El presidente Clinton, recuperado de varias operaciones cardíacas para destapar sus arterias, ocluidas por su afición a la llamada "comida chatarra", y quien en su juventud llegó a pesar cerca de 100 kilos, se ha sumado a una campaña mundial contra la obesidad, especialmente la infantil.
Según el mismo Clinton, el tomar conciencia del problema es un paso importante pero no suficiente, pues la solución incluye cambios en los hábitos alimenticios, en la industria de alimentos, y en los restaurantes, especialmente los llamados de comida rápida, entre otros.
El problema es complejo, pues en él intervienen factores hereditarios, estilo de vida y hábitos alimenticios; como para el primero es poco lo que se puede hacer, la prevención se orienta a las modificaciones de los dos últimos factores.
La familia tiene un papel tan importante en la alimentación de los hijos, que algunos sostienen que la obesidad se hereda "socialmente", esto es, se aprende en el círculo íntimo de la familia. De poco sirven los sermones sobre la bondad de las frutas y verduras y de evitar el abuso de postres y grasas saturadas, si los padres hacen lo contrario en el hogar. Nada más inútil que un buen consejo seguido de un mal ejemplo.
La ciudad de Nueva York prohibió el uso de ácidos transgrasos en la preparación de alimentos. Éstas grasas, muy utilizadas en la llamada comida chatarra, adquirieron gran popularidad por no contener colesterol, pero hoy se sabe que son más perjudiciales que las mismas grasas saturadas de origen animal.
Hoy en día se sabe que el exceso de grasas en la dieta aumenta el riesgo de cáncer en el colon, riñón, páncreas, esófago, útero y seno. En un informe reciente, seis de las ocho recomendaciones para reducir el riesgo de cáncer, tienen que ver con la dieta. Encabeza la lista la recomendación de que dos terceras partes de toda comida deben ser de origen vegetal, como granos, frutos, vegetales (lo que algunos llaman despectivamente "paisaje"). Evitar los carbohidratos que son aquellos con harinas refinadas como el pan blanco y las pastas, y consumir los buenos, los que conservan la fibra, al estilo del pan o arroz integral.
Se deben evitar las comidas de "alta densidad calórica", esto es, que tengan alto contenido de azúcares y grasas, tales como las gaseosas y las frituras (llamadas popularmente vitaminas CH: chorizos, chicharrones, chinchulines). Debe limitarse el consumo de carnes procesadas, como los jamones, tocinetas y mortadelas.
El alcohol, igual que las grasas, se asocia con muchos tipos de cáncer y su consumo no debe ser superior a un trago diario en las mujeres (que por tener mayor proporción de grasa en su peso corporal son más susceptibles) y a dos tragos en varones.
Un profesor de epidemiología de la Universidad de Harvard acaba de llegar a la conclusión de que a la hora de bajar peso importa más la clase de alimentos que las mismas calorías. La socorrida recomendación de ingerir menos y gastar más calorías puede ser demasiado simple, pues el tipo de alimento también influye.
Los alimentos que producen mayores ganancias de peso, como las papas fritas y las gaseosas, son aquellos que el estudio mencionado al comienzo, recomienda evitar. Estos alimentos son especialmente engordadores porque al ser de fácil absorción provocan un aumento rápido de azúcar en la sangre lo cual, a su vez, produce liberación de insulina para controlarla. La insulina baja el azúcar y, a su vez, provoca hambre. Por eso quienes comen esos alimentos, comen en mayores cantidades.
No hay duda que la salud se fragua en la oficina del estómago, como sentenció Miguel de Cervantes Saavedra.
¡Hasta pronto!
Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4