“Salgan rápido”. El grito partió la noche en dos. Eran apenas las 10:00 p. m. del sábado 7 de febrero y la lluvia ya mostraba su peor cara. El río Sinú se había desbordado. Bajaba con la fuerza acumulada de la parte alta y en cuestión de minutos se metió en barrios de Montería y en municipios cercanos del departamento de Córdoba.
El agua no dio margen. Entró con velocidad, tomó calles, patios y salas. Para muchos, no había un recuerdo cercano de algo así. Lorena era una niña la última vez que el río creció de esa manera. Hoy es una mujer adulta sentada frente a paredes húmedas que marcan hasta dónde llegó el agua. Lo que siguió fue una noche larga.
La primera noche
La tragedia que hoy sacude al departamento de Córdoba cabe, entera, en el testimonio de Marnedis. Estaba en alerta. Días antes les habían advertido que vendrían lluvias. Pero no así. No tan definitivas.
El sábado, 7 de febrero, vivieron la horrible noche. Mientras decidía con sus hijos mayores qué hacer, el agua ya les subía hasta la entrepierna.
En el barrio La Vid el agua fue trepando por las paredes hasta dejar una línea oscura que ahora divide la casa en dos tiempos. Dos semanas después, la marca sigue ahí. También el silencio. En esa casa viven ella, sus dos hijos y sus dos nietos, uno con neumonía y otra con discapacidad mental.
La noche en que el agua empezó a ganar altura, la preocupación no fueron los muebles. Fueron los niños.
“Nos dijeron que habría inundación pero nunca pensamos que podía llegar a ese nivel”, cuenta la abuela. Cuando el agua le alcanzó el pecho, entendió que ya no había margen. Llamaron a un primo que vive en el sector de La Pradera. Llegó en medio de la oscuridad.
“Salgan de las casas”. El grito ya no era aislado y el pánico se había vuelto colectivo. “Nadie nunca está listo para la tragedia”, dice al otro lado de la calle un hombre con las piernas cubiertas de lodo, mientras Marnedis asiente con la cabeza.
Esa noche, los colchones inflables se convirtieron en lanchas improvisadas. Sobre ellos amarraban bolsas con ropa, comida, documentos y mascotas. La vida que cupiera en la superficie inestable de un colchón.
De la casa de Marnedis la primera en salir fue la niña.
El primo la cargó y la sacó en la noche, mientras el agua seguía entrando a la casa. La abuela y el resto de la familia tuvieron que esperar hasta la mañana siguiente. “Si mi primo no nos hubiera ayudado, no sé qué habría sido de nosotros”, dice. Fueron momentos oscuros y de encomendarse a cuanto santo canonizado.
No era solo la creciente, ni la pérdida material. Era cómo proteger a la menor que necesita acompañamiento permanente, que no comprende del todo lo que ocurre cuando el agua invade la sala y convierte la casa en un río.
Ahora están “recogidos” donde ese mismo primo. Van y vienen. Regresan a limpiar, a revisar lo que quedó. Perdieron la nevera, el televisor, la licuadora, un juego de muebles. La casa quedó deteriorada. Pero cuando enumera lo perdido, vuelve al mismo punto: lograron sacar a los niños.
Un largo viaje
Entre Urabá y Montería hay dos horas. Lo que duró el viaje en bus para doña Gladys y su nieto de cinco años. Estaban apenas los dos y el muchacho no paró de vomitar; “tápese sin hacer mucho ruido”, le decía mientras sostenía una bolsa transparente. Era la primera vez en un trayecto tan extenso y también la primera sin fecha de regreso. “Me lo traje a vivir conmigo para darle su estudio. Su mamá no tiene cómo tenerlo, son muy pobres, ella no lo maltrata, pero pasan mucha necesidad”, cuenta con el muchacho agarrado a su pierna.
A Montería llegaron en enero. Gladys lo alcanzó a matricular en una escuela; solo le faltaban los zapatos y listo. La nueva vida del niño estaba casi preparada. Pero en las volteretas de la vida y cuando llevaban un mes en su nueva rutina, la casa se inundó. Dañó colchones, ropa y electrodomésticos, y los obligó a salir con lo puesto.
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La casa no era grande, pero suficiente. Una construcción sencilla, de piso en cemento y techo de lámina, con lo justo, una cama, un televisor antiguo, una estufa pequeña y una mesa plástica donde el niño iba a hacer las tareas. No había comodidades, pero sí la idea de darle estabilidad. El agua desbarató esa certeza. Empapó el colchón, dañó los pocos muebles y dejó la vivienda inhabitable.
Hoy duermen en una colchoneta en un albergue temporal, compartiendo espacio con decenas de personas. Gladys reconoce que no quiere que el niño permanezca mucho tiempo allí. “Estas no son condiciones para él”, dice.
Por eso, está recogiendo lo que puede, preguntando por una pieza en arriendo, haciendo cuentas, buscando ayuda entre conocidos. Su plan inmediato es salir del albergue y mudarse, aunque sea a un cuarto pequeño, donde al menos puedan cerrar una puerta. “Uno empieza otra vez si toca, pero el niño necesita estar mejor”, insiste.Y
aunque lo perdió casi todo, mantiene la decisión intacta. Cuando le mencionan que quizá su nieto estaría más cómodo de regreso en Urabá, responde sin titubeos: “Pa’ allá no lo voy a devolver”. Su apuesta sigue siendo la misma con la que se subió al bus, en el que no paró de vomitar, que estudie, que tenga otra oportunidad, incluso si ahora todo vuelve a empezar desde cero.
