El pasado viernes, la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, anunció desde Turquía que la primera potencia del mundo había decidido reconocer al Consejo Nacional de Transición, grupo de los rebeldes alzados en armas contra el coronel Muamar el Gadafi, como el gobierno legítimo de Libia.
No más diálogo entre gobiernos con el país en guerra. Diálogo ahora directo de la Casa Blanca con el ejército dispar que cuenta con todo el apoyo de Occidente.
El anuncio no fue más que la ratificación del espaldarazo dado por Estados Unidos a los rebeldes desde marzo cuando estalló la guerra en el país africano y fue además un paso político fundamental para que el gobierno de Barack Obama pueda girarle billones de dólares al ejército irregular sin restricciones por parte de su Congreso.
Con el anuncio de Clinton, E.U. se unió así a más de 30 países que ya habían decidido cortar cualquier lazo con Gadafi y reconocer al Consejo Nacional como el gobierno legítimo. Sin embargo, que el paso dado no sea novedoso no le quita la característica de preocupante.
Al interior mismo de Estados Unidos existen aún profundas dudas sobre las características y la composición del grupo rebelde. ¿Quiénes son los insurgentes que ahora fungen como directores de un Estado? ¿Es posible que facciones radicales hagan parte de ellos? ¿Cómo saber que este remedio no es peor que Gadafi, como enfermedad?
Estados Unidos tiene aún fresco el recuerdo de aquellos antisoviéticos rebeldes que apoyaron en Afganistán en la década de los ochenta y que fueron el caldo de cultivo de Al Qaeda. Parece, solo por ese hecho, que ahora se han cuidado en exceso de no apoyar un bastión que pueda tornarse antioccidental. La apuesta, en cualquier caso, sigue siendo arriesgada.
En los cuatro meses que lleva la guerra de la Otán en Libia, todo opositor a Gadafi, dentro o fuera de las fronteras del país en guerra, ha tratado de dibujar a los rebeldes como un grupo mixto de jóvenes e intelectuales amantes de la democracia occidental. Periodistas estadounidenses han dicho que son hombres de confiar y la manera en la que han trabajado de la mano con las fuerzas aliadas ha dado pie a aumentar la confianza en ellos.
Pero hay oscuros en este panorama que parece tan claro. Varias voces coinciden en que el grupo es demasiado heterogéneo como para confiar en sus decisiones futuras. Aunque hay un mando unificado, el grupo cuenta con personas que dicen querer la salida de Gadafi y que se han unido al proceso en momentos diferentes de la confrontación.
A la mixtura de sus componentes se suma una característica que puede ser la más grave de todas: la desorganización. La falta de orden les ha causado a los rebeldes reveses en el campo de batalla, pero peor aún, le podría costar dolores de cabezas futuros a Occidente.
Con ese conocimiento sobre el tablero no deja de ser alarmante que cada vez más dinero vaya a parar a sus manos. Puede que las cabezas del grupo rebelde de transición tengan claro su destino, pero los dólares y las armas dadas pueden derramarse hasta llegar a fanáticos que se venden al mejor postor o a radicales que pueden desencantarse de Occidente a velocidades pasmosas.
El hecho no es exclusivo de esta guerra y mucho menos del comportamiento estadounidense.
En un juego de geopolíticas donde las conveniencias siempre deciden los comportamientos, lo único que queda para esperar a los sensatos es que esta no sea la historia tantas veces contada de los buenos de hoy que pasan a ser los malos de mañana.
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