Historia(s) de la condición humana
Por: Oswaldo Osorio
El humanismo de la sabiduría casi siempre ha perdido la batalla contra la intolerancia de los necios, de los cegados por el poder. Tal es la tesis que se propone desarrollar esta película, todo a través del personaje de la filósofa y matemática Hipatia como hilo conductor. Se trata de una cinta española que se esfuerza en conciliar esas ideas de peso con todo el efectismo propio de su carácter de súper producción internacional.
El director de Tesis, Abre los ojos, Los otros y Mar adentro, Alejandro Amenábar, de nuevo demuestra su buen oficio para contar historias. Aunque muchas veces se ha quedado solo en eso, en el buen oficio, y lo esencial de sus relatos (salvo por Mar adentro) termina condicionado por la pirotecnia narrativa y visual, como efectivamente ocurre en muchos momentos con esta nueva película.
La trama se sitúa en un tiempo y lugar privilegiados de la historia de la humanidad, la ciudad de Alejandría a finales del siglo IV d.c. Eran los estertores del esplendor de la antigüedad y la imposición del cristianismo como la religión dominante, dos procesos históricos de choque, ideales para poner en evidencia la condición humana y sus luchas de poder.
Es así como aquí la religión, la política y la filosofía se enfrentan para definir cuál de ellas dictará las nuevas reglas de esa sociedad que se está reconfigurando. Las dos primeras buscan imponerse para hacerse con el poder, mientras la tercera parece más desinteresada y propone la conciliación, la igualdad y el humanismo. Pero la lucha es desigual y termina dominando la intolerancia, la crueldad y el fanatismo, todo esto presentado como un retrato no solo de esa época y esa sociedad, sino de la naturaleza de los hombres en general.
Para hablar de estos grandes temas la historia apela a los personajes de Hipatia y tres hombres que están en torno suyo y que representan cada una de las posiciones en pugna por el poder. Es a través de ellos que el relato desarrolla el drama humano (con amores, desamores, amistad y discrepancias) y el drama político. El equilibrio entre ambos aspectos es de los elementos más llamativos y mejor logrados de la cinta, aunque también son evidentes las concesiones que se hacen para lograr fáciles efectos dramáticos.
Y es que ya en las grandes ligas, con un presupuesto de súper producción y un acabado con el aspecto general del cine de Hollywood (es decir, uniformado con él), Amenábar debía apuntar a lo seguro. Por eso busca ser proporcional en cuanto a valores de producción, secuencias de acción y profundidad de la trama. De ahí que, por ejemplo, el componente histórico se acomode al efecto emocional buscado y no al contrario, como ocurre con el destino final de la heroína o cuando se sugiere que le famosa biblioteca aún existía.
De todas formas, se trata de un filme potente y llamativo, realizado con el rigor de buen artesano del cine como siempre ha sido este director español. Y aunque el peso aplastante de la producción, así como algunos esquematismos dramáticos, traten de imponerse a unas reflexiones que daban para algo más profundo y complejo, en general tiene un equilibrio que la convierte en una cinta solida y significativa.
Entre la emoción y la sinrazón
Por: Oswaldo Osorio
¿Es posible que una película sea cuestionable en su calidad por la forma en que fue elabora y, aún así, considerarla una buena película? Claro que es posible, aunque ocurre con muy pocas, puesto que esta paradoja implica la separación entre el crítico de cine y el espectador, que no es otra cosa que la dicotomía entre la razón y la emoción. Es decir, con esta cinta la razón dice que no, pero la emoción dice que sí.
Y es que es inevitable caer en las “trampas del cine” con esta película, sobre todo porque se trata de un thriller, ese género que está construido siempre en función de manipular las emociones del espectador. Por eso, desde que el protagonista se toma la primera pastilla, la montaña rusa de episodios, conflictos y giros en la que se embarca, es tanto para él como para los que están en la butaca.
Porque todo lo que propone esta historia tiene que ver con una pastilla y su fantástico efecto para activar la lucidez y la inteligencia. La pastilla del hombre nuevo, podría llamarse, porque con ella cualquier cosa es posible. Por tal motivo, funciona como el elemento activador de la historia y los conflictos, una original variante para un thriller, porque de eso se tratan casi todos: la confrontación entre los personajes por obtener una ventaja sobre los demás, que generalmente es dada por dinero, armas o posiciones de poder.
De manera que nuestro héroe drogado y dueño del mundo nos conduce en un intenso viaje que incluye matones, prestamistas, tráfico de drogas, asesinatos, investigaciones policiacas, intrigas financieras, política, adicción, delirios por abstinencia y hasta una tibia historia de amor. Una recarga de elementos y recursos presentados en un lenguaje visual vertiginoso, efectista y vivaz, que hipnotiza la retina e inyecta la sensación de pulsión que mantiene el protagonista.
