Todo fue como uno de esos chapuzones a los que siempre estuvo acostumbrado, rápido y fuerte. Pero con la diferencia que fue como si hubiera saltado a una piscina vacía. Juan Guillermo creyó que todo había terminado. La novia se fue, los amigos lo dejaron, el respaldo económico se esfumó y hasta la piscina quedó en el olvido. Todo en un abrir y cerrar de ojos.
En su piel ahora lleva impregnada una frase, casi que un lema escrito en inglés, que le recuerda cada día, cuando se mira al espejo, un derrotero de vida: "tras cada noche oscura, viene un día brillante. Así que no importa tan duro sea. Saca pecho, mantén la cabeza en alto y manéjalo".
El mismo rostro, el mismo peso -escasamente un kilo de más-, los brazos que exhiben la fuerza que no ha dejado ir, el cabello corto a ras de cráneo, una barba incipiente, la sonrisa expresiva que delata tranquilidad, una mirada esperanzadora, la firme convicción de querer salir adelante.
Un regreso titubeante
Sus pasos eran trémulos en el comienzo. Las chanclas parecían pesarle como plomo, pero el ver las caras conocidas, chicos y grandes lo invitaron a retomar los entrenamientos, con la mira puesta en los Olímpicos de Londres-2012.
"Juan eres bienvenido" , le dijo Óscar Urrea, brindándole la mano al pupilo de tantos años, ese que hace tiempo fue su compañero. A Urrea, el técnico de los clavados de Colombia le gusta tenerlo allí, al lado de ese grupo de saltadores del club Alcatraz, que presenta hoy en día a Sebastián Villa como uno de sus estandartes. "Juan Guillermo es bienvenido y lo que él necesita es continuidad".
Ángeles alados en forma de clavadistas es lo que tiene a su lado Juan Guillermo Urán, el habitante de Bello, quien en la Universidad Eafit encontró un grupo de amigos, de gente nueva que refrescó un presente lleno de alternativas, después de tres intentos fallidos por estudiar Ingeniería de Instrumentación, Diseño Industrial y Administración.
La U es su "otro" lugar de residencia. La querencia, esa que cual toro de fortísima embestida, es la que le brinda la oportunidad de seguir sus estudios profesionales de Administración de Negocios, los que le dan la oportunidad de ver el mundo de otra manera. Que no todo sea piscina, esta vez.
Esa cara feliz, en un cuerpo que ha perdido algo del tono muscular, delata el momento maravilloso que vive en Eafit, donde encontró una etapa diferente de la existencia, de esa que ha dado tanto en los trampolines, pero que, por medio de la academia, puede ver más allá de las montañas y de los clavados.
Es tanta su dicha en clase, que en este período adelantó algunas materias, ya que sabe que el trajín que vendrá será arduo, porque el deporte también lo convoca.
Juan añora la rutina que tuvo durante 25 años, en la que presentó decenas de controles al dopaje, los que pasó todos limpios, hasta que llegó el percance de Cartagena, ese que lo llevó a estar después en la "casa-estudio", un sitio en el que le mostraron que el camino era ganar en autoestima, de tener en alto la parte emocional, personal, familiar y afectiva.
Como en los cuentos. Dos hadas madrinas revolotean por su cabeza, pensando en el regreso.
Su fortuna es hoy la presencia de la gente que lo respalda, después de perder apoyos de esos que hablaban de un sueldo mensual, un alojamiento en la Villa Deportiva y otras cosas.
María Cristina Ríos y Etel Pinsky le han tendido un puente generoso de ayuda, que se convierte en palabras y hechos que le dan el vigor necesario para afrontar la sanción de dos años que le impuso La Comisión Disciplinaria de la Federación Colombiana de Natación.
Las citas psicológicas le dan renovados ánimos, los que se extienden a una piscina olímpica en la que los muchachos lo ven llegar y se muestran felices. Otra que ha sido su casa por varios años.
El saltador se ha sentido como nuevo; feliz, lleno de optimismo. Aprendió del pasado; para su fortuna nunca llegó a ser un alcohólico ni un vicioso. "Me dolió mucho cuando dijeron tantas cosas a raíz del supuesto positivo".
