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Que no quede impune el magnicidio de Miguel Uribe Turbay

El hecho más importante y doloroso de este 2025 que termina fue el asesinato del precandidato presidencial y senador de oposición Miguel Uribe Turbay. ¿Estamos condenados como país a repetir la violencia?

  • Miguel Uribe nació el 28 de enero de 1986 y murió el 11 de agosto de 2025; fue abogado y magíster en Políticas Públicas. FOTO Colprensa
    Miguel Uribe nació el 28 de enero de 1986 y murió el 11 de agosto de 2025; fue abogado y magíster en Políticas Públicas. FOTO Colprensa
Nicolás Rivera Guevara

Editor de Actualidad

30 de diciembre de 2025
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Sobre el asesinato de un político en Colombia se pueden decir casi las mismas frases que hace 40 años, cuando cada tanto sucedía un magnicidio: que en este país la vida no vale; que la violencia es un ciclo que se repite; que somos un país sin memoria. Todas son ciertas. Y sin embargo, duele pensar que estamos condenados a repetirlas. Cambia el nombre del protagonista, pero las escenas son calcadas.

La generación de quienes tenemos menos de 30 años no había vivido algo parecido a lo que vivieron nuestros padres y abuelos con los asesinatos de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Álvaro Gómez Hurtado, Carlos Pizarro, Bernando Jaramillo Ossa... y la lista podría continuar. Crecimos –claro–, con la violencia de la guerrilla y los paramilitares, y los cientos de miles de muertos que ha dejado el conflicto; la violencia que hoy, con nombres distintos, sigue cobrando a diario la vida de inocentes. La muerte, no solo en Colombia, sino en el mundo, hace parte del paisaje.

Pero el asesinato a un político de impacto nacional, a pocos meses de las elecciones, era algo que no habíamos atravesado los jóvenes. Y sucedió en 2025, en un barrio de clase media en Bogotá, a plena luz del día. Un menor de 15 años le disparó por la espalda en la cabeza y en la pierna al precandidato presidencial y senador de la oposición Miguel Uribe Turbay justo cuando daba un discurso sobre seguridad a una comunidad azotada por la delincuencia urbana.

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Aquella dolorosa escena del 7 de junio de este año es el hecho más importante del 2025. Pero pudo haber sido una escena de 1982, 1989 o 1997: un menor involucrado, falta de protección del Estado, varios capturados acusados de ser los autores materiales, pero sin pistas o responsabilidad sobre los autores intelectuales. Pero aún: la víctima era hijo de otra víctima de la violencia, la periodista Diana Turbay, asesinada en medio de una operación de rescate de su secuestro cometido por los narcos.

Miguel Uribe fue trasladado ese sábado en la noche a la Fundación Santa Fe y el país estuvo en vilo más de 65 días en los que el político de 39 años estuvo en coma. Aferrado a un milagro, a Dios, o a su hijo Alejandro de cuatro años –la misma edad que tenía él cuando mataron a su mamá–, parecía que podía ocurrir un milagro. Conocimos en este proceso a su esposa, María Claudia Tarazona, una mujer valiente; y a su padre, Miguel Uribe Londoño, a quien los violentos le mataron a su esposa e hijo.

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Finalmente, Miguel murió el 11 de agosto por una serie de complicaciones médicas. El país lloró su partida. Hubo actos fúnebres en el Congreso, en la Catedral Primada, en el Cementerio Central. Cientos de personas salieron a marchar vestidas de blanco.

“(...) ese mismo pasado que Miguel no quería que volviera y que hoy golpea a nuestra familia de la manera más cruda y más cruel. Romper una familia, quitarle un padre a su hijo, a una esposa su esposo, a unos hijos un padre, es el acto de maldad más grande que pueda existir. No puede volver a suceder”, dijo su esposa María Claudia en el entierro.

A pesar de las escenas calcadas, de la condena a repetir nuestra historia de violencia, de la impunidad con este crimen, no podemos normalizar que algo así haya vuelto a suceder. Por eso duele tanto. Porque más allá de la ideología, conocimos a un político que era el reflejo de la gente decente de este país: un padre de familia cariñoso; un esposo amoroso; un senador juicioso; un pianista y ajedrecista aplicado; un deportista disciplinado; un hijo que perdonó el daño que le hicieron y lo transformó en vocación por lo público. Un hombre extraordinario que llegó temprano a todo en la vida incluso a la muerte, como lo dijimos en estas páginas en su perfil.

Con el asesinato a Miguel Uribe Turbay, no solo mataron a un político más, sino que le dispararon a la democracia, que viene herida desde hace décadas.

A los asesinos y violentos hay que nombrarlos, para que no se siga pensando que hay “fuerzas oscuras” que quieren destruir a este país sin que haya justicia. Como lo planteó un editorial reciente de este diario, la gran pregunta sobre los responsables de este magnicidio no puede quedar en hipótesis. Es insuficiente acusar a las disidencias de las Farc al mando de alias “Iván Mordisco” o de “Iván Márquez” si las autoridades no logran establecer el por qué.

También hay que llamar la atención sobre la responsabilidad política, que se traduce en la falta de garantías para ejercer la oposición, como quedó demostrado con las falencias de la UNP en el caso de Uribe Turbay. Evidentemente un esquema de seguridad no lo previene todo en un país violento. Pero hubo varios hechos que demuestran que las condiciones de protección no eran las que debía tener un personaje como Uribe Turbay. El propio director de la UNP, Augusto Rodríguez, lo reconoció en entrevistas días después del atentado: “Reconozco que hubo insuficiencia, sí, y eso es lo que estamos analizando”.

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Pero también tiene que ver con el discurso. El presidente Gustavo Petro ha fomentado en sus intervenciones –antes y después del magnicidio– la pugnacidad contra el que piensa distinto y a los congresistas que no le votan sus reformas no los baja de “h.p”, entre otras referencias que rayan con las amenazas.

Esto aplica también para aquellos candidatos de todo el espectro ideológico, como un litigante de derecha que dice que a la izquierda hay que “destriparla”. No. En Colombia no podemos normalizar la violencia en ningún nivel.

Deseamos en este final de año, como dice la canción, que en nuestro país ser valiente no salga tan caro y ser cobarde no valga la pena. Que no haya más niños huérfanos como Alejandro. Que ninguna otra familia, del estrato y lugar que sea, tenga que seguir padeciendo la muerte de sus seres queridos por culpa del crimen y de la violencia política.

En otras noticias: La justicia le respiró al cuello al exalcalde Daniel Quintero durante 2025; ¿qué sigue para 2026?

Pero también deseamos que con las elecciones que se vienen se tomen medidas concretas para proteger a los candidatos. Y que el recuerdo de Miguel Uribe y su legado, más allá de su ideología y postura, no se diluya como un episodio más de las historias de muertes que se repiten y quedan en la impunidad.

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