Sin embargo, ahora mirándola desde la razón, casi todo en ella es superficial y torpemente atado, cuando no gratuito y forzado. Empezando por la esencia de la historia, de la que se desperdició lo que pudo haber sido una interesante reflexión existencial en relación con lo que es y puede hacer el ser humano. Pero a este director el contenido de la historia le interesaba menos que la ya mencionada condición del thriller de mantener activadas una serie de emociones en el espectador, para lo cual recurre a golpes de efecto, falsas pistas, sorpresas y toda la caja de herramientas propias del género.
De manera que es posible ver en este filme una seguidilla de clichés, como empezar el relato por el clímax, dejar caer la última pastilla por una rejilla o el protagonista narrando y comentando lo que le ocurre. Y los inesperados giros están siempre en función de la eficacia para crear emociones y no de la solidez o hasta la cogerencia de la historia.
Aún así, es inevitable caer en la trampa y mantener durante casi todo el relato las manos tensadas o sorprenderse genuinamente con sus improbables giros. Es por eso que esta película resulta entretenida y es emoción pura, aunque de seso poco y de originalidad casi nada. Pero muchas veces en el cine, con eso es suficiente.
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La amistad, la guerra, la patria y la desilución
Un clásico de grandes proporciones: larga duración (casi tres horas), narrativa épica, intensidad dramática, temas imponentes y estrellas entregadas a soberbias interpretaciones (Robert De Niro, Meryl Streep, Christopher Walken). Es una historia de amistad en la América profunda, que se ve cruzada por la desolación de la guerra de Vietnam. Planteada en tres grandes partes: la vida en el pueblo, la crueladad de la guerra y el regreso a la vida donde ya nada es igual porque algo esencial se ha perdido. Deer hunter, USA, 173 min. 1978.
Donde todo empezó
Por: Íñigo Montoya
Es muy rara la vez que una precuela (película cuya acción se desarrolla en un momento anterior al de otra que ya ha sido estrenada) resulta tan o más interesante que sus antecesoras. Porque, en últimas, la precuela sale siendo una entrega más, solo que cuenta el inicio de la historia que ya conocemos. Es por eso que suele tener todo en su contra, pues después de varias entregas (esta vendría siendo la quinta) el esquema ya está gastado.
Sin embargo, en este caso el esquema realmente se ve en buena medida renovado por la naturaleza de la historia y de los personajes, pues se trata de los X-Men cuando todavía no lo eran y apenas tenían planes de serlo. Por eso, el solo hecho de que no fueran los seres maduros, inteligentes y poderosos (en especial el profesor X y Magneto) que vemos en la saga, ya les confiere un atractivo mayor, pues su vulnerabilidad hace que el espectador se identifique más con ellos y sienta más sus conflictos.
La cinta, además, tiene el atractivo de estar ubicada temporalmente en la década del sesenta, con toda la carga histórica e ideológica que esto representa al tener como contexto la Guerra Fría, esa época dorada para Hollywood en que tenían muy claro quiénes eran los buenos y los malos y cuál era la mejor ideología para defender.
En términos de la acción y los efectos, nada se puede decir que no se haya dicho de las películas de los últimos años, pero por eso, justamente, se debe valorar por lo que propone en términos de su historia y sus planteamientos, que en este caso, además del contexto histórico, resultan muy válidas y cargadas de fuerza las reflexiones que hacen en torno a la identidad de los mutantes. Porque es a partir de ese tópico que se desprende toda la dinámica de luchas y divisiones entre los mutantes y también con los humanos.
Amores averiados, repuestos inservibles
Por: Oswaldo Osorio
Una película de Woody Allen siempre es un acontecimiento, más en Colombia, donde los exhibidores en los últimos quince años solo han traído cinco de sus películas, eso a pesar de que el neurótico neoyorkino no deja de realizar un nuevo título cada año. La paradoja de su cine es que siempre es sobre lo mismo (las relaciones afectivas, principalmente), pero también siempre tiene la capacidad y lucidez para decir algo diferente, como en efecto ocurre en esta cinta.
No obstante, hay que aceptar que durante el último decenio la eficacia de su filmografía ha sido más bien irregular, pues se le vieron dudosos títulos como El ciego (2002) o Scoop (2006), pero también sólidas piezas como Match point (2005) o Vicky Cristina Barcelona (2008). Podría decirse que esta nueva película está en un punto intermedio, porque si bien la idea general que propone resulta, finalmente, reveladora en su patética visión de las relaciones conyugales, también es cierto que su desarrollo se antoja poco atractivo y rutinario dentro de su estilo.
