Está como si el tiempo no lo tocara, como si su cuerpo no se desgastara. Cada instante de sus cien años permanece registrado en el álbum fotográfico de su mente.
No ha necesitado ni a los médicos ni a las gafas ni al bastón. Luciano Bustamante, el viejo más querido de Buenos Aires, confiesa con orgullo que emparrandarse y trasnochar son la clave para vivir tanto tiempo.
Dicen los vecinos que es uno de los fundadores del barrio. A su casa, en la carrera 30 con calle 46, llegan sus 12 hijos, 12 nietos y dos bisnietos. También amigos que consideran que ha sido padre y "madre" desde hace 37 años, cuando murió Celmira Escobar, su esposa y el amor que nunca olvidará.
La conoció en Venecia, su pueblo natal, cuando tenía 30 años y ella no había cumplido 15. La enamoró "matándole" el ojo en el parque, a escondidas de sus padres, puesto que, recuerda su suegra, "Mamá Marta no lo quería por bebedor".
Lucio fue el segundo de nueve hijos de una familia conservadora que padeció la violencia. En el 58, en el pueblo mataron a su hermano y a su padre, y él tuvo que venirse a vivir a Medellín, a una casa de bahareque.
Ya conocía la ciudad. Recuerda cuando viajó por primera vez en tranvía con su padre, desde Tarzo hasta Palomos, y de Palomos a Caldas.
También el día que fue con sus amigos a la inauguración de la plaza de toros La Macarena, pagando la entrada a 1.500 pesos. En ese entonces, venir de Venecia a Medellín tardaba día y medio. Todo, para ver a los toreros Manolete y Arruza.
Su mayor pasión es montar a caballo y hasta hace pocos años la disfrutó con sus amigos. Los visitaba en su caballo al que llamaba Colimocho. Luego se iban a parrandear y a tomar trago. Lo que más le duele es que no estudió Medicina porque su padre no tenía recursos para pagarle la carrera.
Trabajó con café más de 15 años, manejó un camión, se jubiló en la bodega del Ley de Laureles y al salir de allí administró un archivo notarial.
Hoy bate chocolate en las mañanas, va a la tienda de la esquina, lee la prensa, ve las noticias y conversa con vecinos y familiares. Con ellos celebró el viernes sus cien años. Misa, cena y músicos adornaron el homenaje que le rindieron a este roble que les enseñó la lealtad y la fortaleza.
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