberto Correa o maestro Correa. La palabra con M se la ganó hace 60 años. "Mi primer concierto fue a los 11", aunque todo empezó a los nueve, en una tarde de castigo en la que descubrió la Coral Tomás Luis de Victoria. Lo que dirigió dos años después fue un concierto de la Coral. Lo que descubrió fue que la música era lo que quería hacer el resto de la vida.
Su familia no era de tradición musical, pero la música estuvo. Cuando su papá se fue de la casa terminó en la iglesia, trabajando de organista. "Lo curioso es que solo lo escuché tocar dos piececitas en toda mi vida, en el piano de mi casa". Su mamá cantaba, como cantaban sus tías. El abuelo trajo un piano de estudio de París, que su mamá le regaló después a la tía, la que estaba en el convento. El maestro aprendió a tocar piano después de los 11, no como concertista, sino para poder dirigir.
El piano todavía es uno de sus instrumentos. A veces toca piano, para él. A veces toca chémbalo. A veces oboe. A veces chelo. A veces flauta dulce A veces los toca todos, de a media hora.
"Él es, como dice la gente, músico, poeta y loco —comenta su esposa—. Toca chelo un rato, después va y oye música otro rato. Siempre está haciendo algo y todo va quedando por ahí, a su alrededor". La partitura, el chelo, el libro.
Quizá porque el maestro siempre tiene algo qué hacer. Desde que estaba pequeño se acostumbró a dormir poco. Cuatro horas dice él que duerme. Cuatro horas dice su esposa que duerme. Cuatro horas dicen los músicos de la orquesta que duerme. Se levanta a las tres de la mañana, o antes. "Mi día es muy ajetreado".
Como su papá no quería que fuera músico, el negocio fue estudiar y hacer música. Supo, entonces, así tan pequeño, que lo que había que hacer era estar despierto más horas.
Después no hubo forma de hacerlo distinto. Estuvo en el seminario para calmar las ideas existencialistas que lo alejaban de Dios. Cuando descubrió que no quería quedarse sin chicas, estudió Medicina. Cuando era estudiante fundó el Estudio Polifónico de Medellín. Empezó a saber de musicoterapia. Siguió pensando en nuevos grupos. Cuando era ya médico se casó y tuvo dos hijos. Siguió con la música. Nunca la abandonó.
"Cuando uno está recién casado no es fácil de entender que primero era la música. Con los años he ido entendiéndolo. Aprendí a hacer la segunda".
Segunda que lo ayudó. Cuando don Alberto fundó la Orquesta Filarmónica, hace 30 años, doña Emma pegó afiches, vendió boletas y fue a las empresas a buscar apoyo. Un proceso bonito, cuenta, de contrastes entre la felicidad y el dolor.
Mirarlo en retrospectiva es distinto. El papá, el esposo y el amigo es un personaje de Medellín que se dedicó a su orquesta y a su coro, en un trabajo impostergable, importante para la cultura, que se llevó, no obstante, al papá y al esposo y al amigo muchas veces, para ser el director y el papá musical de muchos otros. El maestro lo sabe. "Las verdaderas personas que sostuvieron la orquesta fueron mis hijos y mi esposa".
Muchas veces el dinero que él conseguía se iba para la orquesta, no para ellos. Muchas veces el tiempo se iba para el coro, no para ellos.
"Mi mamá ha sido una compañera supremamente comprensiva —señala Catalina Correa, la hija—. Ella entendió que es la vocación de él. Lo ha hecho desinteresadamente y creo que lo logró: una empresa de la que viven muchas personas. Mi mamá nos hizo entenderlo y lo aceptamos". Fue difícil, pero valió la pena. Por la música, por los músicos.
"Es un ser humano excepcional —continúa Catalina—. Tiene un propósito más allá de su bienestar familiar y económico. Siempre ha tenido la idea de ayudar a los demás. En el consultorio yo a veces, cuando era niña, hacía de secretaria y la mitad de los pacientes iban sin pagar. Yo no entendía por qué y él decía, si no pagan es porque seguramente no pueden".
Para los músicos ha sido un hombre sin pizcas de egoísmo. Ni siquiera en el saludo. Menos en el conocimiento. César Sierra, director asistente del Estudio Polifónico, opina que para cada pregunta tiene una respuesta y si no se la sabe, después llama a contar lo que encontró en un libro. "Yo he aprendido muchísimas cosas. Él me dijo una vez, quiero que te robes mis ideas. Escribe lo que te sirva, y cuando vayamos donde otro director, igual. Serán tus ideas, porque nunca las podremos imitar exactas".
El maestro Correa lleva la música a cualquier lugar y a cualquier persona, para que aprenda. Anda con un maletín lleno de cosas. Si va a la casa de su hija a pasar un fin de semana, en esa maleta están las partituras, para estudiar. Siempre está estudiando. Si alguien le pide un consejo, se lo da, y si está en un libro, se lo presta. Siempre está enseñando.
Ninguno de los hijos, no obstante el ejemplo, salió músico. Catalina tocó violín y Juan Pablo chelo. Una vez, en el colegio, ella le devolvió el violín, y cuando su hermano la vio, le devolvió el chelo. Respetable. Es su pasión, no la de ellos. Las nietas tampoco. La esposa, cuenta ella misma, tiene voz de tarro, si bien ya le gusta la música y haya aprendido a distinguir si eso que suena es barroco u otra cosa. Al abuelo le queda, solo, una esperanza. Su nieto de dos años. Lo sienta al piano. Le pone a tocar la batuta.
Para toda la vida
Nunca pensó el médico Correa en volver a presentar un examen. El último había sido en 1967. No había estudiado música formalmente. Fue él mismo leyendo, él mismo mirando, él mismo con algún profesor. Estudió una maestría en dirección orquestal en la Royal School de Música de Londres, con más de 60 años, cuando ya se sabía que era un director. Era su reto. Algunos, de todas maneras, comentaban que no sabía cosas, por ser autodidacta. También quería que la Filarmónica tuviera un director con título. Los músicos de la orquesta deben ser profesionales y quería ser el ejemplo.
Pasó con honores, se enorgullese César. "Cuando yo llegué, él recientemente había recibido su diploma del conservatorio de la Royal. Es el primer latinoamericano en tener ese título con la mayor distinción".
El director mueve los labios entre la barba blanca, casi riéndose. Desde que presentó el examen de la Royal, le quedó gustando. Ahora tiene 71 años, está haciendo una maestría en humanidades y, ya sabe, continuará el doctorado.
No deja la dirección de la Filarmónica porque esté cansado. No lo está. Tampoco se va a ir. "Yo fundé, sostuve y la mantuve". Es maestro emérito y acompañará a Francisco Rettig, el titular. No dejará los conciertos de Semana Santa ni de Navidad. Ni dejará de hacer el Mesías, del que lleva un récord de 117 veces tocado, completo. Ni dejará de tocar a Bach, su compositor preferido. Ni dejará de soñar, tampoco. Tiene proyectos de nuevas instituciones.
El maestro sabe que la música es lo que lo mantiene vivo. La que lo comunica con Dios. "Yo voy a dirigir hasta que me muera. Lo que quiero es morir en el podio". Incansable, dice la hija. Incansable, dicen los amigos. Incasable, dice la esposa. Incansable. Dice él.
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