¿Qué pasó ayer? 2, de Todd Phillips

Guayabo (in)moral

Por: Íñigo Montoya


Las segundas partes siempre levantas sospechas. Luego de que la primera entrega de esta comedia causara sorpresa por su humor irreverente y con cierta originalidad, llega la segunda con el mismo planteamiento, pero tratando de darle una vuelta de tuerca a los excesos de la primera, cosa que solo funcionó parcialmente. Aún así, no se pierde el tiempo con ella, eso si uno puede dejar de posar de intelectual con el cine.

El planteamiento en cuestión es simple, pero con fuerza y lleno de posibilidades: un grupo de amigos despierta con un guayabo físico que, a medida de que van descubriendo todo lo que hicieron en su desbocada noche, se va tornado en guayabo moral, todo esto porque, además, luchan contra el tiempo, pues tienen que llegar a una boda a tiempo.

Es la misma historia en las dos. La primera en Las Vegas y la segunda en Bangkok, ambas ciudades de licencias y excesos, ciudades que se pueden tragar a estos hombres y ellos, con la anuencia de las drogas y el alcohol, saben responderle a tanta perdición y se abalanzan sobre la gran noche y no le hacen ascos a prostitutas, travestis, criminales, motines, simios, vandalismo y hasta a lo más sacro de oriente: la espiritualidad de sus monjes y monasterios.

Si bien la cinta no sorprende ni resulta tan hilarante como la primera, sin duda está hecha de lo mismo y proporciona muchos buenos momentos, sobre todo porque su humor está fundado en la incorrección política, algo más bien escaso en Hollywood, que prefiere hacer reír con escatología y la torpeza y mezquindad de sus personajes.

Karen llora en un bus, de Gabriel Rojas

Viaje en bus hacia la liberación

Por: Oswaldo Osorio


Las historias intimistas son escasas en el cine colombiano, así como las películas que se ocupan del universo femenino. Esta cinta tiene ambos elementos y los desarrolla cabalmente a partir de un relato sencillo y una concepción visual naturalista, pero con un acabado propio. Y si bien no se trata de los grandes temas, justamente, su énfasis está en los detalles, en la sutileza de los sentimientos y en el pequeño mundo de una mujer, que podría ser cualquier otra.

En su ópera prima el joven director Gabriel Rojas plantea una historia de liberación. Una mujer de mediana edad, sin hijos y con un tedioso matrimonio encima, decide romper con esa vida de insatisfacciones, para lo cual sigue todo el proceso lógico: rebelión, duelo, búsqueda de sí misma, ensayo de soluciones (trabajo, otra pareja, etc.) y la autodeterminación final.

El relato da cuenta de este proceso y en su camino explora las emociones y estados ánimo que esta mujer experimenta en cada  etapa. De esta manera, es posible ver cómo puede ser misteriosa, desorientada, amargada, triste, apasionada, decidida o hasta feliz. La búsqueda desesperada por redefinirse y darle un nuevo rumbo a su vida le exige todo ese viaje emocional, y la película –así como la actriz Ángela Carrizosa- consiguen expresarlo con eficacia.

Por otra parte, si bien Karen está en todas las escenas, los personajes secundarios están para hacer eco de su búsqueda, para darle motivos a las decisiones que toma o servir como referentes de la vida que quiere o no quiere tener. Los masculinos son los menos logrados, funcionan un poco torpemente para recalcar esa opresión de la que quiere escapar esta mujer, mientras que la amiga, aparentemente, tiene la liberación que ella busca, pero lograda por la vía fácil, y eventualmente se quebrará, demostrando que esa libertad cuesta mucho más que una simple actitud desenfadada ante la vida.

Se trata de una historia cíclica, porque al final se puede ver a otra Karen, con cualquier otro nombre, llorando en un bus, iniciando otra historia parecida a la de la protagonista. Porque Karen es muchas mujeres, todas esas a les que les toca luchar más, sobre todo por la marginalidad a la que las somete la vida por distintas razones, como la dependencia material de los hombres o porque la sociedad les ofrece menos oportunidades.

