Cuando Diana Carolina Quintero vio a uno de sus familiares “desvanecerse en la niebla del olvido” comenzó un camino entre artículos y libros académicos que la llevó a una especie de pompón cubierto por largas espinas que caen como una cascada de cabellos blancos.
Es la Hericium erinaceus, más conocido como Melena de león, un hongo comestible cuyas propiedades curativas han sido descritas desde hace siglos por la medicina tradicional asiática y, desde el siglo XVIII, por la botánica occidental.
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Años después, sentada en un banco de madera ubicado al costado de un balcón en su apartamento en Medellín, la bióloga y doctora en Biotecnología recuerda que esa fue la primera seta que encontró en lo que comenzó como una búsqueda personal que le pudiera ofrecer otra alternativa a su familiar recién diagnosticado con Alzheimer, el tipo de demencia más común a nivel mundial, y terminó por convertirse en un interés científico.
Hasta ese momento, su trabajo en el laboratorio había estado enfocado en la búsqueda de compuestos naturales que pudieran servir para tratar diferentes enfermedades. “Durante muchos años esa fue mi gran pregunta en el laboratorio: si algunas plantas, como la guayaba de la región Caribe colombiana, o los compuestos derivados de ellas, podían tener actividad contra los virus”, le contó a EL COLOMBIANO.
Por ejemplo, durante los cinco años que duró su doctorado en la Universidad Nacional de Colombia estudió especialmente el orégano y su potencial frente a infecciones virales, partiendo de la inquietud que siempre le ha generado entender cómo las plantas podían servir para desarrollar medicamentos, porque gran parte de las medicinas convencionales tienen su origen en compuestos naturales. A pesar de que conocía de la existencia de los hongos, hasta ese momento no los había estudiado a profundidad.
Después de años de investigación, Diana cofundó Vital Setas, un emprendimiento con el que comenzó a producir y comercializar productos realizados con base hongos funcionales en Medellín.
Fue de las primeras personas introducir especies como la melena de león, el reishi y el cordyceps en la ciudad y, al mismo tiempo, asumió una labor pedagógica para divulgar la evidencia científica sobre sus propiedades y desmontar la idea de que estos hongos eran productos exóticos o ajenos a la alimentación.
Ahora, Diana acaba de lanzar su primer libro, Hongos que curan, una guía que reúne el resultado de casi una década de estudio y profundiza en la evidencia científica sobre los hongos funcionales y la forma en que estos protegen y potencian diferentes procesos del organismo.
En las primeras páginas de su libro usted menciona que, a nivel genético, los hongos están más emparentados con nosotros, los animales, que con el mundo vegetal, ¿por qué?
“Por varios motivos. No producen su propio alimento mediante la fotosíntesis, sino que, como nosotros, obtienen sus nutrientes de la materia orgánica que los rodea. Además, sus paredes celulares están hechas de quitina, el mismo material que forma el exoesqueleto de insectos y crustáceos. Esa cercanía evolutiva hace que muchas de las moléculas que han desarrollado durante millones de años para interactuar con su entorno también puedan tener efectos importantes en el organismo.
Por otra parte, también existe una relación muy interesante, aunque no hace parte de la evidencia científica, entre la forma de algunos hongos y los órganos con los que tradicionalmente se les ha asociado. Por ejemplo, la melena de león tiene una apariencia que recuerda una red de neuronas, y justamente es el hongo que más se estudia por su potencial para apoyar la salud cerebral.
El reishi, conocido en la medicina tradicional china como el ‘hongo de la inmortalidad’, suele compararse con el hígado. En esa tradición, el hígado es un órgano fundamental porque se encarga de regular múltiples funciones y de los procesos de desintoxicación del organismo.
Otro caso es el cordyceps, cuyo color y forma evocan, de alguna manera, las mitocondrias, que son las estructuras encargadas de producir la energía de las células. Son analogías muy llamativas.
Esa relación entre la forma de los seres vivos y sus posibles usos también existe en las plantas. La medicina ancestral ha utilizado durante siglos las formas de las hojas, las raíces o los frutos como una pista sobre sus propiedades. Hoy ese conocimiento tradicional está despertando nuevamente interés, aunque siempre es importante diferenciar esas asociaciones simbólicas de la evidencia científica que las respalda”.
¿Y cuáles son esas propiedades comprobadas que tienen los hongos funcionales?
“Estos hongos comestibles, conocidos como hongos funcionales, se llaman así porque, además de ser alimentos, tienen un potencial medicinal respaldado por la investigación. Me gusta compararlo con una fruta: consumimos fresas, guayabas o naranjas no solo porque son ricas, sino porque sabemos que aportan vitamina C y antioxidantes. Con estos hongos ocurre algo similar: además de nutrir, contienen compuestos que pueden beneficiar nuestra salud.
En el libro reúno ocho especies que son muy importantes, tanto desde el punto de vista culinario como funcional. Un ejemplo es el shiitake. Ya sabemos que es un alimento muy nutritivo, pero además la evidencia muestra que favorece la microbiota intestinal, es decir, las bacterias beneficiosas del intestino. Y, al contribuir a disminuir la inflamación, también puede ayudar a proteger las articulaciones a largo plazo.
En esa búsqueda permanente de nuevos hongos también encontramos especies fascinantes como la tremella, conocida como el ‘hongo de la belleza’. Se le considera una especie de ácido hialurónico natural porque estimula la producción de ácido hialurónico y colágeno, sustancias que el cuerpo va produciendo en menor cantidad con el envejecimiento. Consumido como alimento puede favorecer esos procesos de forma natural, pero además se utiliza en preparaciones cosméticas, como mascarillas”.
