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Ya no en el cielo sino en la tierra: así es la iglesia evangélica de Latinoamérica por dentro

Después de conocer la “gracia” en la juventud, el autor de esta crónica decidió ir más allá de la fe para contar una historia que involucra milagros, promesas de riqueza y campañas políticas.

  • Culto dominical en la iglesia Misión Carismática Internacional, pastoreada por César y Claudia Castellanos, ella fue senadora de la República y embajadora en Brasil durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Foto: Pablo Andrés Monsalve Mesa
    Culto dominical en la iglesia Misión Carismática Internacional, pastoreada por César y Claudia Castellanos, ella fue senadora de la República y embajadora en Brasil durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Foto: Pablo Andrés Monsalve Mesa
Daniel Rivera Marín

Editor General

16 de febrero de 2026
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Si nada escapa a la voluntad de Dios, entonces esta crónica es su plan.

Me hice cristiano en el año 2000, yo tenía trece y las iglesias evangélicas en Colombia se estaban convirtiendo en enormes movimientos religiosos que congregaban a miles. Una de ellas era la Misión Carismática Internacional, cuyos pastores llenaban estadios en Bogotá todos los fines de semana con sus servicios religiosos en los que prometían una vida mejor —terrenal y mundanamente mejor— solo por entregarle la vida a Jesucristo. Recuerdo al pastor César Castellanos —pulcro como un salón blanco y vacío— hablando de su libro Sueña y ganarás el mundo. Allí decía que escuchaba la voz de Dios como quien oye un trueno y afirmaba que Dios quería —era su voluntad soberana— que las iglesias dejaran de ser guetos y se convirtieran en enormes y prósperos movimientos. El lujo, la prosperidad económica, serían un signo de esas congregaciones. Por entonces, la Misión Carismática tenía veinte mil fieles. Para el año 2003 serían más de cien mil: tendría sedes en todo el continente.

En algún momento, sentí que no había otro refugio: la iglesia como club, como entretenimiento, como lugar para pertenecer.

En esa época, Colombia vivía una violencia cruda entre guerrillas y grupos paramilitares; había masacres, asesinatos, tomas armadas de pueblos y una tasa de desempleo del veinte por ciento. Las iglesias cristianas se convirtieron en una esperanza. Muchos pastores hablaban en sus sermones de la posibilidad de una vida mejor y se ponían como ejemplo, contaban cómo habían superado una pobreza ruda y cómo les había caído la riqueza: casas, carros y lujos, todo por la Gracia de Jesús. Recuerdo que cada domingo por televisión nacional aparecía un pastor, un hombre mayor, canoso y de bigote, que se llama Enrique Gómez. Oraba con un fervor de teatro, con una lágrima sin vocación, pidiéndole a Dios que bajara el Reino de los Cielos a la tierra y acabara con la violencia reinante. Su culto religioso se transmitía en directo desde la Plaza de Bolívar de Bogotá. En sus predicaciones, Gómez prometía una vida mejor para los pobres, para los desamparados, para las víctimas, decía que Jesucristo no sólo había traído la salvación al mundo, también mejor empleo, más dinero, y decretaba el fin de la pobreza. Era todo un show: reprendía, echaba fuera demonios de guerra, violencia, pobreza. Yo vivía en Armenia, esa ciudad muy pequeña del Eje Cafetero que en 1999 sufrió un terremoto en el que murieron mil doscientas personas. La ciudad aún estaba en ruinas, lo que sumaba desesperanza a la desesperanza. Nuestra casa era de unos cincuenta metros cuadrados a la que se entraba por un largo zaguán en obra negra —era una especie de inquilinato que crecía hacia abajo, se enterraba—, no poseíamos ningún lujo, pues mi mamá trabajaba vendiendo empanadas y buñuelos y mi padre arreglaba llantas de carros. A esa casa vino una mujer y nos dijo: “Dios tiene algo mejor para ustedes”. Así que fuimos a una iglesia —la iglesia de un pastor que se llamaba Jairo Niño Alvis— y decidimos unirnos. Mi madre y yo nos hicimos evangélicos.

La Biblia enseña que no buscas a Dios. Es Él quien te busca. Para ser más exacto, predestina, señala, toma para sí a un pueblo. Es una idea que va en contra del merecimiento, del mérito, hoy tan común, y por eso resulta tan sexy: ya todo está hecho y es gratis. Yo nací católico, fui bautizado y también hice la primera comunión, pero nunca ejercí la fe porque no me interesaba la misa solemne con sus cantos eternos y aburridos; de niño sentía pánico cuando el sacerdote alzaba la hostia —el cuerpo de Cristo adentro de una galleta de trigo— y sonaba de pronto una campana. Creía que de verdad se trataba de un milagro y no de un monaguillo haciéndola sonar.

Por esos años de la adolescencia escuchaba heavy metal y me masturbaba con alguna compulsión. No tomaba drogas ni bebía, pues fui criado con una disciplina marcada por una culpa feroz: recibía azotes en las nalgas cuando perdía materias en el colegio, cuando soltaba palabras impropias, cuando me burlaba de un adulto, y era conminado todas las noches a rezar a Dios, que todo lo veía, todo lo sabía. Temía que Dios me mandara una enfermedad como el cáncer, que me matara cruzando una calle. Cada fantasía sexual, cada masturbación, estaba seguida de una culpa atroz en la que imaginaba el dedo de Dios aplastándome contra la tierra.

Mis padres recién se habían reconciliado después de una separación de dos años y yo cargaba con la angustia de que volviera a romperse la familia. Aquella mujer que fue a nuestra casa me invitó a una iglesia que se llamaba Nuevo Camino. Fui un sábado de diciembre y desde las escaleras de la entrada vi lo que parecía una fiesta: luces de discoteca rebotaban por las paredes y una banda de rock tocaba mientras unos cien jóvenes brincaban por el salón. La banda sonaba bastante bien, o eso me parecía. Los cristianos evangélicos no eran tan aburridos, vivían y no tenían problemas con los tatuajes, los aretes en el cuerpo, la ropa moderna. Ese día, después de las canciones, que pasaron de unas bien movidas a otras melancólicas y profundas, predicó Jahider Garzón, un hombre de 27 años con dientes enormes y patillas largas, vestido con pantalón carpintero y camisa de flores, que pasado el tiempo se convirtió en mi amigo. Dijo que Dios lo había rescatado del infierno. Había sido un peligroso pandillero, fumador de cigarrillo, de marihuana, de bazuco y hasta de telarañas (literal); promiscuo tenaz de toda carne. Dijo que nada de eso había valido la pena, que solo Jesús había podido saciar su corazón.

