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Prótesis inteligentes y neuromodulación: el futuro médico llegó a Medellín

Dispositivos con sensores y microprocesadores, neuromodulación no invasiva y procesos clínicos apoyados por datos. Lo que hace años sonaba a ciencia imposible, hoy hace parte del día a día en la atención en salud y rehabilitación en la ciudad.

  • El Exopulse Mollii Suit es un traje de neuromodulación que aplica impulsos eléctricos de baja intensidad para reducir la espasticidad y mejorar el control del movimiento en pacientes con trastornos neurológicos. FOTO cortesía
    El Exopulse Mollii Suit es un traje de neuromodulación que aplica impulsos eléctricos de baja intensidad para reducir la espasticidad y mejorar el control del movimiento en pacientes con trastornos neurológicos. FOTO cortesía
  • En las unidades de cuidados intensivos, monitores y sistemas clínicos registran de forma continua signos vitales y otros datos del paciente, información que hoy se integra en plataformas digitales para apoyar la toma de decisiones médicas. FOTO EL COLOMBIANO
    En las unidades de cuidados intensivos, monitores y sistemas clínicos registran de forma continua signos vitales y otros datos del paciente, información que hoy se integra en plataformas digitales para apoyar la toma de decisiones médicas. FOTO EL COLOMBIANO
  • Las prótesis con sensores y microprocesadores analizan en tiempo real variables como velocidad, ángulo de la articulación y carga de peso para ajustar la marcha y mejorar la estabilidad del paciente. FOTO cortesía
    Las prótesis con sensores y microprocesadores analizan en tiempo real variables como velocidad, ángulo de la articulación y carga de peso para ajustar la marcha y mejorar la estabilidad del paciente. FOTO cortesía
  • El Triton Harmony, un pie protésico con sistema de vacío integrado, mantiene una sujeción firme entre el muñón y la prótesis durante todo el día, compensando las variaciones de volumen y reduciendo la fricción que puede causar irritaciones en la piel. FOTO cortesía
    El Triton Harmony, un pie protésico con sistema de vacío integrado, mantiene una sujeción firme entre el muñón y la prótesis durante todo el día, compensando las variaciones de volumen y reduciendo la fricción que puede causar irritaciones en la piel. FOTO cortesía
07 de marzo de 2026
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En una unidad de cuidados intensivos del Hospital Alma Máter, el murmullo constante de los monitores esconde algo más que señales de vida: es una mina de oro de información. La frecuencia cardiaca y la presión arterial ya no son números aislados en una hoja de enfermería, sino flujos de datos que un sistema ordena y compara en tiempo real.

La rehabilitación física en la ciudad empezó a cambiar así, sin anuncios rimbombantes o discursos de futuro. El giro se dio dentro de las rutinas clínicas, donde la tecnología de punta es parte integral de la infraestructura. Prótesis que responden en milésimas de segundo, rodillas que leen el terreno antes del siguiente paso, trajes que modulan la actividad neuromuscular y plataformas digitales que reorganizan la forma en que médicos y pacientes se encuentran en consulta. Todo ocurre mientras el sistema de salud sigue cargando una de sus debilidades históricas.

“En Colombia, la rehabilitación sigue siendo uno de los eslabones más frágiles del sistema de salud, especialmente para las personas con discapacidad motora”, dice a EL COLOMBIANO Alejandro Hernández, médico internista, director de información médica del Hospital Alma Máter de Antioquia y profesor de la Universidad de Antioquia.

El docente no lo plantea como una carencia tecnológica, más bien es un problema de tiempo, acceso y continuidad: “El paciente entra, sale, vuelve a entrar. La información se fragmenta. El médico pasa más tiempo organizando datos que mirando a la persona”.

Según estimaciones del DANE y datos oficiales del Gobierno, entre 2,6 y 2,65 millones de personas viven con algún tipo de discapacidad en Colombia, lo que representa entre el 5 % y el 7 % de la población. Dentro de ese universo, una proporción significativa corresponde a alteraciones físicas que comprometen la movilidad y requieren procesos largos de rehabilitación, seguimiento permanente y decisiones clínicas ajustadas a cada caso.

