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¿Cambiar verduras por ropa? Así es como buscan revivir el trueque en Medellín

La falta de apoyo institucional fue uno de los factores para que desfalleciera el intercambio solidario que antes era tan usual.

  • A principios de la década del 2000 hubo por lo menos 30 experiencias de trueque en el Valle de Aburrá. FOTO cortesía
    A principios de la década del 2000 hubo por lo menos 30 experiencias de trueque en el Valle de Aburrá. FOTO corte sía
27 de julio de 2023
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Es jueves y como casi todos los jueves, entre 40 y 50 personas, en especial jóvenes, se dan cita en Bello para echar carreta e intercambiar cosas. Unos llevan el último libro que ya leyeron y no piensan abrir más, otros sacan las golosinas que producen en sus casas, algunos llegan con verduras u hortalizas que cosechan con sus propias manos y otros sacan sus accesorios de bisutería o ropa usada y en buen estado. Tampoco faltan las pinturas y otras piezas de arte. No hay realmente límites, lo importante es que se trate de un artículo que ya no usen y que le sirva a otro.

La cita es entre cuatro y cinco de la tarde en un espacio libre que se forma entre la Choza de Marco Fidel Suárez y la biblioteca del mismo nombre. Aunque la gramática de Suárez llamaría “trocar” a ese ejercicio que se realiza en sus predios, los protagonistas se refieren a ese intercambio como “truequear” y hasta lo vuelven sustantivo cambiando la grafía original. De hecho, el programa se llama Jueves de Trueke.

Se trata de una de las pocas experiencias de este tipo que sobreviven en el Valle de Aburrá, después de que dos décadas atrás esta fue la meca donde transmutó ese ejercicio con el que en tiempos precolombinos los antepasados indígenas comerciaban para resolver sus necesidades.

El iniciador del nuevo envión en Bello fue Jhon Jairo Cano, que ya no es tan joven –tiene 66 años— y posee el acumulado de la historia del trueque en Antioquia.

Cano recuerda que en los tiempos dorados del trueque, hacia el año 2003, llegaron a haber por lo menos 30 experiencias de este tipo y se contaron algunas tan destacadas como la de la urbanización Las Cometas, en el occidente de Medellín; la de la Montaña Mágica, en Santa Elena; o la de la urbanización Altamira, que hasta desarrolló una moneda propia llamada altamir. Cada caso tenía lo suyo para mostrar y sacar pecho.

En la de Altamira, el contar con una medida de intercambio le permitía estandarizar la valoración de los elementos que se intercambiaban en encuentros que se hacían por lo menos una vez a la semana y hasta más, gracias a que uno de los impulsores del movimiento del trueque en nuestro medio, el argentino Pablo Mayayo, vivía allí y tenía un café internet desde el cual motivaba a la comunidad.

Una vez un hombre, algo borracho, llegó exaltado exclamando compungido de manera auténtica, como si hubiera perdido una fortuna: “Me atracaron, me robaron 300 altamires”.

En Pajarito, en cambio, el asunto no se reducía a encuentros episódicos sino que el trueque era una actividad de todos los días para los campesinos. La “moneda” era el pajarito, un billete de un tercio del tamaño de los que emite el Banco de la República.

“El sistema de Pajarito resultó muy interesante porque el trueque tenía distintos componentes, aun siendo una unidad. Por ejemplo, al área de alimentos la llamábamos ‘Frutos de mi tierra’, otra parte era la tienda y otra, el remate”, recuerda Cano, quien cuenta emocionado cómo, por ejemplo, era frecuente que un habitante llamado Cristian pusiera a disposición sus conejos. “Doña María nos hacía arepas y las vendía a cinco pajaritos el paquete, y don Elías llegaba con cantidades de verduras orgánicas. Otro era el profesor José Fernando, que ‘truequeaba’ clases de matemáticas y tortas que hacía con su esposa”.

Todo salía mucho más barato que en el mercado normal, de suerte que bastaba con 20 pajaritos para almorzar o desayunar. “Alcanzamos a hacer también reciclaje y hasta una obra de teatro que se cobró por trueque”, recuerda Carlos Acosta, uno de los gestores.

En Santa Elena la “moneda” eran los floricambios –se entiende por qué– y llegaron al punto de que un par de buses y un taxista los admitían para pagar el pasaje y luego iban a mercar con ellos.

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También crecieron experiencias que marcaron historia e inspiraron otras iniciativas a nivel nacional como el intercambio de textos escolares de segunda mano, que impulsaron Comfenalco y 14 cajas de compensación, generando ahorros multimillonarios para los padres de los colegiales.

En todo aquello, acepta Cano, tuvo mucho que ver el apoyo que tuvieron del entonces gobernador Guillermo Gaviria y, tras el secuestro y muerte de este cuando estaba en poder de las extintas Farc, del sucesor, Eugenio Prieto. En ese tiempo el Idea (Instituto para el Desarrollo de Antioquia) instauró el programa Truequeando Ando, con Cano y Mayayo a la cabeza.

El boom era tal que, con frecuencia, los dos gestores dictaban conferencias y cursos sobre trueque y eran invitados hasta a otros países para contar la experiencia.

¿Si todo iba tan bien, qué pasó?

Con el impulso lograron llegar hasta la administración de Alonso Salazar en Medellín (2008-2011), que también se volvió un buen socio, pero posteriormente el apoyo institucional se fue difuminando, de manera que los dos pioneros decidieron irse a tierras más fecundas para su apuesta.

En un ejercicio de autocrítica, Cano acepta también que faltó más base social y más continuidad en la formación de personas para que movieran el trueque.

Juan Diego Flórez, del colectivo Asohuellas y también impulsor del intercambio solidario, apunta que no se trata solo de una crisis del trueque sino de todo el trabajo comunitario y voluntario.

Y Acosta, el de Pajarito, aclara que el trueque de su vereda no ha muerto, sino que está en stand by. “Los procesos a veces necesitan esa oxigenación”, dice.

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Cano tiene ahora depositada su esperanza en la nueva generación de engomados que se reúnen alrededor del Jueves de Trueke, como Karina, una estudiante de comunicación social de unos 22 años; David, de ciencias políticas y 23 años, o Lucho Rodríguez, que aún siendo de la edad de Cano, no oculta su entusiasmo.

Pero estos tienen el ánimo en alto porque el Ministerio de Cultura les dio un incentivo económico a partir de leer un relato sobre la epopeya del pasado y, aunque simplemente se podrían repartir la plata porque es una especie de premio, usarán el dinero para capacitarse y sistematizar la experiencia desentrañando los errores y aciertos del pasado, y hacer luego un plan que los lleve a darle un nuevo aire al trueque en nuestro medio.

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