Los días previos a la Navidad tuve una sensación desconcertante. Sentí que en Colombia las cosas no van a funcionar porque todo el mundo juega al "si me salvo yo, la verdad me importa un pito".
Semejante pesimismo no fue en vano: aquí todos los que están en la pomada del poder, de manera legal o ilegal, creen tener la verdad, pero claro, una verdad acomodada y a su favor, con la cual, al final, nunca sabremos cuál es la verdad de verdad. No es un juego de palabras eso de la verdad de verdad. A diario estamos sometidos a enterarnos de verdades en favor de unos pocos. Acomodo aquí y allá, me valgo del poder, salpico a aquel y ¡tarán!, ¡tutti bene!
Arranquemos con los ejemplos. El más reciente: la Fiscal Viviane Morales defiende una verdad que compromete a los principales uribistas. Dice tener sus argumentos serios y contundentes. Sin embargo, para muchos, el tema se convirtió en una mezcla de política, espectáculo y de intereses particulares, porque, sencillamente, dicen que "su verdad" obedece a un interés particular: defender a su esposo Carlos Alonso Lucio, exguerrillero, exasesor de los narcos del cartel de Cali, exconsultor de los paramilitares y razonero de los Nule, de caer de nuevo a la picota pública o la Picota, cárcel. Obviamente, hay que ser bien pensados y confiar en la pulcritud de una mujer que aseguran es de armas tomar y está haciendo muy bien su papel, pero en un país donde la justicia camina en el filo de la burla por la cantidad de goles que le han metido, ¿no se cierne un manto de dudas grande sobre la verdad de la Fiscal?
Samuel Moreno. Otro que trata de meterles los dedos en la boca a muchos con "su verdad".
Si bien todo el mundo tiene el beneficio de la duda y se es inocente hasta que se demuestre lo contrario, este personaje jura y perjura "su verdad".
Asegura que no tuvo relación alguna con los Nule ni fue culpable de que los contratos más importantes de obras públicas les fueran entregados.
Sin embargo, ver cómo está Bogotá, una ciudad intransitable, caótica y sumida en la corrupción, es motivo suficiente para que la verdad de verdad de este personaje sea totalmente diferente a la que argumenta. ¿Cuánto no darían los colombianos por ver que en un acto de valentía y de sinceridad, Moreno dijera la verdad de verdad? Sí, esa verdad en la que admita su responsabilidad por lo que pasa.
Sigamos. Un expresidente, que les permitió a las Farc reforzarse, sigue diciendo "su verdad". Acusa a diestra y siniestra sobre la forma en que en los últimos años el país se llenó de corrupción y, claro, sus palabras apuntan al proceso de desmovilización de las autodefensas, que se hizo en el gobierno de Uribe. Sea lo que sea, sus quejas son una constante que siempre suena oportunista. Ahora, la pregunta que debería responder es: ¿cuándo admitirá la verdad de verdad que todos saben? Sí, esa que asegura de que por su llamado Proceso de Paz del Caguán, las Farc se burlaron descaradamente del país. Sería una muestra mínima de responsabilidad pública aceptar que le hicieron conejo y que por su incapacidad para cortar de tajo y a tiempo semejante burla, el monstruo se creció. Bueno, ni hablemos del otro expresidente que asegura que todo pasó a sus espaldas.
Esas son "sus verdades", las verdades que nadie cree.
No más ejemplos, serían demasiados. Aquí, en el país del Sagrado Corazón, exigir la verdad de verdad, es algo utópico.
Por culpa de muchos descarados, tenemos la pita pegada, una pita que nos hace creer supuestas verdades, sin importar si detrás de ellas hay manos untadas de sangre o que sobaron con placer los dineros públicos. Manos que lo único que buscan es quedar limpias y hacer como si nada hubiera pasado. Por eso, la sensación desconcertante que tuve previa a la Noche Buena, me obligó a tomar pastillas para la gastritis. Espero que esa sensación deje de rondarme, porque triste pero cierto, la verdad de verdad siempre estará en el limbo.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8