En algún momento de la predicación lloré mucho. Jahider tenía un talento particular para hacer del sermón una charla divertida. Imitaba voces, hacía chistes, rodeaba todo el corazón de la muerte de Jesús —el lacerante ascenso hacia la expiación por los pecados— de una atmósfera distendida y amable, hasta que en un momento me señaló y me preguntó retórico: “¿Vas a rechazar el amor más grande?”. Yo tenía trece años y no sabía qué hacer con esa pregunta, así que incliné la cabeza y lloré. Alguien me abrazó y yo, un muchacho de pocos amigos, encontré así un lugar al cual pertenecer. El arco siempre es el mismo: te hacen ver tu condición espiritual —pecador, hombre que solo merece el infierno— y luego te entregan la solución: el sacrificio de la cruz, la gracia. Esa noche fuimos con Jahider y los muchachos del grupo que tocaba alabanzas a comer perros calientes; reímos a carcajadas, hablamos de música, me enteré de que existían bandas de metal cristiano y eso me entusiasmó porque yo era un guitarrista principiante; supe que había conciertos de rock cristiano, que había libros de historias cristianas, que existían restaurantes de comidas rápidas donde solo pasaban música cristiana. En mi casa siempre vivimos el presente, el presente de la necesidad, pero en ese momento me llegó una sensación que no conocía: la de un futuro posible. Me enteré de que había otro mundo y quise pertenecer.

La entrada al cristianismo es bastante simple. Se trata de hacer una oración lacónica en la que te arrepientes de pecar, aceptas que Jesucristo murió por los pecados de la humanidad, resucitó y volverá algún día. Además, le entregas tu vida, le dices: “Te entrego mi vida, te reconozco como Señor y Salvador”. A eso se le conoce como la oración de fe. Aunque algunos teólogos aseguran que la salvación no es tan simple, de esa manera han crecido las iglesias en Latinoamérica en los últimos treinta años. Yo hice la oración esa noche y dos años después me bauticé. Me resultó atractivo todo el look: las luces, el grupo de rock, la amistad efervescente. Era la primera generación de un cristianismo que en Latinoamérica era sexy. Simplificaron el evangelio. Los grandes evangelistas estadounidenses de principios y mediados del siglo XX se caracterizaban por confrontar moralmente en sus predicaciones, enseñaban un Dios complejo y vertical, que amaba y odiaba, que salvaba y arrasaba. Yo, a mis trece años, escuché otra cosa: un Dios amador que le entregaba a sus hijos más fieles las riquezas, el éxito, que saciaba el apetito feroz de los corazones.

Los evangélicos aparecieron en el siglo XVI con la Reforma Protestante liderada por el clérigo Martín Lutero, quien aseguró que la tradición católica no era bíblica porque enseñaba que la salvación divina se podía comprar con penitencias, tierras y oro, y él citó la carta a los Efesios escrita por el apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La iglesia protestante surgió con fuerza en Alemania e Inglaterra, cuyos misioneros viajaron a Norteamérica, donde encontraron tierra fértil.

Latinoamérica permaneció católica hasta mediados del siglo XIX, cuando los primeros misioneros bautistas y presbiterianos llegaron desde Inglaterra y Estados Unidos a países como Uruguay, Brasil y Colombia. Fueron la semilla de lo que conoceríamos como evangélicos, una palabra que resume decenas de congregaciones o denominaciones —bautistas, presbiterianos, pentecostales, carismáticos, reformados— que tienen cinco cosas en común: el hombre es pecador, Jesús nació de una virgen, murió para salvarnos del pecado, resucitó y un día regresará en gloria y poder. Pero hay diferencias que las dividen: hay quienes creen en milagros extravagantes, en la riqueza material en la tierra, y otros, ascéticos, que sostienen que el sufrimiento perfecciona la fe.

La primera iglesia bautista del sur del continente se construyó en San Andrés Islas, Colombia, en 1847. El trabajo evangelístico —como le llaman a la labor de predicar por las calles para rescatar a las almas perdidas— fue lento y, en el caso de Colombia, impedido por múltiples guerras entre facciones políticas que se extendieron por casi cien años. Los miembros del Partido Conservador, que estaban en gobierno, persiguieron a la iglesia evangélica porque la asumían como aliada del Partido Liberal porque robaban fieles a los católicos; se masacraron a decenas de pastores y fieles, en un capítulo ignorado por la academia y que algunos historiadores creyentes han estudiado.

La gran colonización de los evangélicos sucedió ochenta años después de San Andrés Islas, cuando misioneros llegaron en barcos desde el sur de Estados Unidos en los años treinta del siglo pasado. Esa expansión estuvo marcada por la llegada de la Iglesia Asambleas de Dios a Uruguay: “El 17 de mayo de 1946 en el vapor Cuba Victory, llegó de Estados Unidos al puerto de Montevideo el misionero Raymond De Vito, quien venía acompañado por su esposa Dorothy y su pequeña hija Judy. Esta familia había partido desde Houston, Texas, con destino a Buenos Aires. Durante el viaje, luego de mucha oración, el Señor les habló que debían venir a Uruguay”. La clave está en una frase que parece anodina: “El Señor les habló”. Los misioneros de las Asambleas de Dios creían que se estaba viviendo un nuevo momento, que el Espíritu Santo quería manifestarse como en la época de san Pablo: escuchaban las instrucciones de Dios de manera audible. Enseñaron que además del bautismo en agua existía el del Espíritu, que se manifestaba de manera sobrenatural hablando lenguas que nadie podía entender, lenguas del cielo. Hoy esa posición es rebatida por algunos teólogos de corte tradicional, pero en ese momento le permitió a la iglesia una expansión inusual por todo el continente, adquiriendo fuerza en Brasil, Bolivia, Perú y Colombia, aunque la mayoría católica los veía como fanáticos y locos que tomaban la Biblia como una ley absoluta.

Aunque en Estados Unidos fue una tradición que los políticos tuvieran una base de votos en iglesias evangélicas, sobre todo entre el Partido Republicano con las iglesias de fieles blancos, en los países de lengua española la relación entre los políticos y los pastores evangélicos empezó en los años noventa con gran auge después de 2010. Esto sucedió por un cambio en la interpretación de la teología apocalíptica: en los sermones se empezó a predicar que no había que morir para estar en el reino de Dios. La prueba era la promesa de Jesús: instaurar su reino durante mil años en la Tierra, cuando regresara por segunda vez a derrotar a Satanás y a los gobiernos del mundo. La fe entonces ya no era para salvar: servía para todo lo terrenal. Y si no recibías respuesta, entonces tu fe andaba mal. Se trata de una teoría adoptada por los pastores más ricos y de iglesias más grandes, que tuvo su fuerza en el predicador norteamericano Benny Hinn, quien curaba enfermos y hacía desmayar a la gente solo con el movimiento de su saco. Hinn, en algún momento, llegó a pedir una ofrenda de un millón de dólares a cambio de oración y bautizó su avión privado con el nombre de ese donante. De joven leí un libro de Hinn, Buenos días Espíritu Santo, donde él aseguraba que cada día hablaba con la tercera persona de la Trinidad de Dios, y esta le decía todas las cosas que tenía que hacer; allí, el predicador daba consejos para lograr la hazaña. Pero los consejos nunca resultaban. Yo me levantaba en las mañanas a orar, me arrodillaba al lado de la cama, ayunaba, me encomendaba al Espíritu Santo, hacía pactos, como mantenerme virgen hasta el matrimonio o no maldecir, para obtener un poco de ese poder que sanaba enfermos. Nunca lo obtuve.

