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Los gigantes prehistóricos que habitaron Antioquia

  • Los gigantes prehistóricos que habitaron Antioquia
Por Helena Cortés Gómez | Publicado el 10 de octubre de 2019
en definitiva

La presencia y formas de vida en las diferentes eras geológicas da pistas a los geólogos y paleontólogos sobre cómo diversos animales se adaptan a épocas más frías o más calientes de la Tierra.

Justo donde hoy se levanta el populoso sector de Belén, al occidente de Medellín, hace 12 millones de años deambulaban mastodontes, esos gigantescos parientes extintos de los elefantes.

Restos de molares de esta especie, de más de tres metros de altura, que se presume habitó en la era Cenozoico superior, habían sido hallados en depósitos contenidos en capas de arcillas. Pero no fueron los únicos, pues también encontraron vestigios de animales gigantes en Yalí y San Vicente, en Antioquia.

Los descubrimientos se extienden a otras regiones del país, como Villa de Leyva, La Guajira y La Tatacoa, suelos que tienen una importancia sin par para la paleontología y la reconstrucción de la fauna y flora que las poblaba desde hace 130 millones de años. Allá se han encontrado los mayores vestigios de gigantes que habitaron estas zonas en diferentes épocas.

Andrés Cárdenas Rozo, investigador del departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad Eafit con postdoctorado en Paleobiología del Smithsonian Tropical Research Institute en Panamá, anota que Antioquia tiene un gran potencial paleontológico.

Los gigantes

Revisando las localidades fosilíferas del departamento, que lideró y publicó con estudiantes de Eafit, Cárdenas Rozo relata que, además del descubrimiento en el barrio Belén, en el río San Bartolomé, en Yalí, en la mina la Marmolera, se hallaron molares posiblemente pertenecientes a la familia Gomphotheriidae y al género Stegomastodon; y en Hojas Anchas, municipio de San Vicente, se encontró un molar de caballo Equus sp.

Todos estos estudios van más allá de una excentricidad. Cárdenas dice que “entender la vida a lo largo del tiempo nos permite entender nuestro lugar (el de los humanos) en la naturaleza”. Y hoy cobra más relevancia que nunca antes.

Comprender cómo es que el clima moldea la vida en la Tierra, “nos permitirá saber cómo enfrentar este cambio al que los humanos nos enfrentamos por primera vez”, dice.

Porque además, hay un patrón sobre el que el biólogo y divulgador científico del Parque Explora, Luis Kamil Buitrago, llama la atención. Los animales más grandes de varios grupos están en peligro de extinción: las ballenas, el tiburón ballena, el oso andino, los grandes felinos, los elefantes... En un contexto de presencia humana, ser grande casi que significa una amenaza de muerte..

Recientemente, en Nueva Zelanda se registró el descubrimiento de los huesos de un megaloro que deambuló por la Tierra hace 19 millones de años. Medía más de la mitad de la altura de un humano promedio (un metro) y pesaba unos siete kilogramos.

Los científicos

El tamaño es un concepto relativo. En biología, cuenta Ross MacPhee en su libro El final de la megafauna (W. W. Norton & Co, 2018), el del cuerpo generalmente se evalúa en términos de similitudes y diferencias entre especies. Y el curador de mammalogía en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York da un ejemplo: las criaturas unicelulares, llamadas foraminíferos, que viven en todo el océano y se alimentan de pequeños organismos como diatomeas o bacterias, tienen en su mayoría alrededor de un milímetro de tamaño. Algunas especies, sin embargo, pueden alcanzar una longitud de 20 centímetros. En su micromundo, un tamaño relativamente enorme califica como megafaunal, que es como estas especies clasificadas por los científicos que las estudian.

En escala humana, los elefantes y las grandes ballenas califican de la misma manera: son mucho más grandes que otros mamíferos vivos, lo que genera preguntas sobre por qué son así, evolutivamente hablando.

“Es que las razones por las que un animal se puede hacer gigante son de diversa índole y casi que dependen de su grupo”, explica el biólogo Buitrago. No hay una única explicación para el gigantismo.

El experto suma ejemplos para explicarlo. En el caso de los insectos gigantes del Carbonífero (hace unos 300 millones de años), se cree que su tamaño se debió a que requieren altas presiones para que el oxígeno ingrese a sus tejidos. Esto porque los insectos no tienen corazón que bombee, ni pulmones que se inflen. Así que el período geológico les habría propiciado crecer gracias a que las concentraciones de gases en la atmósfera de aquella época eran muy superiores a las actuales.

En el caso de los reptiles –que no producen su propia energía por ser ectotermos o comúnmente llamados de “sangre fría”–, necesitan de altas temperaturas para calentar sus cuerpos. Por eso es que se cree que la enorme Titanoboa, que vivió hace aproximadamente 60 millones de años en lo que hoy es La Guajira, floreció en una época de altas temperaturas.

Dependiendo del organismo, el tamaño corporal grande tiende a correlacionarse con una gama de características fisiológicas y de comportamientos que no necesariamente ocurren de la misma manera en parientes más pequeños.

MacPhee explica que el gran tamaño del cuerpo que se encuentra en los herbívoros que se alimentan a granel (como las vacas) puede ser ventajoso, ya que la digestión de la materia vegetal suele ser un proceso largo y que consume energía que puede hacerse más eficiente procesando grandes cantidades de alimentos a la vez.

Por el contrario, las especies diminutas, como los roedores, pueden explotar con éxito alimentos pequeños y llenos de energía, que especies más grandes no pueden digerir de manera eficiente.

Algunos investigadores han sugerido que las tortugas de las Galápagos (Ecuador), que en comparación con otras son gigantes, lograron ser grandes porque no hay grandes depredadores, por lo que se no tenían restricciones para crecer.

Y sobre herbívoros como los dinosaurios, cuenta Buitrago, “ha surgido una hipótesis interesante sobre el espacio que requerían para poder procesar (en ese bioreactor interno de bacterias), materiales tan difíciles como la madera, las colas de caballo, los pinos o helechos. Ahí es más un tema de espacio de una flora bacteriana que requiere un tiempo y unas cantidades para ayudar a un animal de esta envergadura a sacar nutrientes de cosas que hoy prácticamente nadie se come”.

Contexto de la Noticia

LA MICROHISTORIA Riqueza fosilífera de la tatacoa

Los grandes yacimientos fosilíferos en el trópico son escasos y antes de que los terrenos del sur se conectaran con los del norte a través de Panamá –en lo que se ha llamado el Gran Intercambio Biótico Americano–, el desierto de la Tatacoa (Huila) es el yacimiento más rico que se tiene para el Mioceno (hace 23 a 5 millones de años). Es un lugar crítico porque los demás yacimientos están en Brasil, Bolivia, y Argentina. Más al sur. Pero para entender el origen de la diversidad del trópico y de Colombia, la Tatacoa es la fotografía perfecta. Esto porque después de que se formó Panamá y empezaron a migrar animales del norte al sur y del sur al norte, cambió por completo la fauna del hemisferio. Del norte llegaron los osos, tapires, los zorros, conejos, ciervos, conejos, tigres dientes de sable, las tatabras y dantas; y del sur se exportaron al norte aves del terror, chiguiros, chuchas perezosos gigantes (megaterios), armadillos y puercoespínes. En noviembre el Parque Explora inaugurará una exposición temporal sobre este tema: Territorio fósil: historias vivas.

Helena Cortés Gómez

Periodista, científica frustrada, errante y enamorada de los perros. Eterna aprendiz.

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