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VENCEDORES O INVENCIBLES

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03 de septiembre de 2013
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El asunto no es vencer. El asunto es ser invencible. Quien vence gana batallas, parciales escaramuzas que darán paso a sucesivas refriegas. Quien es invencible acaba con toda guerra. Vencer es matar o aprisionar al enemigo. Ser invencible es sorber la médula espinal del enemigo para erradicar el odio.

Casimir Jean François Delavigne, poeta francés de primera mitad del XIX, adelantó una fórmula: "el valor hace vencedores, la concordia hace invencibles". El argumento del valor es la fuerza, contundencia merced a la cual se impone una voluntad sobre otra. La concordia, en otro extremo, es vibratoria. El valor opera como partícula; la concordia, como onda.

El puño del valiente es solidez; en vez de infiltrar y penetrar, derriba. La concordia, en cambio, es energía sutil, sonido, tiende a consonancia. Su etimología habla de corazón que tañe al mismo son de otro. De ahí que comprenda y logre desentrañar identidad de pulsiones humanas.

El camino del valor requiere concienzuda construcción previa de enemigo. El otro ha de ser satanizado, sus intenciones mostradas como turbias. El enemigo, así, se vuelve necesidad. Es tan indispensable que cuando se vence uno, hay que inventar otro. Nunca cesa la fila india de adversarios, requeridos para mantener alerta la máquina bélica y encendida la punzada de odio.

La ruta de concordia es diferente. Conduce a destrucción de todo concepto de enemigo. Pasa por aniquilar sus motivos, con lo cual se le quita a la persona la sustancia adversaria. El antiguo oponente pasa a ser contradictor, alguien que piensa diferente y que por ello añadiría riqueza a los dos campos coexistentes.

Eliminar al enemigo en su raíz, que son sus abominaciones, es darle ciudadanía en el territorio que se comparte. Triunfante la concordia, caen deseo y fatalidad de devastar al otro. En correspondencia, ese otro se queda sin impulso para derribar al antagonista de otros tiempos.

Entonces ambos se vuelven no vencedores sino invencibles. Dos ejércitos podrán izar banderas y coronar adalides con laureles. La concordia habrá multiplicado por varios guarismos el valor, y este olvidará la amargura que embarga a los vencedores.

Concordia no descarta a valor, le da su merecido triunfo. Y dos pueblos o fracciones de pueblo habitarán tierras y ciudades, sabiéndose invencibles hoy, mañana y siempre.

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