La esperanza de tener una vida mejor resultó un éxito, como sucede con los libros de autoayuda. Las iglesias se llenaron. El evangelio desangelado de las iglesias católicas tomó otro cariz con estos evangélicos modernos, que se adelantaron a la publicidad de estos tiempos y entregaron eso que ahora llaman experiencias. Datos del Pew Research Center —grupo de investigación con base en Washington D.C.— revelan que para 1960 el noventa por ciento de los latinoamericanos eran católicos y en 2014 bajó al 69 por ciento. El libro Religiones y espacios públicos en América Latina, escrito por Susana Andrade y publicado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) y el Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados (Calas),explica que en el crecimiento de las iglesias evangélicas en el continente “llama la atención el hecho de que aquellos países que correspondían en la categorización (...) de estados o naciones católicas (como fueron Chile, Colombia, Ecuador y Perú) hoy están experimentando una fuerte tendencia a la disminución de su población católica, de la mano con un crecimiento evangélico que alcanza una sexta parte de su población. Estos territorios corresponden también a aquellos con menor grado de laicidad, es decir donde no existe una clara división entre religión y Estado. Son a su vez países donde el catolicismo se mantiene como religión mayoritaria (entre 60 y 69%) y donde la diversidad protestante ha crecido más lenta que en el resto de América Latina, con excepción de Chile (ubicado en el rango de 50 a 59% de católicos); y principalmente de los dos países más laicizados de América: México (el país junto con Paraguay con más alto porcentaje de católicos) y Uruguay (el país con más porcentajes de sin religión o no afiliados)”.

El texto de Andrade señala la nuez del asunto: los católicos pierden fuerza mientras hay un “crecimiento de iglesias evangélicas (donde el movimiento pentecostal es el más activo, como se puede apreciar en países de Centroamérica y el cono sur, y en años recientes con una velocidad inédita en Brasil)”. El éxito de pentecostalismo —como se conoció el movimiento en los años ochenta, hoy autodenominado como carismático—, según Andrade, está relacionado con “su enorme diversidad interna desarrollada en torno a las distintas ideas con que se interpreta la ‘actualidad de los dones del Espíritu Santo’”. Se refiere a lo que un observador desprevenido puede llamar un show: milagros, gritos, fieles llorando, convulsiones endemoniados; a todo esto se le conoce como los dones del Espíritu Santo que es un campo de exploración de enorme hilaridad pero que atrae a una cultura de sangre caliente como la latina.

Recuerdo pastores prometiendo que Dios bendeciría el futuro, los estudios, los trabajos y los negocios de todos los fieles que dieran el diez por ciento de sus ingresos a la iglesia: de esta manera asegurarían el crecimiento del reino de los cielos. Hay que decir que en el Antiguo Testamento, Dios le pedía a los israelitas que entregaran el diez por ciento de sus ganancias al Templo, así los sacerdotes y quienes allí trabajaban tendrían un sustento. De esa costumbre, de esa orden, cientos de predicadores hicieron teología y enseñanza. Vi hombres gritando en sus predicaciones, echando babas de exaltación, mientras advertían que era necesario entregarlo todo como un acto de fe, aunque no tuvieras dinero. Tengo amigos misioneros que pasan meses en la selva del Amazonas, o en pueblos donde grupos armados colombianos amenazan a poblaciones enteras en su guerra por la cocaína: allí predican la esperanza del Reino de los Cielos, son verdaderos hombres piadosos que viven con lo necesario y sin lujos. Pero los predicadores que se metían en los bolsillos de los fieles andaban en camionetas lujosas y tenían casas estupendas de dos pisos y baldosas brillantes. Varias veces, cuando salíamos de los cultos, después de entregar la ofrenda, veíamos a esos predicadores partir en sus autos caros, dejándonos la esperanza de una mejor suerte. Que no llegaba. Pero la esperanza vale mucho. Para quienes nacieron con todo en contra en una ciudad latinoamericana la esperanza es tan importante como la comida. Tuve la esperanza de que Dios me rescatara de las necesidades económicas de alguna manera, no sabía de cuál. Alguna vez soñé que sería el gran guitarrista de un grupo cristiano que recorrería el mundo, pero eso nunca sucedió. Sin embargo Jahider, aquel predicador que se transformó en mi amigo, ha viajado por América llevando la Palabra, y yo vi cómo profetas le dijeron que Dios lo convertiría en lo que es, un viajero que lleva las buenas nuevas de salvación. La vida de Jahider siempre fue difícil: abusado de niño, se convirtió en pandillero, tuvo peleas de puñal, vendió drogas en la calle, luego se hizo cristiano y se casó con una mujer hermosa con la que tuvo dos niños. Pasaban pobrezas duras y semanas en las que solo comían lentejas y arroz. En sus sanitarios a veces no había papel higiénico sino papel de periódico. Recuerdo las oraciones que hacían, oraciones llenas de esperanza y reclamos. Nos arrodillábamos en el gran salón de la iglesia —Jahider, su esposa y nosotros, un grupo de diez amigos— y llorábamos y rogábamos a Dios como un niño que pide un juguete, como un bebé que quiere comer. Muchos años después, cuando me hice periodista y viajé a Armenia, Jahider me miró a los ojos y me dijo: “Danielito, Dios cumplió sus promesas, pude viajar por el mundo, estoy llevando el evangelio”.

A la corriente de los telepredicadores millonarios con sonrisa de publicidad de pasta dentífrica, milagreros de grandes shows, se la conoce como carismáticos y es la más expandida por Latinoamérica. Cuando se habla de evangélicos se piensa en ellos. Sus cultos son explosivos, emocionales, e involucran en ellos moda, tecnología, música (rock, rap, reguetón). Los templos resplandecen de luces. La predicación es un mensaje del presente: puedes ser rico, puedes ser bendecido, puedes tener lo que sueñas: lo mereces. Entre los carismáticos, los pastores no suelen estudiar teología. La mayor parte de ellos son —dicen— llamados por Dios y reciben un don para asumir ese cargo, esa virtud. Del otro lado, los bautistas —los evangélicos menos populares— son lo clásico: no tiene brillo, son mesurados para predicar, por lo general la alabanza se lleva a cabo no a toda orquesta sino con un piano y un cantante. Además, muchos denuncian a los pastores carismáticos de abusar de la congregación, los tildan de herejes y de torcer las escrituras a su amaño para hacerse ricos.

