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RECUERDOS DE BOJAYÁ

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07 de mayo de 2012
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La primera vez que oí hablar de Bojayá fue, como la mayoría de los colombianos, el 4 de mayo de 2002. Dos días después de que ocurriera una de las peores masacres de la historia de nuestro país. Una tragedia tardó en darse a conocer debido dos factores: la pésima comunicación que existía en aquel lugar tan cercano físicamente pero a vez alejado de nuestra cotidianidad y la presión y el control de la información que los guerrilleros tuvieron en la zona.

Dos días de silencio en los que los colombianos nos enterábamos de otras noticias que nada tenían que ver con lo que ocurría en el Atrato chocoano, mientras miles de compatriotas nuestros huían en pequeñas embarcaciones, presos del el pánico, dejando atrás las historias y recuerdos de su querida Bojayá, con sus corazones adoloridos y sus mentes perturbadas tras haber sido testigos de aquella matanza, dejando tirados en el suelo a los seres queridos que habían muerto, y que sólo pudieron ser enterrados cinco días después en fosas comunes.

Recuerdo cómo hace 10 años nos fuimos enterando poco a poco de la horrenda matanza ocurrida en la iglesia San Pablo Apóstol, donde se refugiaban desde el día anterior, 400 habitantes del lugar bajo el cuidado del párroco, el padre Antún Ramos y donde miembros de las FARC, el 2 de mayo de 2002, hacia las 11 de la mañana, en medio de una disputa territorial con las Autodefensas, lanzaron un cilindro bomba, que acabó con la vida de 78 personas. “Cuando yo dentré a la Iglesia y vi la gente destrozada se me apretó el corazón mientras mis ojos lloraban”, canta Domingo Valencia, uno de los sobrevivientes, en una de las múltiples elegías que han compuesto los bojayaceños como parte del proceso de elaboración de este tremendo duelo.

Solo una semana después pudimos ver las imágenes en televisión de lo que había ocurrido: esas casitas de cartón y madera que con la balacera se habían venido abajo. Esas impactantes imágenes de la Iglesia semidestruida, aquel Cristo roto sin pies ni manos, tirado en el suelo con los pedazos de muro y en medio de las bancas destrozadas, que se convirtió en un emblema de lo ocurrido aquel día. Y lo más doloroso, tantas personas que vieron cómo sus familias se desintegraron, tras la muerte instantánea de uno o más seres queridos. Poco a poco nos fuimos enterando de esta tragedia con los testimonios de los heridos que iban siendo trasladados a varios hospitales en Quibdó y Medellín, que injustamente presenciaron esta masacre y que tuvieron, al menos, la oportunidad de sobrevivir.

Hasta 1997 Bojayá fue un lugar apacible. La pesca, el cultivo de plátano, arroz y maíz, la crianza de gallinas y cerdos hacían parte del día a día de los lugareños. Los cantos llamados alabaos amenizaban las jornadas. Una paz que fue interrumpida cinco años antes de la masacre, cuando Bojayá se convirtió en una zona de disputa por ser un corredor estratégico de guerrilleros y paramilitares. Los sonidos de la naturaleza fueron desplazados por el ruido de las balas. La presencia de los grupos armados que aprovecharon el abandono del Estado en esta zona, comenzaron los asesinatos selectivos, los desplazamientos forzados. Crímenes que quedaron en la impunidad. Ese fue el inicio de un conflicto que no termina pero que alcanzó su punto máximo hace una década cuando aquella pipeta impactó contra el templo de este lugar, acabando con la vida de Yenny Mosquera, Emérita Palacios, John F. Martínez, Aris Noel Palomino, y otras 75 personas que buscaban refugiarse de un conflicto que poco o nada tenía que ver con ellos. Hoy sus nombres están bordados en un telar que hicieron sus coterráneos para que así permanezcan vivos en su memoria.

Además, los centenares de sobrevivientes llevan consigo las cicatrices en su cuerpo por las heridas que sufrieron aquel día. A esto se le suman los sentimientos de rabia y rencor por haber presenciado este crimen y por haber perdido a sus seres queridos. Estas heridas son peores que las huellas de las esquirlas que quedan en el cuerpo. Elvis Mena, por ejemplo, hoy sigue llorando la muerte de sus dos padres, ocho hermanos, nueve sobrinos, un primo hermano y dos tíos. Todos murieron en esta matanza.

Hoy las consecuencias de esta masacre continúan entre los sobrevivientes: problemas psicológicos y emocionales, depresión, cambios de estado de ánimo o situaciones anormales de comportamiento, así como muertes de cáncer, enfermedad que antes era desconocida en la zona y cuyas causas se atribuyen al impacto de las balas. Los diez años de Bojayá que se conmemoraron tristemente la semana pasada nos deben hacer recordar que el Estado debe cumplir las promesas que hizo hace diez años, y también que nunca debe dejar de existir un compromiso con los sobrevivientes de esta masacre, no solo material sino psicológico y espiritual, que urge que estas personas sanen y reconcilien las heridas hondas que deja la guerra.

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