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Funerales en moto y otras innovaciones para el último adiós

  • En Montesacro se creó el Bosque de la Vida para que las familias inhumen las cenizas en urnas biodegradables. En el San Pedro se conservan los osarios tradicionales. FOTOS MANUEL SALDARRIAGA
    En Montesacro se creó el Bosque de la Vida para que las familias inhumen las cenizas en urnas biodegradables. En el San Pedro se conservan los osarios tradicionales. FOTOS MANUEL SALDARRIAGA
  • Funerales en moto y otras innovaciones para el último adiós
Por Daniela Jiménez González | Publicado el 10 de febrero de 2019

Eh, pero qué bonito, dice una de las muchachas, montada junto a su amiga sobre una escalera de dos niveles en el cementerio San Pedro de Medellín. “Hermoso quedó”, le contesta la otra, que tiene los dedos envueltos en cinta y no sabe qué poner primero, si las serpentinas adornando la fecha sobre la lápida o si pegar un globo que dice “te amo”, firmado con muchos nombres.

Afuera, en ese reducto fúnebre que es la carrera 51 y la calle 68 de la ciudad, sobreviven, como vitrinas de museo llenas de placas, adornos y flores, las marmolerías que rodean al cementerio más antiguo de Medellín. Pero ya son pocas las lápidas de mármol exhibidas, talladas con minucia al son del cincel y martillo.

Las protagonistas son las fotolápidas, con el rostro del ser querido estampado sobre la piedra y adornadas con los cachivaches que el difunto amó en vida. Por eso a la fotografía, a esa cara ausente, la acompañan los adhesivos de motocicletas, los escudos futboleros, las mascotas, los paisajes de cascadas y castillos de arena, las imágenes de la Virgen de Guadalupe o del santo de devoción.

Y así, de a poco, en Medellín son cada vez más ingeniosos para despedir a quienes se han ido. El historiador y coordinador académico del San Pedro, Juan Diego Torres Urrego, enfatiza en que la transformación del rito fúnebre parte de la eterna pregunta por el alma. El ornato en la tumba varía de acuerdo a qué cree cada persona que hay más allá cuando se muere.

En el siglo XIX, al camposanto llegaron los fastuosos monumentos traídos desde Italia por la élite antioqueña. Los mausoleos eran tan grandes como su afán de perdurar en la memoria y la mayor aspiración, el sueño cumplido tras el deceso, era una talla de arabescos y figuras religiosas esculpidas a mano por Melitón Rodríguez Roldán y sus aprendices Horacio Marino y Francisco Antonio Cano.

A partir de la década de los 80 el mármol se vuelve más escaso y costoso. Nacen las aleaciones de fibra de vidrio y entran en auge las placas impresas, pintadas o laminadas.

Torres, en ese sentido, habla de la inserción del estilo kitsch a la manera en la que conmemoramos la muerte, el juego con los elementos de la cultura popular. No serán, entonces, las enormes esculturas del siglo XIX las que ocupen las necrópolis de Medellín. Ahora las lápidas son, en esencia, la búsqueda de la singularidad: que ese altar para mi pariente o amigo sea único, espontáneo, colorido. Que la cubierta que sella el osario porte su fotografía, tal como era antes, que refleje su modo de sonreír, o caminar, la forma en la que vestía y hasta sus manías íntimas.

“Para una persona del siglo XIX lo bello era una lápida tallada por Melitón Rodríguez”, agrega el historiador, “hoy lo bello para alguien es una fotolápida con flores, camándulas o el escudo del equipo de fútbol que tanto quiso. Todo en función de cómo quiero yo recordar a mi muerto”.

La vida de un ser humano está llena de ceremonias, pero el rito de la muerte es extraño. No está diseñado para el difunto, sino para que los vivos puedan afrontar la despedida, comenzar su tránsito hacia el duelo.

De alguna forma los funerales buscan convertir en imágenes la muerte de los otros. Y que luego esas escenas de duelo marquen el inicio de otra etapa, de una fractura, tal como decir que, “ahora que no estás, el mundo es un lugar distinto”. El rito fúnebre pone un punto sobre el calendario y, como toda huella que se quiere conservar , se insiste en los preparativos, en cuidar el detalle, en que el culto sea bello.

Motos en lugar de coches

Antes, recuerda Arturo Murillo, funerario desde hace más de 27 años, las exequias se limitaban al cofre, unas cuantas flores pasteles y si mucho cuatro velones. Las lápidas eran planchas de cemento, un tanto toscas, con el nombre pintado en letras negras.

Hoy se marca distinto. Los paisas, dice Murillo, se han vuelto más exigentes, cada día cambia más la forma de evocar a la muerte. Aún con la desazón y la tristeza, hay tiempo para planificarlo todo, una obsesión con que se vea atractivo. “No es que antes no doliera, o doliera menos. Lo que pasa es que ahora estamos más amarrados a esa nostalgia, buscamos que sea bonito”, añade.