En las unidades de cuidados intensivos, monitores y sistemas clínicos registran de forma continua signos vitales y otros datos del paciente, información que hoy se integra en plataformas digitales para apoyar la toma de decisiones médicas. FOTO EL COLOMBIANO
En las unidades de cuidados intensivos, monitores y sistemas clínicos registran de forma continua signos vitales y otros datos del paciente, información que hoy se integra en plataformas digitales para apoyar la toma de decisiones médicas. FOTO EL COLOMBIANO

En Medellín, este panorama se cruza con tecnología que va más allá de dispositivos. En el Hospital Alma Máter, por ejemplo, la transformación pasa por cómo se gestiona la información clínica. Hernández explica que en consulta externa el problema es que, mientras el paciente habla, el médico escribe. La pantalla interrumpe la conversación. “Ahí es donde entran los escribas médicos digitales”, explica. Sistemas que escuchan, transcriben y generan un resumen estructurado de la consulta, reduciendo el tiempo frente al computador.

“Pero estos sistemas necesitan grandes modelos de lenguaje. Muchos funcionan en centros de datos fuera del país”, advierte. La información viaja, se procesa y regresa. “Por eso somos muy cuidadosos. La gobernanza de datos es clave. La privacidad del paciente está primero”.

Esa discusión se vuelve más compleja en hospitalización y UCI, donde los pacientes producen datos de forma continua. Hernández habla de multimodalidad: imágenes diagnósticas, bioseñales, resultados de laboratorio, texto clínico, incluso datos genómicos. “Tenemos modelos de procesamiento de lenguaje natural que organizan toda esa información para que el médico no tenga que buscar paraclínico por paraclínico”.

En ese entorno, el hospital avanza en integrar directamente las bioseñales desde dispositivos que rodean al paciente. “Estamos en fase experimental mirando cómo llegar a la parte predictiva en tiempo real”, explica. El objetivo no es reemplazar al médico, sino ofrecerle tendencias continuas que ayuden a anticipar riesgos.

Esa capa digital es la que sostiene, en la práctica, la llegada de tecnologías físicas más visibles. En Medellín, la rehabilitación avanzada también se expresa en prótesis, órtesis y dispositivos de neuromodulación que empiezan a circular dentro de procesos clínicos formales. Ottobock, una empresa alemana de tecnología médica con más de cien años de trayectoria, opera en la ciudad como IPS a través de Orthopraxis.

Derly Patricia Martínez, Business Development Manager para Latinoamérica de la compañía, explica que el foco no está en el dispositivo aislado, sino en el proceso. La atención incluye valoraciones especializadas, juntas de prótesis, adaptación protésica, juntas de sedestación y consultas de seguimiento. “La tecnología es un medio para apoyar el trabajo clínico, no un fin en sí mismo”, dice a EL COLOMBIANO.

El portafolio es amplio, tienen pies de fibra de carbono, rodillas mecatrónicas, codos mioeléctricos, manos mecatrónicas con función independiente en los dedos, entre otros. Todos incorporan sensores y microprocesadores que leen el movimiento y ajustan la respuesta. Pero el acceso no empieza ahí.

“El primer contacto siempre es medicina general”, explica a este medio el médico especialista en medicina física y rehabilitación, Juan Manuel Guevara, subespecialista en prótesis, ayudas técnicas y órtesis. Desde ahí, el paciente es remitido a fisiatría y se realiza un análisis clínico, técnico y biomecánico que define qué tipo de ayuda es pertinente. “La formulación es una decisión clínica, no un catálogo”, subraya.

Luego aparece la frontera administrativa. Algunos dispositivos están incluidos en el plan de beneficios de salud. Otros no. Los segundos deben pasar por Mipres y por juntas de expertos antes de que la EPS autorice. Ese recorrido define, muchas veces, el ritmo de la rehabilitación.

En ese mismo mapa entra una tecnología menos conocida, pero con impacto creciente: la neuromodulación no invasiva. El Exopulse Mollii Suit es un traje diseñado para manejar la espasticidad, una alteración neurológica que limita el control voluntario del movimiento. En Colombia, 24 pacientes ya han sido tratados con este dispositivo y se avanza en evidencia local.