El teólogo y predicador estadounidense John MacArthur —murió el 14 de junio de 2025—, un tipo radical que se opuso a las cuarentenas impuestas por el Estado de California para frenar el avance del coronavirus asumiéndolas como una norma que iba en contra del mandato divino de congregarse como comunidad cristiana; un cruzado que tenía en su expresión la gravedad de un físico hablando de agujeros negros o la amabilidad de un vendedor de suplementos alimenticios, ese hombre escribió en un libro trágico y cómico en contra de los carismáticos: “El evangelista Robert Tilton enviaba por correo una ‘moneda milagrosa’ (en realidad una ficha metálica sin valor), prometiendo un ‘milagro financiero’ a los que siguieran sus instrucciones y le enviaran ‘¡un cheque por el mejor donativo posible que pudieran dar!’. Al pie del volante había un ominoso recordatorio escrito a mano: ‘Solo usted y Dios saben lo que es su mejor donativo posible’. (...) “Ese incidente ejemplifica la tendencia carismática a probar la doctrina por la experiencia en vez de hacerlo al revés. Las celebridades carismáticas más visibles e influyentes apenas dan lugar a la autoridad bíblica”.

MacArthur es un defensor acérrimo de la suficiencia total de la Biblia, no cree en mezclas del cristianismo con el mercadeo, la psicología o las experiencias de los creyentes, que para los carismáticos son fundamentales; dice el predicador en su libro Fuego Extraño refiriéndose a los cultos donde la gente se desmaya, llora, ríe, convulsiona o habla en lenguas después de una oración: “La religión, en los últimos tiempos, ha sido más una conmoción de las pasiones, que un cambio en el estado de ánimo de la mente”. En un sermón del mismo nombre, MacArthur dice que el movimiento carismático es hereje: “Sí, hay personas en el movimiento carismático que conocen la verdad, que aman la verdad, que son ortodoxos en el Evangelio, y heterodoxos en el Espíritu Santo; no todos ellos son herejes, pero lo repito, la contribución de la verdad a personas en el movimiento, no viene del movimientos sino que viene a pesar del movimiento (...) Pero, por otro lado, el movimiento carismático está lleno de gente incrédula, personas que no conocen a Dios, personas que están involucradas por razones carnales, deseos carnales y experiencias emocionales”.

Quizá aquí radica la diferencia brutal entre los carismáticos y los bautistas: en los primeros no hay fe sin experiencia, y no importa que esa experiencia esté por fuera de la doctrina bíblica: es muy importante hablar en lenguas, hacer milagros o tener prosperidad económica. En los segundos, la fe solo se basa en la escritura, en la Biblia, nada puede contradecirla.

Con el grupo de jóvenes de la iglesia teníamos nuestros pequeños experimentos: orábamos e imponíamos las manos en la frente, como tratando de transmitir la unción —como se le conoce “al toque” del Espíritu Santo—, y a veces algunos terminaban en el piso; varias veces demonios hablaron a través de las personas, y no sé por qué esos endemoniados desarrollaban una fuerza superior y, muchas veces, terminaban vomitando líquidos que hedían. Ver esas señales, esas manifestaciones, era como subir al Monte de Sion y bajar como Moisés con las tablas de la Ley.

***

En un informe publicado en 2014 por los consultores en comunicación y asuntos públicos Llorente y Cuenca, se revela que en 1960 en América Latina había siete millones de evangélicos, pero la cifra se multiplicó: en 1990 eran ya treinta y siete millones y en 2014 más de ciento siete millones. Entre las razones que explican el crecimiento —detalla el informe— se cuenta que las iglesias tienen pastores cercanos a la gente y los líderes son muy carismáticos. “Al interior de cada iglesia la estructura es fuertemente piramidal pero con la suficiente capacidad, flexibilidad y autonomía para adaptarse a las circunstancias concretas de cada región o país. El pentecostalismo apela a la parte irracional, sentimental y experimental de los individuos, utiliza con soltura las lenguas autóctonas (de ahí su éxito en la penetración entre los sectores rurales indígenas), así como el lenguaje común para acercarse a sus seguidores. Sus estrategias se basan en el marketing, en especial las curaciones, la utilización de la música en las ceremonias o el acento que ponen en la oralidad y en las prácticas populares tradicionales. Su prédica tiene especial éxito entre sectores antes no tenidos en cuenta como las mujeres, los indígenas y los pobres”.

Llegar a una iglesia, cuando se ha tenido poco, es ver una luz. Cada fin de semana yo anhelaba encontrarme con los hermanos, los amigos, el culto con la alabanza y las oraciones en las que te animaban a que lanzaras tu espíritu a “un nuevo nivel”, eran una especie de droga dura. Fueron muchas las veces en que salía de casa, donde mi padre revelaba que tenía una nueva deuda impagable, o donde escuchaba que otra tía tenía un cáncer que le devoraba la entraña, y en la iglesia encontraba un lugar de descanso: la música me señalaba una esperanza y los amigos, que no podían hacer nada, oraban conmigo y proponían ayunos. Muchas veces entre todos comprábamos víveres para suplir las necesidades de los demás.

Nuestros encuentros alrededor de la Biblia eran un reto académico: estudiábamos la historia del pueblo judío, el pastor nos enseñaba hermenéutica Bíblica —ejemplo: Lucas era un periodista, un hombre que nunca conoció a Jesús, y para escribir su evangelio entrevistó a Pablo y a Marcos—, aprendíamos a interpretar los libros proféticos como Isaías y Apocalipsis, memorizábamos capítulos enteros. Así como quienes se reúnen para hablar de literatura o de rock o de drogas, nosotros también teníamos nuestros temas. Sin embargo, todo cambiaba cuando llegaba un predicador invitado a la iglesia. Así funciona: hay predicadores internacionales que hacen giras por algunos países, y llevan profecías, oraciones, milagros. Entonces el ambiente se llenaba de misticismo, las reuniones se llenaban de gente que quería saber el futuro o recibir alguna sanidad. Tuve una amiga que se sanó de displasia de cadera y hasta hoy me pregunto cómo pudo suceder.

Pero en esos ambientes donde el poder, dizque divino, es ostentado por un solo hombre o una sola mujer lo que puede imperar es la manipulación. Dice el sociólogo colombiano William Mauricio Beltrán Cely que, si se tiene como maestro espiritual a alguien que se equipara con Dios, que se convierte en su vicario, en su portavoz, ya no se está en una iglesia sino en una secta. En el libro Del monopolio católico a la explosión pentecostal, Beltrán Cely explica que, para el creyente, el líder de iglesia, el hombre que pasa por patriarca-profeta-apóstol, no es solo un maestro sino una especie de Dios que valida su poder con pruebas, por esto “el líder carismático necesita validar y revalidar constantemente su autoridad, debe mostrar evidencias de sus cualidades extraordinarias. Razón por la cual estos movimientos mantienen por lo general una oferta de milagros y exorcismos”. Quien los ve hacer sus prodigios —siempre envueltos en duda— siente a la vez fascinación y terror. O eso me pasaba a mí. Yo quería tener ese poder, pero al mismo tiempo lo temía. Temía que leyeran mi mente y conocieran que era un pecador más.

