Estación de tranvías Iafo, cercana a la de Municipalidad, en Jerusalén. En pleno centro de la ciudad santa y cerca a la ciudad vieja, en la que habitan tres nociones de D-s y multitud de rituales.
Se reza mucho allí, por lo que ha pasado y puede pasar. Pero también se ríe y se negocia, se bebe café y se adquiere pan caliente, la gente se multiplica y corren historias en variedad de lenguas y formas de letras.
Cerca a estas dos estaciones vive mi amiga Hanna Cooper, con su marido y sus dos bebés. Y por esas calles se la ve a ella haciendo compras, corriendo al trabajo, yendo a celebrar el shabat a la sinagoga y paseando a sus niñas.
En buena parte de los días de la semana, incluido el de descanso, ella hace parte del espacio público, de los que van y vienen, de los que fluyen, de los que se detienen a mirar los colores del cielo y de los edificios viejos. Va por ese espacio sin sentir miedo, a pesar de que vivir en Israel no es fácil. Ya se saben las malas mañas de los vecinos que tiene el país.
El caso es que el espacio público, no importa cuál sea la ciudad, es el que mide la calidad de vida efectiva de los ciudadanos. Y la esencia de este espacio común es el no miedo, la tolerancia y la seguridad que da el ser conocido en el vecindario.
No es calidad de vida el espacio privado, por más cosas que tenga adentro, pues en lo privado no reconocemos al otro, por el contrario, lo excluimos. No es posible habitar la ciudad encerrados: el encierro es lo que Konrad Lorenz llamó el confinamiento intensivo, que propicia toda clase de reacciones oprobiosas (neuróticas, esquizofrénicas, delirantes).
Y tampoco es espacio público un espacio abierto y vacío en el que la posibilidad de interactuar queda reducida a ser transeúntes o espectadores sin nombre ni cara, como en los tantos centros comerciales.
Las ciudades no están compuestas por edificaciones monumentales ni por vías atiborradas de vehículos. Las ciudades son la gente que interactúa, que se reconoce en la calle, que va a la panadería, la zapatería, al pequeño bar, a la librería, al almacén de lencería, al restaurante de la cuadra, al cine de barrio, al pequeño supermercado, etc.
Y allí, en cada lugar, se sabe quién es y qué hace. Esto es lo que sostienen las ciudades europeas y las del Medio Oriente, en las que los centros comerciales solo son para turistas (NN en movimiento).
Una ciudad son las personas que se conectan unas con otras, como anota Edward Glaeser en El triunfo de las ciudades . Pero, una ciudad con miedo a salir a la calle, llena de caras que no se encuentran y de gente agresiva en cada esquina, es una ciudad decadente y ya destruida.
Acotación: me cuenta Hanna que en su barrio, cerca a las estaciones Iafo y Municipalidad, los judíos ortodoxos, con sus grandes caftanes negros y sus aladares en las sienes, se mezclan con los soldados en la calle, en los paraderos y en los tranvías. Y con mucha gente de cara conocida que va y viene, que está muy viva.
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