Esta es una película discreta y, en general, sólida. Desde el principio sabe lo que quiere decir y el tono en que desea plantear su relato y logra tanto lo uno como lo otro. Que por momentos el espectador se puede encontrar con imperfecciones, ya en la construcción de ciertos personajes o en la falta de fuerza de algunas escenas, pero esto no es suficiente para negar que detrás de ella hay un director con una idea muy clara de lo que quiere contar y la forma en que lo puede conseguir a partir de los recursos del cine.

La película recomendada: Balada triste de trompeta

Balada triste de trompeta, de Alex de la Iglesia

Aún para un director excesivo se trata de una película excesiva. A quien le gustó Acción mutante, El día de la bestia o La comunidad, pero sobre todo, Muertos de risa, también le gustará esta nueva película del niño (ya no tanto de cuerpo, pero sí de espíritu) genio y travieso de España. Un circo, dos payasos locos en proceso de degradación y una diva masoquista, con esto, y con el trasfondo de la dictadura franquista, de la Iglesia crea un desbordado carnaval de violencia, imágenes insólitas y desquiciamiento, todo lo cual se antepone a la lógica y verosimilitud de un argumento que está al servicio de tanta extravagancia.

Carancho, de Pablo Trapero

Vivir la vida entre colisiones

Por: Oswaldo Osorio

Un carancho es un ave carroñera, pero también con una particular belleza y hasta con cierto aire de dignidad. Estas características también describen al protagonista de esta historia, incluso a la película misma. Una potente y angustiante pieza hecha a partir del realismo en la puesta en escena, la adversidad, el dolor y unas vidas que buscan la redención.

Pablo Trapero es uno de los héroes del Nuevo Cine Argentino, ese movimiento de finales de los noventa que se presentó como la única renovación del cine latinoamericano en décadas. Películas suyas como Mundo grúa (1999), El bonaerense (2002) y Familia rodante (2004), dan cuenta de ese intimismo en la mirada y del retrato de la cotidianidad que definían este movimiento.

En sus siguientes películas, como es natural, hubo transformaciones, pero sin abandonar un universo ya identificable, esto es, historias de gente común que lucha con su existencia, casi siempre por malas decisiones, y contra un mundo, no tanto hostil, sino más bien que no los tiene en cuenta. Todo esto mirado con una vocación realista que simpatiza con la cotidianidad de sus personajes y que se toma su tiempo para recrearla.

En Carancho hay mucho de estos elementos, solo que, como en sus últimas películas (Nacido y criado, 2006; Leonera, 2008), la vida ya no es tan común y corriente. En este caso, si bien comienza como todas, se va tornando en una especie de thriller (con intriga, corrupción, crimen de por medio y toda la cosa), pero sin abandonar nunca ese tono de naturalidad, realismo y ritmo quedo.

El protagonista en cuestión es un hombre vencido de antemano (y en esto molesta un poco que sea interpretado por Ricardo Darín, quien ya no hace otro rol distinto a este), quien lucha por salir de una mala racha y -obviamente- encuentra a una mujer cuyo amor le ayudará a lograrlo. Y digo “obviamente” porque es casi inevitable que los relatos echen mano del recurso del amor para modificar el estado de las cosas, la cuestión es cómo lo hacen.

En este caso funciona de forma verosímil, pues el romance resulta tan problemático como la vida misma, pero aún así, este hombre, que se dedica a buscar accidentes de tránsito para cobrar a las aseguradoras, consigue que el amor se ponga de su parte y le ayude a salir a flote, eso muy a pesar del ambiente opresivo que siempre enfatiza las atmósferas de la película y del mal presagio de tragedia que atraviesa la historia.

Este relato íntimo y naturalista, a medida que pasa el tiempo, va cobrando intensidad, y casi inadvertidamente se le van sumando amores, dolores, corrupción y muerte, tanto que al final parece otra película, porque todo se ha transformado en un denso y tensionante thriller.

Pero la virtud de esta cinta está en que esa transformación de ninguna manera es abrupta o inconsistente con lo planteado, sino que, progresivamente, se hace más intensa, y justamente es esto lo que potencia a los personajes  (al perdedor herido y a la mujer con un secreto), quienes tienen tantas posibilidades de ir hacia la redención como hacia el precipicio, solo en el plano final se sabrá.