Se trata de una película que no habla del amor, sino de las relaciones de pareja, algo que suele confundirse, porque muchas veces son lo mismo pero no siempre coinciden. Y esta historia, específicamente, habla de las relaciones insatisfechas. Entonces, más que de lo sublime del sentimiento, la historia se ocupa de las cuestiones prácticas: dinero, compañía, admiración, realización profesional, edad, etc.
Para dar cuenta de esto Allen construye una trama que ya es recurrente en sus relatos, esto es, presentar dos parejas de las que, a su vez, se desprenden otras cuatro por efecto de infidelidades y rupturas. Es decir, cada uno de ellos, en este caso, se va por su cuenta a buscar “al hombre –o mujer- de sus sueños”.
Pero tal cosa no existe, la vida nos tira a la cara al menos una prueba cada día y, para ajustar, Woody Allen hace toda una película para demostrarnos, en cuadriplicado, que la “pareja de los sueños” es una falacia de algunos meses o años. En cada personaje, cada episodio conyugal y cada historia marital, esta cinta pregona y recalca que el amor se desgasta y se avería. Y más aún, las piezas para su reparación casi nunca están en la relación (y lo que es peor, ni fuera de ella).
Es por eso que este autor se muestra implacable con sus personajes. Parece no perdonarles su renuncia, esa traición a la relación que tenían, aunque ésta ya no tuviera futuro. De manera que al hombre mayor lo muestra como un patético viejo que quiere recuperar su juventud, a su esposa como una pobre mujer que se consuela con embaucadoras adivinaciones, a su hija como una amargada y a su esposo como un hombrecito pusilánime.
Inevitablemente, la solución parece peor que el problema, porque las nuevas relaciones están fundadas en mentiras. Y en esto la película es pesimista con las segundas oportunidades, para lo que propone finales abiertos y penosos. Nada alentador para la vida, pero sí muy acertado como cine… aunque lo uno suela ser sinónimo de lo otro.
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Cuando el amor ya no es amor
Por: Oswaldo Osorio
Porque amar es el empiece de la palabra amargura, dice una canción de Mecano. Y esta película desde su título anuncia esa relación entre el amor y la amargura, puesto que es una historia del nacimiento y muerte de un amor contada en dos tiempos, pasado y presente. No dice nada nuevo, pero tiene cierto encanto en la forma en que lo dice, por su intimismo, su juego con los tiempos y por la aspereza con que habla de la vulnerabilidad de este sentimiento.
Incluso su originalidad queda más en entredicho si uno ha visto la película 5×2 (Francois Ozon, 2004), que logra mucho más con el mismo planteamiento, esto es, el proceso de deterioro de una relación mostrando primero como terminó y luego cómo empezó. De todas formas, Derek Cianfrance logra un relato que, con fuerza y elocuencia, da cuenta de esta incombustible idea.
La clave de todo está en la estructura narrativa, trazada de forma discontinua entre pasado y presente, de manera que el espectador puede confrontar inmediatamente los dramáticos momentos de crisis de la pareja con el apasionamiento del inicio del idilio. Con esto es posible, por vía del contraste, potenciar la intensidad de cada uno de estos sentimientos opuestos.
Valga aclarar (y de paso recomendarla de nuevo) que la película de Ozon empieza con el final y termina en el principio, mientras esta cinta comienza con la relación de este matrimonio ya muy avanzada y da saltos del pasado al presente, un recurso narrativo que es usado con eficacia y obtiene el efecto mencionado, pero que también hiede un poco al truco narrativo que está de moda en el cine de los últimos años.
Tal vez lo más logrado de este filme es ese tono permanente de pérdida y melancolía. Aún en las bonitas secuencias de coqueteo y enamoramiento está presente esa tristeza, esto porque ya se sabe para dónde va tanto apasionamiento. Todo en ella es pesimismo y descorazonamiento, amargura como dice Mecano. Que uno disfrute y encuentre una cierta belleza en estas historias adversas, no deja de ser un tanto contradictorio y hasta perverso.
Pero aún falta más en este cuento triste, una tragedia todavía mayor que el desamor, y es que ese desamor solo sea de uno de los dos, dejando con esto colgado al otro, impotente ante la imposibilidad de hacer renacer ese sentimiento en su pareja. Esta situación queda especialmente evidenciada, tanto emocional como visualmente, en la patética y deprimente secuencia del motel.
Se trata de una película modesta aunque contundente, con una historia ya muchas veces contada pero que ensaya un artificio narrativo para hacer la diferencia (y le fenciona). Un relato que descarga gran parte de su responsabilidad en las actuaciones de Ryan Gosling y Michelle Williams, quienes son capaces de transmitir tanta desesperación y sufrimiento, la razón de ser de esta película, así como de tantas desafortunadas historias de amor.
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