Incluso la preservación del cuerpo era un asunto más rudimentario, un proceso artesanal. Ahora que la industria de la muerte también se ha tecnificado, comenta el funerario, el arreglo de los restos ha ganado en protocolos. Las familias ratifican su deseo de que el fallecido use la mejor pinta, que el traje esté acicalado con medallas o joyas.

En las calles ya no desfilan solo los carros fúnebres tradicionales, sino que aparecen las motocicletas Harley que pasean el féretro por la ciudad. Si el ser querido era jinete o caballista, serán las carrozas las que acompañen al ataúd. De nuevo, las ansias de que el cortejo sea lo más parecido a como era la vida antes de la muerte.

Lápidas con aplicativo web

Y se siguen poniendo creativos. A finales del año pasado, por ejemplo, llegaron a Jardines Montesacro, en el sur del Aburrá, los primeros ataúdes biodegradables importados de Australia. Tras la inhumación del cuerpo, el objetivo es que al cofre lo absorba la naturaleza y se descomponga en aproximadamente seis meses.

El gerente regional de Montesacro, José Sixto Tapia, explica que de a poco las personas se han distanciado del concepto de cementerio de pasillos lúgubres, tristes, encriptados, en donde las cenizas permanecen ocultas bajo los sótanos de las capillas.

La tendencia, indica Sixto Tapia, es que los familiares busquen sitios abiertos, centros memoriales, que sean más como parques.

Y precisamente porque en Medellín, en donde solo el 30 % de las familias inhuma y el 70% opta por la cremación, en Montesacro persisten en la idea de que un cementerio debe ser ecológico.

Así crearon sus Jardines Memoriales y su Bosque de la Vida para que, sobre la tierra y a la sombra de un árbol nativo, los parientes entierren sus cenizas en urnas biodegrables que luego se desintegran.

“El ser querido no estará representado por un mármol frío, sino por una planta”, dice el gerente.

En estos jardines cada grupo familiar se demarca con lozas sobre el terreno, a manera de un camino. Son como pequeñas grutas, cada una con espacio para 4 urnas.

El precepto aquí es volver a la esencia, entender que la velación no tiene que hacerse en una sala cerrada. Durante las noches en Montesacro, algunos de los rituales fúnebres se desarrollan en medio de un desfile de luces de colores y una senda de velas (porque la premisa es, también, que la muerte es ese salto, esa llama que se va apagando) Al final, a veces, hay un ritual de liberación de mariposas. “Simbolizan la transformación, ese acto de pasar de un estado a otro”, comenta Aída Luz Molina, asesora del cementerio.

Lo que se escribe sobre las tumbas (y las historias que allí se cuentan) tampoco ha escapado al avance y arraigo de la tecnología. Ahora es posible considerar la opción de incrustar un Código QR ( una versión mejorada del de barras) sobre las lápidas. Al escanearlo con el celular, el QR redirige a las familias a un aplicativo digital que les permite escribir despedidas, mensajes de aniversario, adjuntar videos y leer la biografía de la persona. Si se quiere, pueden crear una línea de tiempo que dé cuenta de su paso por este mundo.

La tumba visitada

Sobre los osarios del cementerio San Pedro los amigos han puesto sus cartas, que se conservan en papeles arrugados: “Todo nos lo enseñaste, todo nos lo dejaste. Solo te faltó enseñarnos a vivir sin ti”, dice una. “Para siempre en nuestros corazones”, se lee en otra de las estelas.

Juan Diego Torres dice haber visto cómo los jóvenes llegan en grupo, ponen música e incluso parten una torta de cumpleaños junto a la lápida para celebrar el aniversario del compañero que ya no está.

A veces llegan las quinceañeras, con su vestido pomposo, a tomarse fotos en el osario de sus padres o abuelos. En otros camposantos, como el de San Javier en la comuna 13, los muchachos del barrio han pintado sobre los muros las caras de líderes fallecidos.

En su poema Huésped sin sombra, la barranquillera Meira Delmar escribió: Nada deja mi paso por la tierra/En el momento del callado viaje/he de llevar lo que al nacer me traje:/el rostro en paz y el corazón en guerra.

Porque, eso sí, aunque el muerto no se lleve nada, aquí en la tierra quedan las cartas de amor, las flores, las estampitas, los mensajes que no creen en condicionales y los amigos que ponen, sobre el osario, sus marcas contra el tiempo y la desmemoria .

Contexto de la Noticia

Daniela Jiménez González

Periodista del Área Metro. Me interesa la memoria histórica, los temas culturales y los relatos que sean un punto de encuentro con la ciudad en la que vivo, las personas que la habitan y las historias que reservan.

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