Domingo
trigésimo primero
"Dijo Jesús: Haced y cumplid lo que los fariseos os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen". San Mateo, cap. 23.
Así presentaba un escritor el mundo en que vivimos: "Existe allí la calle de la Falsedad, la plaza de la Apariencia, la avenida de la Simulación, la discoteca "Los Fariseos", el bar "La Falsa Moneda", el camino de la Mentira, la vereda de el Engaño"... y muchos sitios más donde quizás nos sentiremos cómodos. Como en la propia casa".
Mas el Evangelio nos invita a la sinceridad. Nos prohíbe parecernos a los fariseos del tiempo de Jesús: muchas palabras y poco testimonio. Frecuentemente, como padres de familia, novios, empleados públicos, obreros o patronos, no podemos exhibir una vida con sello de autenticidad. Aunque en las reuniones sociales hablemos mucho de manos limpias, de honestidad, de equidad, en nuestro interior las cosas no caminan tan bien como parece.
Pero hay otra hipocresía peor, porque nos separa de la ayuda de Dios. Es aquella que se encarga de bautizar los propios pecados con nombres decentes. Al no reconocer nuestras fallas, las envolvemos en papel de fantasía. Esto sí es blanquear los sepulcros, que continúan por dentro llenos de podredumbre. Al orgullo lo nombramos dignidad, al engaño le decimos viveza, a la injusticia la llamamos prudencia. Por otra parte, nadie aceptará haber cometido un adulterio. Solamente ha tenido una aventura. Como si tratáramos de evitar que Dios se entere. Sin embargo, la primera condición para que Él nos perdone es reconocer con llaneza que somos pecadores.
También nos dice el Evangelio que no hemos de buscar, como los fariseos, los primeros lugares del templo, en el mercado, en la universidad, en las diversiones, en el trabajo. No es esto abdicar a nuestro esfuerzo de superación. Pero sí es no opacar a los demás, presentándonos siempre como los importantes. Como aquellos que tienen la palabra sobre todo tema.
Se puede mezclar tanto fariseísmo en nuestra conducta que urge revisar la propia vida a cada paso, mirándola a la luz del Evangelio. Esto requiere valentía. Pero el Señor está pronto a ayudarnos.
Por la sinceridad sería nuestra vida más limpia y más feliz. Cuando nos convirtamos a la sinceridad, caminaremos por nuestras ciudades y nuestros campos, quizá con una escalera muy larga a cuestas cambiando la nomenclatura de esta tierra que un día aprendió a mentir. Tendríamos entonces la calle de la Verdad, la avenida de la Autenticidad, el camino de la Amistad, la plaza de la Veracidad, el "bar del Sí y el No"... y esta ciudad se llamaría... como tú quisieras.
(En 1981, este domingo coincidió con el primero de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos).
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