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Lidias y riñas

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
10 de agosto de 2010
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Qué lidia con los toros de lidia. Qué riñas por las riñas de gallos. Los gladiadores en el imperio romano cumplían idéntica función: sangre de seres sensibles que se derrama sobre la arena del espectáculo para fruición de gentes a las que no les pasa por la mente la conexión universal de las cosas.

El músculo es la masa, el desgarramiento es la herida, la sangre es la vida en fuga. La masacre que se oficia en el ruedo está ligada de modo indisoluble a los ojos que la contemplan, así el pavor haya desaparecido entre alcoholes o entre argucias justificadoras de la barbarie. El animal no sufre solo, es la piel del alma de los circunstantes la que al mismo tiempo se abre con violencia.

Todos somos el toro y el gallo, a todos nos aturde la humillación de ser instrumentos de la cruenta alegría ajena. Quien no sienta en su sangre la sangre zoológica está amputado en materia grave de su ligazón con los vivos. Cada banderilla, cada espuelazo, son propiciados por cada asistente al circo de la espuria fiesta. Todos son los verdugos, todos también son las víctimas.

Este país que en los últimos años vio apenas de lejos, y como sin querer ver, los descuartizamientos en vivo perpetrados por los paramilitares, las ejecuciones sumarias infligidas por los uniformados, los estallidos mutiladores originados por los guerrilleros, es el mismo país que goza con el acuchillamiento de los animales, con el escarnio tenaz de las vísceras, con las estocadas de gracia sobre el cuello fatal.

Hay un secreto pasadizo entre la tortura y sacrificio de las bestias, y las matanzas de los humanos convertidos en bestias. Quien goza con el primer evento, se solaza con el segundo, pues una única magulladura y un único exterminio se está proporcionando a idénticos seres perforados y despedazados para satisfacción de unos e interés de otros.

"Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible", escribió el Mahatma Gandhi como si hablara para los taurófilos. Cuesta trabajo entender cómo no se estremecen de piel y de estómago los hombres que aplauden el martirio de los animales.

¿Qué fluido ácido atraviesa sus nervios, qué frío eriza sus epidermis, qué arcadas amagan el vómito? ¿A quién se le ocurre disfrazar de luces, festejar de músicas y teatralizar de trajes el acto de desangrar con lentitud y progresión estudiada a seres que comparten con los hombres idéntica repugnancia ante el dolor?

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