Durante casi 50 años, el ébola ha sido uno de los virus más temidos del planeta. Su nombre quedó ligado a imágenes de hospitales improvisados, médicos cubiertos con trajes herméticos y aldeas aisladas por cuarentenas en medio de la selva africana. Pero detrás de cada brote también existe otra historia: la de científicos, epidemiólogos y trabajadores humanitarios que han recorrido zonas de guerra, regiones mineras y pueblos remotos para intentar entender cómo detener un virus capaz de matar hasta al 90% de quienes infecta.
La historia comenzó oficialmente en 1976, cerca del río Ébola, en la entonces Zaire —hoy República Democrática del Congo (RDC)—. Allí, el joven microbiólogo congoleño Jean-Jacques Muyembe fue enviado a investigar una extraña enfermedad hemorrágica que estaba acabando con decenas de personas en la aldea de Yambuku. Sin equipos de protección adecuados y sin saber exactamente qué enfrentaba, tomó muestras de pacientes y las envió a laboratorios en Bélgica. El mundo acababa de descubrir el virus del ébola.
Desde entonces, la enfermedad ha reaparecido una y otra vez en África central y occidental. La RDC ha sufrido al menos 17 brotes distintos desde el hallazgo inicial. También han registrado epidemias países como Uganda, Sudán, Guinea, Sierra Leona y Liberia. En total, se estima que más de 15.000 personas han muerto por diferentes cepas del virus en el último medio siglo.
El brote más devastador ocurrió entre 2014 y 2016 en África occidental. Guinea, Liberia y Sierra Leona vivieron una crisis sanitaria sin precedentes: más de 28.000 contagios y unas 11.300 muertes. Por primera vez, el virus llegó a grandes ciudades densamente pobladas y cruzó fronteras hasta Europa y Estados Unidos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró entonces una emergencia sanitaria internacional.
Aquella epidemia cambió la manera en que el mundo combate el ébola. Hasta ese momento, muchos brotes se controlaban aislando aldeas rurales y rastreando contactos cercanos. Pero la propagación en capitales africanas mostró que el virus podía expandirse rápidamente cuando coincidían pobreza, sistemas de salud frágiles y alta movilidad de personas.
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Desde entonces, científicos y organizaciones internacionales han desarrollado nuevas estrategias. Una de las más importantes fue la vacunación en anillo: inmunizar rápidamente a familiares, vecinos y personas que tuvieron contacto con infectados confirmados. Así lograron contener varios brotes posteriores en el Congo entre 2018 y 2020.
La vacuna Ervebo, aprobada oficialmente en 2019, se convirtió en una de las mayores esperanzas contra el virus. Sin embargo, no protege contra todas las variantes. Ese es precisamente el gran problema del nuevo brote detectado este mes en el noreste de la RDC.
La cepa responsable pertenece al tipo Bundibugyo, una variante poco común para la cual no existe vacuna ni tratamiento específico aprobado. La OMS declaró una nueva emergencia sanitaria internacional luego de que se reportaran más de 500 casos sospechosos y más de 130 muertes en regiones cercanas a Uganda y Sudán del Sur.
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El contexto también complica la respuesta. Muchas de las zonas afectadas están controladas parcialmente por grupos armados y cuentan con carreteras destruidas o acceso limitado. Algunos equipos médicos deben viajar durante horas por caminos selváticos o cruzar regiones mineras para llegar a las comunidades donde aparecen los casos.
Además, detectar el virus no siempre es sencillo. Expertos han explicado que las pruebas utilizadas estaban diseñadas principalmente para identificar la cepa Zaire, la más común. Eso habría retrasado el reconocimiento del actual brote durante semanas.
A lo largo de los años, otra de las grandes lecciones ha sido entender la importancia de las costumbres locales. Muchos contagios ocurren durante rituales funerarios tradicionales, en los que familiares lavan o besan los cuerpos de las víctimas. Por eso, epidemiólogos y organizaciones humanitarias trabajan también con líderes comunitarios para adaptar medidas sanitarias sin romper completamente las prácticas culturales.
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El combate contra el ébola tampoco ocurre únicamente en hospitales. Laboratorios móviles instalados en medio de regiones selváticas permiten analizar muestras rápidamente y reducir tiempos de diagnóstico. Equipos de rastreo siguen durante 21 días a quienes tuvieron contacto con pacientes infectados. Y médicos especializados utilizan trajes de protección extrema para evitar exponerse a fluidos corporales contaminados.
Pese al temor que genera, los expertos aclaran que el ébola no se transmite por el aire, como sí ocurre con virus respiratorios. El contagio requiere contacto directo con sangre o fluidos de personas enfermas. Esa característica ha permitido controlar brotes anteriores antes de convertirse en pandemias globales.
No obstante, la preocupación internacional sigue creciendo. La OMS advirtió esta semana sobre la “rapidez y amplitud” del nuevo brote en África central, mientras Estados Unidos recomendó a sus ciudadanos no viajar a la región afectada.
Para Jean-Jacques Muyembe, hoy de 83 años y considerado uno de los mayores expertos mundiales en ébola, el riesgo actual es especialmente alto. El científico advirtió recientemente que la propagación podría superar lo visto en 1976 debido a la densidad poblacional, la movilidad constante y los conflictos armados en la región.
Con información de AFP*.
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