Cientos de fallecidos en el terremoto que azotó el pasado miércoles la provincia china de Qinghai, y que ha causado la muerte de 1.339 personas, fueron incinerados ayer, mientras los equipos de rescate continúan sacando gente entre los escombros.
Las autoridades locales decidieron que los cadáveres sean enterrados o incinerados "inmediata y adecuadamente" para prevenir un posible brote de enfermedades en la zona afectada por el seísmo de 7,1 grados de la escala de Richter.
"En lo que respecta a los cuerpos, debemos respetar a los fallecidos, las costumbres funerarias de las minorías étnicas y consolar a sus familiares de forma apropiada", explicó el Departamento de Asuntos Civiles de Qinghai en un comunicado.
Más de mil monjes budistas se reunieron ayer en la ciudad de Jiegu, uno de los lugares más dañados, para rezar por las víctimas.
El portavoz del cuartel del servicio de emergencias, Xia Xueping, declaró que "unas 11.849 personas están heridas, de las cuales 1.297 continúan en estado grave", y 332 permanecen desaparecidas.
Mientras tanto, muchos de los sobrevivientes del sismo volvieron a pasar una tercera noche a la intemperie o en tiendas de campaña desplegadas en el área y con unas temperaturas de tres grados bajo cero.
Los grupos de rescate también intentan hacer frente a las malas condiciones meteorológicas y a la falta de oxígeno, y al menos 200 personas pertenecientes a los equipos de salvamento han tenido que abandonar la misión por sufrir mal de altura.
El presidente de China, Hu Jintao, llegó hoy a Pekín tras suspender, desde Brasil, su visita a Venezuela y a Chile por la tragedia.
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