Dice Beltrán Cely en su libro: “El líder carismático o profeta no se distingue de los laicos por su nivel educativo, formación profesional ni tradición sacerdotal, sino por su autoridad natural o carisma, y su éxito depende de su capacidad para atraer fieles que lo certifiquen. Por esta razón, el líder carismático debe ‘conquistar’ y ‘reconquistar’ constantemente la fidelidad de los seguidores que constituyen su secta. Así, se ve presionado a dar muestras de su poder sobre las enfermedades y los demonios”. Así como millones en el mundo quieren ser como el futbolista Cristiano Ronaldo, o como Brad Pitt, en las iglesias carismáticas el máximo deseo no es seguir a Jesús sino al pastor.

Dice el estudio de Llorente y Cuenca que después de los años ochenta esas iglesias carismáticas se especializaron en evangelizar a la clase media: universitarios, profesionales y empresarios. “Las nuevas iglesias ofrecen servicios espirituales, pero también acceso a la salud, ayudan a sus miembros a abandonar el alcoholismo y la drogadicción y son espacios de refugio comunitario frente a la crisis de la familia tradicional. Se han agrupado en torno a liderazgos carismáticos, que manejan de forma empresarial sus iglesias y tienen como una de sus señas de identidad la construcción de grandes templos, además de escuelas, colegios y universidades. Su capacidad de adaptación ha incluido una rápida entrada en los novedosos sistemas de comunicación desarrollados desde los 90: páginas web, estaciones de radio, canales de televisión que se han unido a la amplia infraestructura con colegios, librerías, cafeterías, estudios de grabación. Mantienen un culto musicalizado que apela a las emociones, con curaciones físicas y prosperidad económica. Las organizaciones cristianas más exitosas cuentan con sedes en otros países y se han convertido en empresas multinacionales”.

***

La fe más radiante iluminó mi vida entre los 16 y los 23 años, cuando estaba en la universidad y vivía en aquella pequeña ciudad, Armenia. No recuerdo otros años más felices. Cuando tenía 17 tuve un grupo de estudio bíblico, unos veinte muchachos que no reuníamos para leer la Biblia y orar. Me hice guitarrista de dos grupos de rock, uno que tocaba heavy metal y otro que sonaba ska y hard core. Con el segundo, que se llamaba Arteria, tocamos en los barrios más peligrosos de ciudades como Bogotá y Cali, donde la gente nos recibía con asombro pues no podían creer que evangélicos tocaran música fuerte y pudieran llevar crestas en el pelo. Tuve novias con las que no tenía sexo, lo cual era una pesadilla. Me convertí en una especie de pastor de jóvenes, predicaba los sábados para un grupo de unos cincuenta muchachos, oraba por ellos y sentía como si fuera el envase de una revelación. También prediqué varios domingos a la congregación en pleno. Y escuché profecías de supuestos profetas que llegaban desde otros países y nos hablaban de un futuro mejor, decían que en un número determinado de meses podríamos pagar la deuda que la iglesia tenía con el local en el que funcionábamos, o que pronto viajaríamos a Estados Unidos llevando el mensaje de Salvación. Ninguna de esas profecías se cumplió. Empecé a prestar atención a las paradojas: ¿cómo era posible que Michael, un misionero gringo de casi dos metros de altura, con unos tenis tan caros que podían pagar un mes de alimentación a una familia, llegara a orar por nosotros, colombianos pobres? ¿Cómo era posible que Freddy Rodríguez, un cantante desafinado y bastante famoso, pidiera alojarse en un hotel de cinco estrellas y pedir botellas de agua mineral costosísimas cuando venía a dar un concierto para “bendecir a la iglesia”? Se trataba de un sistema desigual en el que los poderosos no decían que habían trabajado duro: decían que Dios los había bendecido. Pero Dios los había bendecido con el dinero que los pobres diezmábamos en la iglesia —que el problema no es el diezmo, es quienes meten la mano en él— Cuando lo entendí, fue como abrir los ojos en agua salada.

Quise saber si la Biblia respondía a las dudas que crecían en mí como la maleza y ahogaban la fe. Era la época en que los blogs se extendían por internet y encontré uno que se llamaba morirporlaverdad.blogspot.com, lo escribía una pareja de argentinos bautistas que con humor señalaban las extravagancias de esos predicadores millonarios, decían que los últimos hombres que habían recibido revelaciones eran los apóstoles Pablo y Juan. Había decenas de blogs y páginas en redes sociales que denunciaban lo mismo, todas comandadas por evangélicos activos que protegían su fe. De golpe encontré que por años había sido engañado, pero no por la Biblia, sino por un sistema donde la fe era un producto cuyos vendedores nos cobraban a los fieles por una dosis de esperanza. Éramos adictos a esa esperanza, la necesitábamos. Esa revelación coincidió con un momento en el que tuve que abandonar Armenia y viajar a Medellín para empezar a trabajar como periodista. Irme fue como abandonar un órgano vivo, como dejar el hígado sobre un platón de metal. Pasé seis meses de espanto y no logré encontrar una iglesia como Nuevo Camino. Los kilómetros cortaron con todo como un hacha: la iglesia, las bandas de rock, los amigos. Empecé a trabajar en la redacción de un periódico local, El Mundo, y era muy pobre. Ya no podía ir a ninguna iglesia porque no tenía tiempo. Empecé a ver mejor el control que habían ejercido sobre mí los pastores, a quienes les había contado mis pecados y debilidades. Aunque no dejé la Biblia y de vez en cuando escuchaba predicaciones bautistas, nunca me he vuelto a sentir como en aquellos años de la juventud, lleno de un fuego vivo que me consumía. Lo he intentado: he vuelto a tocar en algunos grupos de alabanza y amigos de aquellos años me invitan para grabar guitarras en sus proyectos. Yo lo hago y no dejo de sentir un agradecimiento enorme con Dios, pero todo parece un eco de lo que viví en la juventud. Soy creyente, y sin embargo no me interesan las iglesias, los sistemas, los pastores.

Aún retumba en mí el Salmo 139: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Sol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre”. No he leído nada tan bello ni tan pavoroso.

Aun temo que Dios me castigue y me envíe desde el cielo un cáncer terminal, una gripa moderna o, peor aún, mate a alguien que amo. Vivo con la voz de los versículos bíblicos en la cabeza: “Pero si no cumplen su palabra, entonces habrán pecado contra el Señor y estén seguros de que su pecado los alcanzará”. O eso que dice san Pablo: Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo. Tengo la certeza de que Dios me mira desde su trono con desaprobación y que lleva en una libreta anotado todo lo que he hecho. Soy —¿fui?— cristiano. Nunca se vuelve de una fe profunda y practicada. En las iglesias a las que voy mientras escribo este texto soy un espía que ejerce el fuego amigo.