Guevara explica el problema con claridad clínica. En condiciones normales, unos músculos ejecutan el movimiento y otros lo frenan para hacerlo coordinado. En la espasticidad, ese equilibrio se rompe. El traje actúa mediante un estímulo eléctrico específico que relaja el músculo contraído de forma involuntaria y estimula su antagonista. Cada paciente es evaluado, se programan intensidades y el uso estándar es de una hora. En muchos casos, el tratamiento continúa en casa, con resultados que se acumulan día a día.

Cuando la tecnología ayuda en la vida diaria

Las prótesis con sensores y microprocesadores analizan en tiempo real variables como velocidad, ángulo de la articulación y carga de peso para ajustar la marcha y mejorar la estabilidad del paciente. FOTO cortesía
Las prótesis con sensores y microprocesadores analizan en tiempo real variables como velocidad, ángulo de la articulación y carga de peso para ajustar la marcha y mejorar la estabilidad del paciente. FOTO cortesía

La prueba de estas tecnologías no ocurre el día en que el paciente recibe el dispositivo ni en el momento en que sale de la consulta con una orden médica. Empieza después, cuando el cuerpo vuelve a enfrentarse a la ciudad, al trabajo, a la casa, a superficies que no están pensadas para una marcha perfecta.

En Medellín, caminar es una coreografía irregular. Andenes con desniveles, pendientes abruptas, escalones sin señalización y superficies desgastadas obligan al cuerpo a reaccionar de forma constante. Para una persona con una prótesis convencional, cada variación del terreno puede convertirse en un riesgo. Para quienes usan prótesis inteligentes, la diferencia está en la forma en que el dispositivo interpreta el movimiento.

Juan Manuel Guevara explica que las rodillas mecatrónicas no funcionan como una articulación pasiva. Incorporan más de ocho sensores que evalúan, al mismo tiempo, la velocidad del paso, el ángulo de la rodilla, la carga de peso y la distancia de la extremidad con respecto al piso. Esa información se procesa en tiempo real y se traduce en una respuesta inmediata. “La rodilla bloquea o libera el movimiento según lo que esté pasando”, señala. Todo ocurre en milésimas de segundo.

Esa capacidad de respuesta es la que permite enfrentar un plano inclinado, una escalera o un desnivel sin que el cuerpo pierda estabilidad. No elimina las barreras arquitectónicas, pero modifica la relación del usuario con ellas. La marcha se vuelve más segura, más predecible, menos dependiente del azar.

Sin embargo, el funcionamiento técnico es solo una parte del problema. En países como Colombia, la alta tecnología médica suele chocar con una dificultad conocida: la sostenibilidad en el tiempo. Dispositivos que funcionan bien durante los primeros meses y luego quedan inutilizados por falta de repuestos, mantenimiento o personal capacitado para repararlos.

Guevara reconoce esa barrera como transversal al sistema de salud. “No es un problema exclusivo de una marca o de un dispositivo”, dice. En su experiencia, la diferencia está en la cadena que acompaña la entrega. “Todos los dispositivos deben tener acta de entrega, garantía, seguimiento técnico y seguimiento clínico”, explica. No como trámite, sino como parte del acto médico.

En el modelo que hoy se implementa en Medellín, los técnicos, protesistas y ortesistas que manipulan estos dispositivos deben estar certificados en la marca y en el manejo específico de cada componente. El mantenimiento no se concibe como una eventualidad, sino como parte del proceso de rehabilitación. Ajustes, calibraciones y revisiones periódicas buscan evitar el deterioro temprano y asegurar que el paciente pueda aprovechar el dispositivo durante toda su vida útil.

En tecnologías de neuromodulación, la sostenibilidad adopta otra forma. El Exopulse Mollii Suit no depende solo del hardware, sino de la programación y del acompañamiento clínico. Guevara insiste en que no todos los pacientes son candidatos. Antes de cualquier formulación, se realiza una evaluación de prueba para determinar si el dispositivo genera una respuesta adecuada.

El principio es fisiológico. El traje emite un estímulo eléctrico muy específico, diseñado para actuar sobre neuronas motoras y sensitivas. El objetivo es restablecer el equilibrio entre músculos agonistas y antagonistas, relajando los que se contraen de forma involuntaria y estimulando los que no responden. El paciente no percibe la corriente como dolor o molestia. El efecto se observa después.