En Hongos que curan, usted no solo habla de la evidencia científica, sino también de la tradición ancestral alrededor de los hongos. ¿Cómo fue construir ese puente entre dos conocimientos que muchas veces se presentan como opuestos?
“Esa fue, probablemente, la parte más retadora del libro. Venía de trabajar con plantas desde la etnobotánica, que consiste en estudiar el conocimiento ancestral de las comunidades sobre el uso medicinal de las plantas. Uno va, conversa con las personas, les pregunta para qué utilizan determinada especie y luego lleva esas respuestas al laboratorio para entender qué compuestos contienen y si realmente existe una base científica que explique esos usos.
Con los hongos hice el mismo ejercicio. Quería reconocer ese conocimiento tradicional, pero sin perder de vista que debía contrastarlo con la evidencia científica. Muchas veces las comunidades no saben cuáles son las moléculas que hay detrás de un efecto medicinal; simplemente conocen, por experiencia, que una planta o un hongo sirve para aliviar un dolor de cabeza o para tratar alguna enfermedad. Cuando uno lo estudia en el laboratorio descubre que, efectivamente, existen compuestos antioxidantes o bioactivos que explican esas propiedades.
Lo más difícil fue encontrar ese equilibrio: contar todo desde la ciencia, pero reconociendo que la humanidad ha construido una relación con las plantas y los hongos durante miles de años. La ciencia es muy interesante porque una misma realidad puede entenderse desde diferentes disciplinas. La etnobotánica aporta una mirada, la antropología otra y la biología otra distinta. Todas enriquecen la comprensión.
Además, al escribir un libro de divulgación entendí que no podía llevar al lector por todos los procesos del laboratorio. El reto era traducir ese conocimiento científico a un lenguaje cercano, sin perder el rigor, para que más personas pudieran entender por qué esos saberes ancestrales, en muchos casos, también tienen un fundamento biológico”.
Los tipos de hongos que ha mencionado los califica como “súperestrellas”. ¿Cuál otro incluiría en ese grupo?
“Yo diría que la gran estrella es la melena de león. Cada vez existe más interés en cuidar la salud cerebral porque las enfermedades neurodegenerativas van en aumento. La Organización Mundial de la Salud estima que para 2050 una parte muy importante de la población podría verse afectada por este tipo de enfermedades, así que muchas personas buscan proteger su sistema nervioso desde ahora.
Otra gran protagonista es el reishi, o Ganoderma lucidum, conocido en la medicina tradicional china como el ‘hongo de la inmortalidad’. Y, por el ritmo de vida actual, marcado por el agotamiento y el estrés, el cordyceps también se ha convertido en uno de los más buscados por su relación con la energía y el rendimiento físico.
De hecho, cuando nació nuestro emprendimiento, Vital Setas, empezamos precisamente con esos tres hongos y con una labor educativa muy importante: decirle a la gente que no les tuviera miedo, porque antes que cualquier otra cosa son alimentos y podemos aprovechar sus beneficios cuando realmente los necesitemos.
Yo, por ejemplo, si estoy muy agotada o estresada consumo más melena de león. Si estoy entrenando y quiero un apoyo adicional para la energía, prefiero el cordyceps. También está el maitake, que es muy interesante para la salud femenina y, además, es delicioso en la cocina; puede consumirse fresco, en extractos o en cápsulas.
En el libro contamos la historia de estos hongos, pero también de otros menos conocidos. Uno de ellos es la cola de pavo, que ha sido ampliamente estudiada por su potencial en investigaciones relacionadas con el cáncer. En el fondo, Hongos que curan es un recorrido por esas setas que la ciencia ha ido identificando como las grandes protagonistas por sus posibles beneficios para la salud, siempre entendiendo que son un complemento dentro de un estilo de vida saludable y no un reemplazo de los tratamientos médicos.”
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Actualmente, ¿cuáles son las preguntas que falta responder sobre los hongos? ¿Qué investigaciones que se están realizando considera relevantes destacar?
“Creo que apenas estamos empezando. Durante muchos años la investigación sobre los beneficios de los hongos se detuvo y ahora estamos retomando muchas de esas preguntas. En las especies comestibles todavía hay una enorme cantidad de compuestos que estamos empezando a conocer y a entender cómo funcionan en el organismo.
Hace poco, por ejemplo, realizamos una investigación con la Universidad Cooperativa para evaluar el potencial de algunos de estos hongos en personas expuestas a altos niveles de contaminación ambiental. Lo que encontramos fue que podían ayudar a modular la respuesta del sistema inmunológico. Son pequeñas preguntas que van mostrando, poco a poco, cómo estos compuestos pueden ser útiles en condiciones específicas.
Paralelamente, existe otra línea de investigación muy distinta: la de las terapias asistidas con hongos psicodélicos. En países como Estados Unidos ya hay un camino importante recorrido y en Colombia apenas está comenzando. Nosotros también tenemos interés en ese campo a través de la Fundación Polígonos, donde trabajamos junto con investigadores, psicólogos y psiquiatras para acercar ese conocimiento a las personas desde la ciencia y con el acompañamiento de profesionales. Es muy importante diferenciar el uso terapéutico del uso recreativo.
En cambio, cuando hablamos de hongos comestibles la conversación es completamente diferente. Son alimentos que pueden incorporarse a la dieta y cuyo potencial seguimos investigando. Creo que el futuro está en esas dos grandes líneas: continuar descubriendo nuevos compuestos en el laboratorio y entender exactamente cómo actúan en el organismo, mientras avanzan las investigaciones sobre terapias asistidas para el manejo de enfermedades neurológicas y psiquiátricas”.