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Una voz, una visión, una convulsión, una risa histérica, un llanto profuso. El Espíritu Santo, su manifestación —dicen ellos—, puede ser todas esas cosas. El Espíritu, dice el pastor Ricardo Rodríguez, fue el que lo visitó una noche de diciembre de 1992 cuando él, encerrado en su cuarto, oraba con fervor y escuchó una voz, tuvo una visión, una epifanía, un llanto de revelación como si hubiera descubierto la vida, su secreto.

El pastor Rodríguez creó y dirige una de las iglesias más grandes de Colombia y del continente: Centro Mundial de Avivamiento, con una asistencia de más de cincuenta mil fieles. Está ubicada en Bogotá, donde hay más de mil quinientas iglesias evangélicas, y es un punto de referencia en una de las capitales más caóticas del mundo: nadie necesita decir la dirección exacta cuando se sube a un taxi, sólo dice que va para la Iglesia Avivamiento y el taxista responde de inmediato que sabe bien dónde queda y que alguna vez fue y que sintió el llamado de una voz en su cabeza y conoció el efecto narcótico de lo que —le dijeron— era el Espíritu Santo. Es una mañana de domingo de 2021 en el Aeropuerto Internacional Eldorado, y el taxista dice conozco, dice fui.

El pastor Ricardo Rodríguez se hizo famoso en Colombia por tener un programa de televisión en el que transmitía jornadas de milagros que ejecutaba en el nombre de Jesucristo. Algunos de esos milagros eran evidentes: hombres en sillas de ruedas que caminaban, fieles que decían haber superado un cáncer terminal. Rodríguez tiene cara de niño compungido o de niño juguetón, su voz es aguda y viste ahora saco y pantalón negro, y una camiseta amarilla que le hace juego con tenis de una marca que parece Balenciaga. Con los años de predicación y su fama creciente, pasó de vestir muy formal —de corbata y zapatos elegantes— a levemente deportivo, como un italiano refinado. Son las nueve de la mañana y el primer servicio dominical de la Iglesia del Avivamiento va por la mitad. Minutos antes yo me había bajado del taxi en la parte trasera de la iglesia para llamar a Julián Villalba, director de comunicaciones, que contestó rápidamente y dijo: “¿Usted viste de saco azul y jeans?”. Me había visto desde su oficina gracias a las decenas de cámaras que rodean el templo. Aunque no hay guardias de seguridad armados —como suele haber en centro comerciales, almacenes e incluso hospitales—, todo se protege con celo. Villalba salió por una gran puerta. Tenía auriculares de comunicación interna, como un actor interpretando a un agente del FBI.

Adentro, mientras se desarrolla el culto —el pastor Rodríguez habla desde el púlpito a un volumen extremo, la música suena muy alta, en armonía melancólica y trepidante— todo es oscuro y la luz solo proviene de las puertas que dan al exterior o de la pantalla LED de más de cuarenta metros de ancho en la que se proyectan imágenes de llamas, letras de canciones evangélicas y retratos de los pastores Ricardo y María Patricia Rodríguez (todas las parejas de pastores latinoamericanos están ligadas por el apellido del varón, se presentan como dice la Biblia: como una sola carne), acompañados por frases como “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, “Un avivamiento en el corazón” con las que buscan motivar, insuflar esperanza. La iglesia es un gran salón que no tiene referencias sacras. Funciona en lo que antes eran diez bodegas industriales y ahora parece una discoteca, un centro de eventos, el estudio de grabación de una película: hay una decena de cámaras, grúas, rieles, micrófonos, consolas. Debe haber más de diez mil personas —todos con tapabocas— que levantan las manos, cantan, oran, lloran. En un salón paralelo los niños estudian la Biblia, saltan, corren, se ríen con los profesores. En una pared lateral hay un gran mural en el que aparece un Jesús en técnica de animación de Cartoon Netwok.

Villalba habla de la iglesia con orgullo. Damos diez pasos y señala un grupo de rescatistas, un grupo de paramédicos, un punto de vacunación contra el coronavirus que fue instaurado por el gobierno de la ciudad. Además, dice que tienen un call-center con más de trescientos voluntarios en el que reciben llamados de personas desesperadas que necesitan ayuda, que piden oración. Muchas viven depresiones aniquilantes, otras están llenas de deudas con los bancos. A estas personas las escuchan, les muestran que, en un mundo sin respuesta, sin amor, sin bondad, existe el amor supremo de Dios. Así, se involucran en la iglesia, son discipulados y, muchas veces, hasta encuentran un mejor empleo porque los hermanos en la fe los ayudan. Bogotá es una ciudad donde el cuarenta por ciento de la gente vive en la pobreza.

Mientras Villalba hace el recorrido y me guía, el pastor Rodríguez sigue hablando desde una tarima de unos treinta metros cuadrados. Detrás de él están su esposa y su hijo Juan Sebastián, segundo pastor de la iglesia: la iglesia es un legado, una herencia. Villalba se encamina hacia un lado de la tarima. Un hombre de vigilancia privada nos permite entrar y quedamos tras bambalinas. Subimos unas escaleras hasta las oficinas donde hay un centro de control de transmisión en vivo: consolas, computadores, pantallas. Cerca de veinte mil personas ven el culto en vivo por Youtube. Desde el escenario, Ricardo Rodríguez dice que el evangelio exige de los discípulos una entrega total, que en el Reino sólo son aptos los decididos. Al puesto de control la voz llega exaltada por unas consolas de sonido profesionales. Es una oficina espaciosa donde hay técnicos y corretean los hijos de las parejas más cercanas a la familia pastoral, un mundo paralelo: mientras en la iglesia los fieles lloran, aquí se toma café.

Villalba se sienta y dice que lleva veinte años allí, que lo conoce todo:

—Aquí llegué siendo un muchacho, era muy joven. Aquí conocí a mi esposa. Aquí conocí al Espíritu Santo. Todo lo que ves —señala el edificio, los equipos caros, la multitud que resuena en un cántico— es gracias al Señor.

En un momento, se quita el audífono porque algo lo desconcentra y le pregunto qué sucede y me pregunta si quiero escuchar, y quiero. Hay dos canales. Por el primario se escuchan las canciones que interpretan cerca de cuarenta músicos que están ubicados a la derecha de la plataforma, encerrados por módulos acústicos —nunca paran de tocar— y la voz del pastor Rodríguez que ora con fervor, casi a punto de llanto; el segundo canal se escucha más fuerte: habla el hijo del pastor, da instrucciones claras a la orquesta: “Vamos tocando suave, suave, suave... Vienen palabras motivadoras, vamos subiendo la música in crescendo”.

—Así la gente es más tocada por el Espíritu Santo —dice Villalba convencido.

