Los exitosos y contundentes golpes militares propinados por las Fuerzas Armadas en los últimos años provocaron un repliegue de los grupos armados ilegales y no es una novedad que parte de la estrategia de éstos para burlar la presión del Gobierno fue la de trasladarse a las zonas de las llamadas fronteras porosas con nuestros vecinos.
Lo que sí es una grata novedad y despierta un mayor interés es la nueva alianza del Gobierno colombiano con sus pares fronterizos para propiciar los espacios y mecanismos que motiven y faciliten la desmovilización de miembros de los grupos guerrilleros y las bandas criminales por fuera del territorio nacional.
Los casos recientes de desmovilizados en Venezuela, Panamá, Ecuador y Perú es un hecho trascendental, pues ratifica el principio de corresponsabilidad que debe marcar las relaciones entre los países, en especial, cuando está en juego la seguridad de la región. La simetría que tanto ha pedido y ofrecido Colombia pasa por el reconocimiento de que los problemas son compartidos y, por ende, las soluciones lo deben ser.
Resulta alentador, además, saber que existe una estrecha colaboración entre las autoridades militares de Colombia, Perú y Brasil, que ojalá se haga extensiva a los demás países, en la lucha contra los delitos transnacionales, como se hizo evidente en la última reunión realizada esta semana en Bogotá.
Esa cooperación, ligada a una prudente y rigurosa labor diplomática, es la que al final va a permitir cerrar los exiguos espacios por donde aún se mueven los grupos irregulares y se alimentan sus finanzas vía narcotráfico, compra de armas, secuestro, lavado de activos y trata de personas.
Hace bien Colombia en ejercer ese liderazgo, pero resulta fundamental que éste vaya acompañado de transparencia y eficacia en el actuar de nuestros vecinos y en el acompañamiento de la comunidad internacional. Muchos de los interrogantes sobre la presencia de grupos guerrilleros en territorios vecinos no han sido satisfactoriamente resueltos y, por el contrario, parecen haber caído en zona de silencio.
Los llamados "temas sensibles" necesitan discusión franca y directa. Los nuevos escenarios de diálogo y cooperación que se están dando en la región deben ir de la mano de acciones concretas y contundentes contra el crimen organizado. Está comprobado, infortunadamente, que los problemas que durante años han aquejado a Colombia se vienen replicando en el vecindario.
La internacionalización del conflicto no ha sido por culpa de Colombia, sino por la permisividad de algunos gobiernos con grupos al margen de la ley, o por la apatía frente a nuestra propia tragedia, pensando que ese era un tema ajeno a sus propias realidades, pero hoy lo sufren en carne propia.
El momento de inflexión que vive nuestro país en contra del terrorismo y el narcotráfico es también la oportunidad histórica para que el resto de América Latina encuentre el camino para derrotar los fenómenos de delincuencia que durante décadas la han mantenido en el subdesarrollo y la pobreza.
Es el momento de una alianza sin fronteras.
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