“Después de sesenta minutos de estimulación, la espasticidad disminuye”, explica Guevara. En los casos que han seguido en Colombia, los resultados se han acumulado con el uso diario en casa. Reducciones del 50 %, 60 % y, en algunos pacientes, hasta del 75 % en la espasticidad, acompañadas de mejoras en el control motor, la marcha y las actividades básicas de la vida diaria.

El traslado del tratamiento al hogar marca una diferencia importante. En un sistema donde la rehabilitación presencial suele ser discontinua, la posibilidad de continuar el proceso fuera del centro terapéutico cambia el ritmo del avance. Menos desplazamientos, menos interrupciones, mayor autonomía.

Pero la rehabilitación no se agota en el cuerpo. El regreso a la vida laboral es otro punto crítico. En Antioquia, las Administradoras de Riesgos Laborales (ARL) juegan un papel central en los procesos de reinserción. Guevara explica que el acompañamiento suele ser riguroso. Antes de que una persona retome su trabajo, se evalúa si, con su dispositivo protésico o de asistencia, puede desempeñar las mismas funciones que antes del evento que causó la discapacidad.

El Triton Harmony, un pie protésico con sistema de vacío integrado, mantiene una sujeción firme entre el muñón y la prótesis durante todo el día, compensando las variaciones de volumen y reduciendo la fricción que puede causar irritaciones en la piel. FOTO cortesía
El Triton Harmony, un pie protésico con sistema de vacío integrado, mantiene una sujeción firme entre el muñón y la prótesis durante todo el día, compensando las variaciones de volumen y reduciendo la fricción que puede causar irritaciones en la piel. FOTO cortesía

En muchos casos, el retorno no es inmediato ni idéntico. Se realizan procesos de reubicación temporal o definitiva, ajustes en las funciones y evaluaciones periódicas. Médicos fisiatras, médicos laboralistas y equipos de seguridad y salud en el trabajo trabajan de forma coordinada para determinar hasta dónde puede llegar la capacidad funcional del trabajador.

Solo cuando no es posible una reintegración exitosa se habla de calificación de invalidez y pensión. Según Guevara, esos escenarios no son los más frecuentes. La tendencia, cuando la rehabilitación es oportuna y sostenida, es recuperar la mayor capacidad ocupacional posible.

En paralelo, la infraestructura urbana sigue siendo un factor determinante. Medellín ha avanzado en accesibilidad, pero de forma desigual. Rampas incompletas, señalización inconsistente y superficies discontinuas siguen siendo parte del paisaje cotidiano. Para personas con discapacidad visual o auditiva, las barreras se multiplican.

En ese contexto, la tecnología actúa como un amortiguador parcial. Las prótesis con sensores y microprocesadores permiten adaptarse mejor a entornos hostiles, pero no sustituyen una ciudad diseñada para todos. “La tecnología ayuda a llevar mejor esa falta de inclusión”, dice Guevara, sin presentar el dispositivo como solución estructural, sino como herramienta de reducción de riesgo.

Todo este ecosistema —dispositivos físicos, neuromodulación, mantenimiento, reinserción laboral y ciudad— necesita una base invisible para sostenerse: la información clínica. Ahí vuelve a aparecer el Hospital Alma Máter y la visión de Alejandro Hernández.

Para él, la tecnología aplicada a la rehabilitación no puede entenderse sin sistemas que integren datos de forma segura y útil. En hospitalización y UCI, donde muchos pacientes inician o continúan procesos de rehabilitación, la fragmentación de la información puede convertirse en un riesgo. “Cuando un paciente pasa de un hospital a otro y la información no fluye, se repiten exámenes, se pierde contexto clínico”, explica.

El hospital trabaja con estándares internacionales de interoperabilidad como HL7 FHIR, buscando que los datos puedan moverse de forma segura entre instituciones autorizadas. La meta no es solo eficiencia, sino continuidad del cuidado. Que el proceso de rehabilitación no se reinicie cada vez que el paciente cambia de escenario.

La advertencia sigue siendo la misma: la tecnología no es neutral. “Si usamos grandes modelos de lenguaje sin gobernanza, los datos viajan, se quedan afuera y regresan procesados”, señala Hernández. Por eso insiste en que la soberanía de la información y la ética del algoritmo son parte del debate clínico, no un asunto técnico secundario.

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