Piratas del Caribe 4, de Rob Marshall

La ventura con risa paga

Por: Íñigo Montoya


Desde los años veinte Hollywood está haciendo películas de piratas. Incluso con momentos de auge a finales de los cuarenta y mediados de los sesenta. Por eso, cuando apareció la primera entrega de esta saga en 2003, fue un encuentro con la nostalgia de ese cine que solo habíamos visto como viejas películas en televisión, y para ajustar, ahora lleno de la espectacularidad que proporcionan los efectos actuales.

Sin embargo, cuatro películas después, resulta inevitable la sensación de estar ante el mismo material, pero ya con los cansados recursos y salidas de las tres anteriores. Además, las películas de piratas ya están encasilladas de por sí en su propio subgénero, el cual pertenece a uno mayor, que es el cine de aventuras. De manera que entre tanto esquema conocido, el del género, el del subgénero y el de la saga, queda muy poco para la innovación y la sorpresa.

Es por eso que una película de estas no da para hacer una crítica de cine, es decir, para reflexionar sobre su narrativa, la construcción de personajes, sus planteamientos éticos o el desarrollo de sus temas. Ni siquiera para hablar de su concepción visual, que es la misma que le vemos a todas estas superproducciones de la última década. Entonces todo en esta cinta está hecho y dicho, ahondar en ello sería infructuoso o reiterativo.

Una última consideración. Hay una razón de peso por la que no me acaba de convencer la saga, en especial esta última. Y es que, como ya se dijo, las películas de piratas pertenecen al cine de aventuras, y en estos tiempos se mezcla, además, con el cine de acción. Pero para que el espectador pueda sentir la tensión de lo que le ocurre a los personajes en sus aventuras y en las secuencias de acción, es la gravedad del drama la que se debe imponer, no obstante, en esta cinta es la comedia, de manera que, si bien para muchos puede ser entretenida, el espectador nunca se toma en serio lo que le pasa a los héroes, y eso le quita fuerza a toda la trama.

En otras palabras, Jack Sparrow nunca parece estar en peligro, porque todo es medio en broma, medio jocoso. Además, se trata de chistes flojos o recurrentes. Justo el humor plano propio de los taquillazos de Hollywood. Eso le quita peso a la historia y a sus personajes, pero sobre todo, al otrora hostil y peligroso ambiente de los relatos de piratas, y desmerece el miedo y la tensión con que, por ejemplo, muchos vimos –en distintas adaptaciones- al joven y atribulado Jim Hawkins en La isla del tesoro ante la maldad del temible pirata Long John Silver. Eso sin contar la reflexión moral sobre la ambición que estaba de fondo en el gran relato de Robert Luois Stevenson.

Diario de Íñigo: La ciudad de la radio superflua

Mayo de 2011. La ciudad de la radio superflua.

Ayer me llamaron de una emisora bogotana. Me dijeron que era para hablar de las mejores películas del cine. Cuando me hacen la –inoficiosa- pregunta que más  me han hecho en la vida (¿Cuál es para usted la mejor película?), yo trato de no ser grosero pero sí didáctico y digo que habría dos posibles respuestas, en primer lugar, la del que ve el cine con la pasión del cinéfilo, por lo que es imposible escoger una sola, porque como con las canciones, cada día, o al menos por temporadas, se puede tener una diferente; la otra respuesta, es la dictada por la razón, la que tiene en cuenta la importancia histórica de la película en cuestión, y en este caso me adhiero a quienes ponen a El ciudadano Kane a la cabeza de la lista.

“¿Y esa es una película de cine arte?”, me pregunta la conductora del programa. Le tiré el teléfono.

No. No es cierto, no le tiré el teléfono, aunque fue mi primer impulso. Cuando le dije que era una película que tenía setenta años, soltó una expresión, no de vergüenza, sino de desprecio con mi respuesta y con la pobre película del querido Orson. Didáctico y estoico, como si le hablara a niños de ocho años que preguntan sobre sexo, aguanté diez minutos de preguntas inocuas y chistes que solo ellos –había otro presentador- celebraban. Cuando colgué, en uno de esos pensamientos que duran solo un parpadeo del cerebro, reconfirmé mi decisión de nunca escuchar radio. Me fui a cine, y Piratas del Caribe 4 me dio la segunda bofetada de la tarde.