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A sus 118 años murió Jesús Elías, el hombre más viejo de Antioquia

El oriundo de Amalfi tal vez fuera también el más longevo del país. Paz en la tumba del carismático personaje del Nordeste antioqueño.

  • Don Elias durante la visita que le hizo EL COLOMBIANO en 2021 por sus 116 años. FOTO: Julio César Herrera
    Don Elias durante la visita que le hizo EL COLOMBIANO en 2021 por sus 116 años. FOTO: Julio César Herrera
15 de febrero de 2024
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Jesús Elías Loaiza Arenas, quien probablemente era el hombre más viejo de Colombia y uno de los más viejos del mundo, falleció este 15 de febrero, a una semana de cumplir los 119 años.

Elías vivía con su esposa Hermelina en una casa campesina de la vereda El Zacatín, en Amalfi, hasta donde se llega por un camino de herradura. Juntos tuvieron 11 hijos y estuvieron casados por más de 70 años. Ella murió en septiembre del año pasado. Apenas cinco meses estuvieron separados.

La historia del viejo Elías y su amada Hermelina la contó el periodista Alexander Macías en el 2021 en las páginas de este periódico.

Don Elías nació en Amalfi el 22 de febrero de 1905 y fue bautizado en la parroquia La Inmaculada, del mismo municipio el 22 de abril de ese mismo año. Sus padres fueron don Miguel Loaiza y doña Rosalía Arenas.

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La muerte encontró a este centenario hombre en su casa del barrio Colinas del Zacatín, del municipio de Amalfi, en el Nordeste de Antioquia.

Según cuentan vecinos y allegados, allí vivió durante muchos años don Jesús junto a su esposa, la señora Hermelina Monsalve, la cual falleció el año pasado.

Desde ese momento don Jesús Elías se entregó a la tristeza y hoy dejó de existir”, comentaron desde este municipio.

En el pasado mes de diciembre, el entonces Gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria Correa, lo visitó y en honor a sus 118 años, otorgó 118 mejoramientos de vivienda para la comunidad.

“Para quienes estuvimos cerca de don Jesús Elías, sabemos de lo amable y carismático que era. Siempre se mantenía contento, madrugaba a las 4:00 a.m., tomaba aguardiente y bailaba en sus cumpleaños que sagradamente celebraba los 22 de febrero”, añadió un allegado.

“Elías Loaiza Arenas le tiene miedo a las serpientes que se esconden en las botas de los campesinos cuando estos, tras un largo jornal, se las quitan junto al cafetal para descansar; respeta a los animales, en especial a los perros y a las mulas porque le recuerdan a los que le acompañaron en esos días en los que recorrió los caminos de herradura con sus pertrechos de arriería; y no sabe firmar. Sin embargo, no saber escribir nunca fue un impedimento para cerrar tratos al momento de empeñar su palabra de campesino”, narró Macías en el 2021.

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De acuerdo con su cédula, Elías medía 1,63 centímetros y su sangre era O+.

Su rutina fue la misma durante sus últimos 40 años, según constató el periodista: “se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana, se envuelve en su ruana y camina a paso lento hasta un sillón de madera roída y cojines desgastados ubicado en el zaguán de su casa. Enciende la radio, escucha la misa y se toma un tinto negro, cerrero. En la penumbra solo se ve el punto rojo que se enciende intermitente cada vez que le da una fumada al cigarrillo. Luego sale la bocanada de humo. Desde el corredor ve las dos torres de ladrillo rojo de la iglesia en la que fue bautizado. Piensa en sus años mozos, en el tiempo que vivió en Yolombó y cuando regresó a su tierra natal. Cuando el día comienza a aclarar, el viejo, como le dicen sus hijos, se levanta del sillón y va al cuarto. Busca la ropa que va a ponerse ese día, que por lo general son camisas de manga larga y a cuadros, un pantalón de paño y un par de botas negras. Se baña con el agua de lluvia recogida, se viste, otro café y para la huerta”.

Hasta sus últimos días de vida, Elías le dio golpes a la tierra, como lo hizo desde que tenía uso de razón: “El campesino no puede vivir sin su tierrita. El día en que pasa eso, uno siente que se muere por dentro, así esté muy vivo”, dijo hace un par de años.

El día de Elías terminaba poco después de las 6 de la tarde, cuando volvía a su sillón, se tomaba el último café, se fumaba el último cigarrillo y rezaba el rosario con su esposa.

Hasta hace un par de años, Elías y Hermelina vivieron en un rancho medio destartalado e improvisado en la vereda, a donde llegaron hace cuatro décadas huyendo de la violencia. Pero a comienzos del 2021, toda la familia y el pueblo se unieron para que los viejos tuvieran una vivienda digna para compartir sus últimos días.

Allí, en la casa que construyeron entre todos, lo encontró la muerte,

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