Una sociedad sin una perspectiva crítica de sí misma es una sociedad incapaz de abordar, enfrentar y, llegado el momento, solucionar sus problemas más agobiantes y penosos.
Colombia es un país con una historia turbulenta y llena de personajes asociados a diferentes estadios y fenómenos de violencia, que saltan del heroísmo, las reivindicaciones y el afecto popular, al odio, la ilegalidad y el desprecio por la vida humana. Altos contrastes.
Durante los últimos cinco años, la industria televisiva en el país incorporó muchas de esas historias y figuras a su relato y retrato de la realidad nacional, desde los documentales hasta los argumentales, desde la realidad hasta la ficción, en una mezcla de gran eficacia comercial.
Sin tetas no hay paraíso, El cartel de los sapos, El capo, Las muñecas de la mafia, El patrón del mal, Los tres caínes, La prepago, Objetivo cuatro y ahora Alias el mexicano son parte de esos seriados que ponen en escena a algunos de los protagonistas y los fenómenos de esa "zona oscura" de la vida nacional: las mujeres de los mafiosos, los capos del negocio de las drogas, los jefes de los grupos armados ilegales. En los más recientes se destaca el afán por reivindicar a las víctimas y a quienes lucharon contra aquellos antihéroes o circunstancias de ilegalidad y de oprobio.
No creemos en la censura per se de esos programas y sus contenidos, como tampoco en su sobreexplotación comercial y en su calificación, supuesta, de "cita con las verdades de nuestra historia". Toda versión de los hechos implica sesgos, subjetividades y enfoques interesados. Unos válidos, otros no, pero sobre todo de muchos cuidados y riesgos. Es televisión basada en hechos reales, pero con qué cargas de alteración y ficción de lo ocurrido... ¿Dónde trazar esa delgada y problemática línea divisoria?
En esa cadena de producción de las "mercancías culturales y del entretenimiento", queremos llamar la atención sobre las responsabilidades en tres niveles: los autores que las crean y conciben, las empresas que las difunden y comercializan (incluso las que las patrocinan y pautan en ellas), y los espectadores que las reciben y consumen.
De los primeros se espera una labor creativa alejada de truculencias y del relato que convierte la violencia y el dolor en espectáculo y tragicomedia. La sobredimensión de los episodios de sangre y la exaltación de los estereotipos de maldad e ilegalidad no le hacen ningún bien a una sociedad en la que precisamente abundan, en el contexto de un Estado larvado por la corrupción y asediado por la ilegalidad.
De los canales y empresas productoras de TV es esperable que este no se vuelva el camino recurrente y único para escalar los picos del rating. También cabe una valoración de la limitada y pobre versión que se vende de la realidad y la imagen del país en el exterior. Hay un daño notable si el único producto de exportación televisiva que tenemos son los seriados sobre narcotraficantes, matones y prostitutas.
Y de las audiencias, es conveniente la fuerza moral, de valores y de comprensión que pueden sumar padres, escuela e instituciones, para asimilar, entender y poner en su justa medida, y efectos, el contenido de esta programación ciertamente problemática en un país con bajos niveles de educación y cultura y aún con tantos conflictos políticos, sociales y económicos sin resolver. Que no se pierda de vista, además, el libre albedrío para cambiar de canal o apagar el televisor.
El ejercicio implica, para todos, una fuerte y sostenida dosis de ética y autocrítica, para que esa clase de TV no agrave los síntomas de una sociedad enferma por sus violencias.
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