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A las nueve de la noche, Bibiana Astrid Ortega Gómez se dispone a atender una entrevista después de un día de clases universitarias. Es politóloga, magíster en sociología y doctora en ciencias políticas. Dice que es católica practicante y toda su vida académica ha girado alrededor de las prácticas cristianas o evangélicas, ha publicado libros e investigaciones académicas como Lo imposible es real: Apuntes en torno a la participación del MIRA en el campo político colombiano, De Movimiento Religioso a Partido Político: El caso del Movimiento Independiente de Renovación Absoluta MIRA. Hablamos y me cuenta cosas que entre los evangélicos son moneda de cambio: que Billy Graham fue el gran predicador gringo del siglo pasado y que tuvo relación política con George Bush; conoce los milagros de Benny Hinn; puede distinguir la teología premilenialista y posmilenialista; sabe que los bautistas son rígidos y solemnes, que predican la Biblia desde la hermenéutica más pura; y que los pentecostales —neopentecostales o carismáticos— son flexibles, visten a la moda, sus pastores son ricos y predican exponiendo sus propias historias. Asegura que muchos llegan al evangelismo porque sufren un estado de anomia, personas que no se acoplan a la comunidad primaria.

—Los pobres vieron en los años sesenta y setenta como su opción preferencial a los evangélicos. Los tenían muy cerca. Por eso al principio las iglesias están en barrios difíciles y pobres, porque allí estaba toda la población que los escuchaba, y esa población eran campesinos recién llegados a la ciudad que echaban de menos la relación que tenían con los sacerdotes en los pueblos —dice Ortega Gómez por una llamada de Zoom.

—Pero ahora las iglesias están en todas partes, son muy fuertes en la clase media.

—La iglesia evangélica creció mucho en los años noventa. Eso se debe también a que los cultos se volvieron más atractivos. Los cultos pentecostales o carismáticos te pasan por todas las emociones. Tu pasas por todos los estados de ánimo: pasas de ser el pecador más grande del mundo al hijo más amado y salvo. En Latinoamérica somos muy emocionales y eso influye. Además, la predicación le da esperanza a la gente, le pone un futuro mejor por delante. También la iglesia se vuelve un club, porque en la iglesia Católica tienes solo la eucaristía los domingos, pero los evangélicos tienen talleres, retiros espirituales, cultos entre semana, paseos.

—Y las iglesias como estructura física son espacios bonitos.

—Absolutamente, se parecen a un mall. Yo puedo decirte: te doy una entrevista en el café de la Iglesia Su Presencia, de Bogotá. Y allá nos tomamos un café, comemos una torta, tenemos la librería, la tienda de discos, puedes comprar vasos, pocillos, llaveros, camisetas y, quizá, si empieza un culto, puedes estar ante un gran concierto con el mejor sonido y los mejores músicos.

—¿Cómo llega la iglesia a la política?

—Cuando los pastores empiezan a predicar que el Reino de Dios se puede vivir en la tierra, se empiezan a preocupar por la política. Dicen: “Hay que cuidar a la familia tradicional, hay que tener cuidado con el feminismo y los homosexuales”. Es ahí, cuando ven esos principios en riesgo, que buscan ocupar cargos de importancia política, porque ellos se sienten llamados a administrar la tierra, a que la Biblia oriente a los presidentes.

Cuando se pertenece a una iglesia, uno siente que no necesita nada más. Como dice Ortega, la iglesia también es un mall, un lugar donde te diviertes. Donde los gobiernos municipales hacen vacunaciones, campañas de salud. El académico William Mauricio Beltrán Cely, quien fue criado en un hogar evangélico recordó —en una entrevista que le hice por Zoom— cómo en su infancia se sintió menospreciado porque no había sido bautizado. Por esos años, en Colombia el bautismo era un requisito para obtener la Partida de Nacimiento. Dijo Beltrán Cely: “Al principio los evangélicos estaban muy al margen, porque la Iglesia Católica era la religión oficial, luego eso cambió y las iglesias cristianas se convirtieron en un lugar para ejercer como ciudadano, donde la gente aprendió de derechos porque algunos políticos iban allí a buscar votos y mostraban cómo funcionaba el Estado”.

Pero las iglesias van más allá de la expresión política. La política solo aparecía —en mi caso, en lo que recuerdo— en épocas de campaña. Beltrán Cely en su libro Del monopolio católico a la exposición pentecostal escribe: “La abundancia de expresiones de afecto en los cultos pentecostales, como abrazos y besos, constituye otra evidencia de la importancia que tienen las emociones en el movimiento pentecostal. Estas prácticas delimitan un ‘erotismo de lo permitido’ dentro de las congregaciones, pero además cumplen una función psicológica, ya que los fieles encuentran en las congregaciones pentecostales ‘familias sustitutas’ a través de las cuales suplen sus carencias afectivas”. Siempre está la idea de que la verdadera familia es la espiritual, la que durará para siempre.

Los pobres, esos pobres que éramos entonces mis amigos y yo, que no teníamos más que el estudio y la iglesia, no podíamos expresar dolor o sufrimiento, sólo teníamos que aguantar. Entonces apareció la iglesia, que es un lugar natural del llanto y de la queja: podíamos llorar y orar por nuestras desdichas, por nuestros hogares hechos trizas y allí alguien nos escuchaba, nos brindaba ayuda. Cely dice en su libro: “Las comunidades de base exigen a sus seguidores un alto compromiso político, lo que se traduce en una nueva carga psicológica y en una nueva responsabilidad social para personas acosadas ya por la urgencia de sobrevivir. En contraste, las congregaciones pentecostales constituyen espacios de catarsis y desahogo emocional. Todas estas razones permiten comprender por qué (...) el pentecostalismo se extendía”.

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Durante cuatro años he buscado al pastor César Castellanos. Fui a su iglesia tres veces —vi el grupo de alabanza, cuya puesta en escena parecía la de un concierto de Coldplay, vi cómo en 2018 les pedían a todos los asistentes que votaran en las elecciones parlamentarias por Claudia Castellanos, quien finalmente ganó siendo la cabeza de Cambio Radical, un partido político conocido por sus escándalos de corrupción—, hablé con su asistente, hablé con el equipo de comunicaciones de su esposa senadora. Todos prometieron, todos aseguraron. Pero nunca nos vimos. No hay nadie más poderoso en el mundo cristiano en Colombia. Su historia es bien conocida. Es la historia del hombre que cambió la iglesia moderna, que la convirtió en una maquinaria que produce libros, discos de gran calidad. Fue quien vio que las pequeñas congregaciones podían ser de miles.

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Años después de haberse convertido al cristianismo, César Castellanos llegó a compararse con José —según la Biblia, el hijo de Jacob, el gran patriarca de Israel, vendido por sus hermanos terminó preso en Egipto para luego convertirse en un gobernante poderoso—, y contó su historia como la de un nuevo José, un nuevo hijo de Jacob lleno de sueños.