El sueño de casa propia
Luis estaba sentado junto a otras personas en una orilla seca, en el barrio Altos de Canaán. Sus ojos se veían cansados y los demás, a su lado, airados por la presencia de extraños, de gente que no era la suya. “¿Qué necesita? Acá no puede entrar”, aseveraron, intimidantes. Estaban cansados de que su tragedia la hubieran convertido en show.
A Luis me le acerqué. A un lado quedaron sus intimidantes compañeros; me contó su drama. Con razón la tristeza en sus ojos.Señaló hacia el agua. “Ahí está mi casa”, dijo, como si todavía pudiera verse completa. Junto a su esposa tardó dos años en construirla. Su hija, de tres años, creció entre ladrillos y arena.
Se mudaron quince días antes de la inundación. Alcanzaron a dormir allí, a acomodar la ropa en un clóset recién armado, a colgar una cortina en la habitación de la niña. No hubo fiesta de estreno, pero sí una sensación de logro. “Era nuestra. Por fin nuestra”, repite.
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Ahora, en Altos de Canaán —uno de los sectores de Montería que aún permanece con el agua a gran altura— solo pueden vigilar desde lejos. No han podido entrar. No saben si las paredes resistieron, si el piso se levantó, si los electrodomésticos se perdieron. Luis hace turnos con los líderes barriales para evitar saqueos. Dice que quedarse mirando es lo único que puede hacer por ahora.
“Dos años para hacerla y no alcanzamos ni a vivirla”, murmura. En sus ojos ya no hay rabia, sino una tristeza contenida. La de quien sabe que, cuando el agua baje, tal vez lo que encuentre no sea la casa que con tanto esfuerzo levantó, sino el punto de partida para empezar otra vez.
“Aunque sea con baldes sacamos el agua”
Eso piensan en el barrio Los Colores de Montería. Y no, esa agua no sale a punta de balde. Las imágenes capturadas por el dron no muestran una cuadra inundada, muestran barrios enteros. “Nadie ha venido a decirnos nada y no podemos quedarnos esperando mientras nuestras casas se pudren en aguas negras; ya se ven las culebras, hay mosquitos y todos los días está lloviendo”, dicen.
La vida para ellos no paró; apenas se volvió más difícil. En las calles de Montería, los afectados no esperan a que alguien los rescate, se están ayudando entre ellos mientras llegan las ayudas. Con baldes y palas sacan el agua, remueven el lodo y rescatan lo poco que quedó en pie. Es un avance mínimo frente a la magnitud del desastre, pero es lo único que tienen a mano.
Las causas
La inundación en el departamento de Córdoba responde principalmente a lluvias atípicas. En los primeros seis días de febrero cayó toda el agua que los expertos preveían que caería en el mes completo; por eso no hubo alertas. Por eso nadie empacó maletas ni contrató el acarreo. La represa de la hidroeléctrica Urrá alcanzó niveles máximos, lo que provocó su desbordamiento y el aumento del caudal del río Sinú. El embalse tiene una capacidad de almacenamiento diseñada para amortiguar crecientes.
Febrero, históricamente, es un mes seco. Los aportes promedio al embalse en este mes rondan los 121 metros cúbicos por segundo. Este año no. Desde el primero de febrero la creciente comenzó a incrementarse de manera sostenida. Los aportes llegaron a estar por encima de los 2.000 metros cúbicos por segundo. Dieciséis veces más que el promedio histórico para esta época. Esa es la explicación técnica.
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En terreno los afectados señalan directamente a la hidroeléctrica por el desastre, dicen que la construyeron para responder a intereses propios y no de la comunidad o la nación. Mientras tanto, el gobierno estima que hay más de 200.000 personas afectadas, cientos de viviendas dañadas y el drama innumerable de familias enteras que quizá aún ni siquiera están en el censo.
La resiliencia del pueblo cordobés
Emira Martínez también estaba estrenando casa. Pero no es su sueño el que sucumbe ante la inundación; es el sueño de su hijo. Prestó el servicio militar y hace un año se fue para Dubai a trabajar por la casa de su mamá. Lo perdieron todo.
¿Hace cuánto vive acá?
“Llegamos hace dos meses. Esta casa la construimos en familia, mi hijo se fue para Dubai porque su sueño era darme la casita y me la dio. Pero ahora todo está inundado y las cositas que compramos nuevas, como las puertas están destruidas”.
¿Viene seguido a revisar su casa?
“Todos los días vengo, pero no puedo hacer mucho, me quedo esperando, solo mirando. No me gusta entrar porque el acceso está lleno de agua. Lo único que reviso es que tan alta o baja está la inundación”.
¿Cuándo cree que pueda volver?
“Hmmmm... vea usted misma. Nadie puede vivir en estas condiciones y aunque el agua se vaya, yo no voy a traer a mi familia a vivir en esta humedad, hay muchas culebras”.
¿Qué le dice su hijo desde Dubai?
“Mi muchacho (suspira) dice que no me preocupe, que todo lo material lo vamos a recuperar, a él solo le importa que nosotros estemos bien”.Emira mira a sus vecinos: “Qué pesar, ¿qué van a hacer ellos ahora? No quedaron con nada”, así como ella. Aun así, agradece por la vida y sabe que saldrá adelante. Sale con una olla rebosante de sancocho para compartir. “Camine almuerce que para todos hay”, me dice generosa.
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