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Una locura, una lección

Porana cristina restrepo j.redacción@elcolombiano.com.co | Publicado el 24 de junio de 2015

Cuando Nöel y Alfredo se enamoraron, soñaron con formar una familia y viajar juntos por el mundo. Tuvieron una niña, después un varón. Luego otra hija. Y una más. Como si la vida hubiera decidido el orden de acción: destinarle unas dos décadas al primer proyecto y, una vez realizado, comenzar con el siguiente.

Sin embargo, esta pareja no sigue caminos convencionales...

Sobre el piso de la sala de espera internacional del aeropuerto El Dorado, cuatro niños tendidos forman figuras de origami y dibujan paisajes. La mayor está absorta en la pantalla de su computador.

Cada uno en lo suyo. Tranquilos. No le estorban a nadie, no gritan, no le piden chucherías a la mamá. A su lado se sienta otra niña, con un catapiz (“payanas” dirían los porteños); de inmediato, se acercan para jugar. Descubren juntos el “nuevo” juguete.

Nöel Zemborain y Alfredo “Catire” Walker, son dos profesionales –argentina y venezolano– que decidieron recorrer el continente por carretera, con sus cuatro hijos: Cala, de doce; Dimas, de nueve; Mía, de cinco, y Carmin, de tres. El periplo de ocho meses culminará en septiembre, en el encuentro de familias con el papa Francisco, en Filadelfia.

Las dos hijas menores están desescolarizadas; delinean y pintan en libros diseñados para estimular su motricidad fina. Cala estudia a distancia en un programa avalado por el gobierno argentino, con exámenes periódicos. Con el colegio del niño se llegó a un acuerdo: las profesoras les mandan material didáctico a los padres para que implementen una forma de “Home schooling” o tutoría en casa.

Pero, ¿cuál casa?

Los Walker consiguieron a “Panchita”, una camioneta Volkswagen brasilera modelo 1980. En la treintañera acorazada –varada un par de veces– han recorrido la inmensidad de La Pampa, los caminos arrasados por la furia de las “lluvias esporádicas” en el desierto de Atacama y los recovecos de la caprichosa geografía colombiana. Cada vez que atraviesan una nueva frontera, pegan la bandera del país “descubierto” en la parte trasera del carro: Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia. La kombi ya debe de haber arribado a Panamá por vía marítima. La sexta bandera.

El blog americaenfamilia.com relata las peripecias de estos viajeros que nunca pasan la noche en hoteles, se hospedan donde el amigo o el “conocido recomendado por el amigo”. Nunca dudan de la hospitalidad que recibirán como peregrinos.

Solo una vez han tenido que dormir en “Panchita”.

Más sorprendente que el espíritu aventurero de esta familia es el rescate de un verbo casi arcaico: confiar.

Con frecuencia la vida se muestra como un adiestramiento para la decepción y el pesimismo. Convierte la suspicacia en ley. Con estupor observamos la solidaridad convertida en exhibicionismo, avivatos que aguardan las tragedias para hacer su aparición pública.

Confiar en el mundo. Depositar la tranquilidad propia y la de los seres amados en manos de desconocidos, de quienes solo se tiene una certeza: son seres humanos. Como uno.

Más que una locura, una lección.

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