No son pocos los momentos en la historia de la política contemporánea en la que gobernantes autoritarios han tratado de destruir la pureza de la música. Intentan, de manera siempre infructuosa, apoderarse de la popularidad de las canciones o de sus autores, como si el arte fuera otra dependencia pública a la que le pueden succionar su riqueza.
Así como Adolfo Hitler tradujo a su manera a Wagner, los militares argentinos prohibieron el rock cantado en inglés en época de Las Malvinas. De la misma forma que un torpe Ronald Reagan utilizó a Bruce Springsteen y malinterpretó su canción Born in the U.S.A., los recién pasados olímpicos de Londres entonaron London Calling de The Clash, sin importar que en su época era una clara protesta contra lo británico.
Y las historias siguen sin parar. Cuando los artistas son críticos de los regímenes, la censura cae como una guillotina para evitar que su voz libertaria se amplifique y entonces centenares de compositores son obligados al exilio con sus canciones enmaletadas.
De todos nuestros gobiernos autoritarios latinoamericanos sin duda el ejemplo más claro de la cortapisa artística es el de los tiranos hermanos Castro en Cuba. Su desprecio por las ideas distintas obligó a artistas de la talla de Celia Cruz, Gloria Estefan o la inmensa bolerista Olga Guillot, a abandonar una isla en la que el único pensamiento aceptable es el que elogia a la revolución.
Todos los expulsados, sin embargo, hicieron desde otras tierras las críticas a su gobierno y defendieron con cada nota el valor de la libertad. Muchos murieron sin ver el esperado fin de la tiranía que domina a Cuba desde 1959 y otros aún aguardan pacientes la transformación.
Pero les ha llegado un pequeño triunfo en medio de esa expectativa que supera el medio siglo: la lista negra, que prohibía que artistas críticos sonaran en Cuba, fue derogada.
De la misma forma como la ley era reconocida solo informalmente al estilo de un secreto a voces, su muerte llegó sin mucho aspaviento. Se acataba sin preguntar y se conocía sin que el Gobierno la publicara. Y es que nadie, por perverso que sea en esta época de renacidas tiranías de izquierdas y derechas, acepta que se enfrenta al arte.
Lo cierto es que la pelea está lejos de ser ganada y en esa inconsciencia del unanimismo son aún miles los artistas latinoamericanos que sienten el peso de la represión. Porque el desalentador panorama de nuestro hemisferio nos enseña que si bien los Castro se acercan al fin de su historia, otros dictadores no escatiman en ideas para aferrarse al poder. Y si esos neodictadores pasaron la línea al cerrar emisoras, prohibir canales, amedrentar periodistas y descalificar disidentes, no podemos evitar temer la noche en la que emprendan su corrupta maquinaria también contra la música.
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