Da gracias a las personas más cercanas; a Eafit, a Indeportes Antioquia, a la Liga de Natación y a su familia.
El Juan Guillermo de hoy está como el mensaje liberador que lleva tatuado en el costado izquierdo de su cuerpo, con el pecho y la frente en alto.
Y ahí también, como lo reafirma, con ángeles dándole vueltas, como María Cristina, Etel y el abogado Juan Gutiérrez, quien le encendió la hoguera de la nueva luz, esa que ve en la universidad, al lado de los nuevos amigos y en los chapuzones rápidos y fuertes de los saltos que están por volver.
Pasó mucho tiempo pensando en lo mismo. Juan Guillermo Urán no podía creer que esto le hubiera podido pasar a él. Lo que comenzó en un desfogue terminó en un infierno.
El dolor fue como un quemonazo que deja el mal salto. El golpe fue duro en el primer momento, pero las consecuencias comenzaron a aparecer con los días. El trauma duró muchos meses.
Eran años de estar siempre en lo mismo: de siete de la mañana hasta el mediodía perfeccionando la rutina desde los trampolines.
Para remedios, el tiempo y la paciencia, esa que lo ha llevado a cambiar su vida en un todo. Para su fortuna cuenta con el apoyo de los más cercanos que han visto en él a un hombre bueno y mejor clavadista de Colombia.
Su hoy no arrastra penurias por lo sucedido. Lo que busca es la felicidad, esa que llega de a pocos en un cambio gradual.
Y para suceder esto tuvo que pasar por el proceso, ese que lo mostró como alguien sumergido en el deporte. El saltador que rendía dentro de la piscina y que se colgaba las medallas. ¿Y dónde había quedado la persona y su formación?
Fueron tres clasificaciones a finales de Juegos Olímpicos: Sydney, Atenas y Pekín. Un récord difícil de igualar.
El año pasado estando en China, dio muestras de un comportamiento que le llamó la atención a la juez internacional María Cristina Ríos, una de sus confidentes y consejeras. Juan Guillermo no estaba bien, ya que se sentía estresado y desmotivado. La angustia lo acompañaba, hasta que llegó el punto de quiebre.
Cartagena, finales de junio de 2010. Todo el calor del corralito de piedra, en unos trampolines en los que el paisa había ganado un oro Centroamericano y del Caribe. Urán terminó la competencia y buscó el desfogue, ese que tienen todos los atletas.
"Salí con unos conocidos en Cartagena. Yo ya había terminado de competir en el Nacional Interclubes. Tomamos unas copas de licor y perdí el conocimiento. No sé qué me habrán dado en algunos de esos tragos, porque no recuerdo lo que tomé", certificó en los descargos que hizo ante la Comisión Disciplinaria de la Federación Colombiana de Natación y lo que ahora ratifica.
Juan Guillermo hace gárgaras para contar el episodio, ya que él es un muchacho introvertido, de pocas palabras. Se le forma un nudo en la garganta para comentar que los tragos, al cierre de las competencias, se presentan entre quienes participan en las torneos nacionales e internacionales del mundo de la natación.
El 26 de junio de 2010 fue convocado a la prueba de control que se hizo de manera conjunta. Lo demás fue de penurias cuando le informaron que "había tenido un control adverso por cocaína".
El mito cayó. El jovencito que aparecía en varias vallas publicitarias regadas por Medellín, el muchacho para mostrar era golpeado en lo más íntimo de su ser, porque "siempre me he preparado para el deporte, para la competencia y no para la vida. Para mi vida", dice en voz susurrante, quien hoy lucha por todos los medios por salir adelante.
Juan recuerda dentro de su catálogo de anécdotas que en Gran Bretaña, hace muchos años atrás, cuando se preparaba para unos Juegos Olímpicos se le había olvidado hasta saltar, lo que se supone sabe hacer. La presión en toda su magnitud.
"Yo quería dar la cara; afrontar el problema. No me escondí de nadie. Sin embargo, me dijeron que tuviera cuidado; prudencia. Varios dirigentes supieron de mi asunto y me aconsejaron que no hablara y que cuando estuviera preparado, volviera a tener contacto con los medios".
Hoy volvió a lo suyo, porque los sueños también vuelan como los clavados.
Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4