Todo el oro de América no bastó para unir Europa bajo una misma corona. Tampoco Napoleón logró hacer realidad el sueño de Carlomagno, pese al sacrificio de millones de franceses en los campos de batalla.
La anexión bajo un mismo trono o bandera, por la vía del mandoble y el asedio, era la única fórmula conocida por entonces para que territorios tan dispares hablaran, no ya la misma lengua, sino bajo una misma voz. Desde la caída del Imperio Romano, Europa se fracturó hasta parecer veinte continentes en uno.
El más alejado, Britania, siguió jugando un papel secundario durante siglos. Más preocupada en extender sus dominios de ultramar y de forjar un imperio con los despojos que rechazaba otro, Inglaterra se mantuvo siempre al margen de las turbulencias continentales.
Transformada de la noche a la mañana en una nación de comerciantes, su único interés era que ninguna de las grandes potencias en liza alcanzara la absoluta hegemonía. Mientras Europa siguiera troceada, enfrascada en mil conflictos, Inglaterra estaría a salvo.
La excepcionalidad británica, la que aún hoy les lleva a conducir por el lado equivocado, perdura en pleno siglo XXI pese a que su supervivencia dependa más que nunca de sus relaciones con la Unión forjada al otro lado de La Mancha.
En la cumbre celebrada en Bruselas, el pasado fin de semana, el eje franco-alemán dio un paso al frente para mandar una señal inequívoca a los mercados: Europa no está en juego.
La dupla "Merkozy" remarcó que la especulación no pondrá en jaque casi medio siglo de construcción europea. Todos los socios aceptaron reforzar la Unión bajo las premisas de una misma disciplina fiscal y de severos controles para todos.
Solo Reino Unido se quedó fuera. Al margen. Incapaz de dar un paso al frente para acercarse más al continente. "Quiero que utilicemos nuestras fronteras para protegernos contra la inmigración ilegal, las armas y el narcotráfico", explicó el primer ministro británico, David Cameron. Como si su isla necesitase entrar en cuarentena para evitar el contagio de una Europa libre. El veto inglés deja a Reino Unido "aislado" en unos tiempos donde andar solo resulta peligroso. Los británicos, o al menos su Gobierno, creen que ceder soberanía implicará necesariamente que una alemana les dé órdenes y prefieren batallar a su aire en un mundo de voraces colosos emergentes. Su decisión es un error monumental.
Europa puede avanzar sin Reino Unido. Lo contrario, se me antoja una quimera.
La sincronía económica necesaria para alumbrar y sostener al euro ha hecho más por la unidad europea que siglos de conquistas. Porque es la moneda y el bolsillo, al margen de los sentimientos, lo que une a los pueblos. Por eso, sueño con una América sin fronteras y unificada bajo un único patrón (llámese peso, bolívar, colón o dólar, cuyo símbolo se acuñaba ya en los lingotes de oro que viajaban en las Flotas de Indias rumbo a España).
Un único mercado fuerte y capaz de competir unido, estableciendo reglas en común más sólidas ante las presiones exteriores. América habla una misma lengua (Brasil está en camino) y tiene una historia compartida tan fuerte o más que la europea. Aunque el camino sea largo, la mitad está ya recorrido. Habrá quienes, como Inglaterra, quieran quedarse al margen. Allá ellos.
Hoy, el viejo continente renace de sus cenizas acuciado por una crisis que solo permite avanzar sin mirar atrás. Mientras, el Nuevo Mundo sigue fracturado en mil y un foros incapaces de lograr la integración. En la unión está la fuerza y el futuro. Las batallas se libran en los mercados y allí los débiles mueren sin remedio.
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