El Dios de la Biblia se ha aparecido de muchas maneras: como un silbido, como una llama que no cesa y no quema la zarza en la que arde, como una columna de fuego. Su última aparición fue en el cuerpo de Jesucristo, quien se autoproclamó el Dios vivo. Después de eso, sólo dos personas pudieron verlo como manifestación divina: el apóstol Pablo y Juan, exiliado en la isla de Patmos, que lleno de fiebre vio el Gran Trono y al Cordero y doce ancianos y cuatro seres vivientes y el cielo y la tierra pasados por fuego. Fin.

César Castellanos tenía dieciocho años y un profesor de filosofía le dijo que Dios no existía, que después de leer y estudiar la Biblia no podía concluir otra cosa. Castellanos, creyente, se conmovió porque nunca había estudiado la Biblia y esa noche se dedicó a leerla empezando por el Génesis: la creación, el arrebatamiento de Enoc, Noé y el arca, Abraham y su esposa estéril. Pasados los meses quiso “tener un encuentro cara a cara con Jesús” y una noche oró: “Jesús, yo no te conozco, no sé quién eres, pero si en verdad existes y eres ese Dios Todopoderoso del cual habla la Biblia, aquí estoy, cámbiame, transfórmame, haz algo conmigo, lo que tú quieras ¡pero que sea ahora!”. Pasaron unos minutos y, cuando Dios parecía haberlo ignorado, una luz intensa atravesó la puerta y se posó a su lado. El joven Castellanos sintió el ardor de una gran fogata. Años después escribió, preguntándose, si eso mismo habría sentido Moisés cuando Jehová se le apareció en la zarza ardiente. Pero no: se sabe que Moisés apenas pudo tartamudear, dudar. Llegó a sentir Castellanos que sólo dos personas ocupaban la tierra: “Dios en su magnificencia” y él “en su pequeñez”, y sintió espanto al saberse delante del Creador y le pidió perdón: “¡Señor, no soy digno de ti, apártate de mí, no te merezco pues soy un sucio pecador! ¡Perdóname!”. Después de narrar sus pecados, Castellanos sintió que una mano abierta le penetraba la cabeza y descendía hasta sus pies y así desaparecieron la culpa y los pecados de joven, y al final sólo quedó una alegría honda.

El pastor se convierte —gracias a la fuerza de su relato— en un patriarca, alguien a la altura de un sujeto fundacional de una religión: Abraham, Moisés, hombres que escuchaban la revelación de Dios directamente, como si se tratara de sentarse en la sala y tomar café.

Así nació la Misión Carismática Internacional (MCI), quizá la iglesia evangélica colombiana más poderosa de todos los tiempos, la pionera en influir en la política colombiana y la primera en la que los políticos buscaron votos. En febrero de 1983, cuando estaba de vacaciones en una playa, César Castellanos escuchó la voz de Dios. Eso dice en su libro Sueña y ganarás el mundo: que Dios le habló durante cuarenta y cinco minutos y, resumiendo, le dijo: “Sueña con una iglesia muy grande porque los sueños son el lenguaje de mi espíritu”. Por entonces, el joven pastor César Castellanos llevaba nueve años de ministerio y su iglesia no pasaba de ciento veinte personas, así que estaba inquieto porque quería ver multitudes como las que había visto Pedro en su primer sermón después de la ascensión de Cristo al cielo, sermón en el que se convirtieron cinco mil personas. En esa supuesta conversación de 1983, Dios le hizo a Castellanos una promesa casi igual a la de Abraham: “La iglesia que tú pastorearás será tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar que de multitud no se podrá contar”. Como quien dice que Castellanos sería de ahí en más el nuevo patriarca. La promesa tuvo algo de cierto porque en 2003 tenía una iglesia que llenaba tres veces, en un domingo, el Coliseo El Campín: a cada culto asistían veinte mil personas. Todos los pastores de Colombia quisieron conocer el secreto del pastor Castellanos, que cuando finalizaban los años noventa era todo un éxito. Así expandió su estrategia por muchas iglesias: cada miembro debía conseguir doce discípulos a los cuales instruir en reuniones hogareñas una vez a la semana, cada uno de esos doce discípulos debía multiplicarse en otros doce, en un sistema que hasta el día de hoy exige informes mensuales de asistencia, control total sobre las enseñanzas y una exigencia en cumplimiento de metas. Castellanos llamó a esa estrategia La Visión, y decía que era la voluntad de Dios para esos tiempos: la única manera de tener iglesias llenas era el cumplimiento fiel del mandamiento que había dejado Jesús antes de ascender al cielo: predicar a todas las personas que Él era el Señor. La estrategia no era gratuita, incluía la venta de cartillas, discos, conferencias y, por supuesto, las ofrendas. Castellanos sufrió un atentado a principios de los años 2000, al parecer de la guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), y tuvo que salir del país. Su esposa Claudia fue embajadora del gobierno de Álvaro Uribe Vélez en Brasil. Allí, la Misión Carismática Internacional creció aprovechando el auge de los evangélicos, donde según un informe del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, el crecimiento ha sido exponencial, pues en 1940 eran el 2,7 por ciento de la población, en 1990 el 9 por ciento, en el año 2000 llegaron al 15,4 por ciento y, finalmente, en 2020 llegaron al 22,2 por ciento. Hoy César Castellanos tiene una iglesia de unas trescientas mil personas solo en Bogotá y propiedades en Colombia y Estados Unidos, su esposa e hijas ocupan cargos políticos mientras él se dedica a dirigir las iglesias.

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En 2004, César Fajardo era copastor en la iglesia de César Castellanos. Era más exitoso que Castellanos, pues estaba encargado de dirigir al grupo de jóvenes, unas cuarenta mil personas que se reunían en un coliseo, hacían dos reuniones todos los sábados. Fue en mi adolescencia un ídolo, idolatraba a un tipo que vestía de corbata y saco, que salía en todas las fotos con su mujer. Hablé con Fajardo en Bogotá un sábado de 2018, cuando las elecciones presidenciales de Colombia se definían entre el exguerrillero Gustavo Petro y el derechista Iván Duque, dos años después de que los evangélicos influyeran —haciendo campañas en redes sociales y púlpitos— por el “No” en una consulta popular que buscaba refrendar el acuerdo de paz del Gobierno colombiano con las FARC, después de cincuenta años de guerra. Fajardo se me presentó en el segundo piso de su iglesia, mientras la alabanza ensayaba canciones para el culto que más tarde vería; tenía una voz suave, apacible, como un hombre común y corriente. Quise saber su historia, cómo fue pastorear —dominar— la iglesia de jóvenes más famosa de principios de finales del siglo pasado y principios de este.

—Cuando nació el grupo de jóvenes de la Misión Carismática yo tenía 27 años. Eso era 1989, eran 50 jóvenes. Diez años después llegamos al coliseo, éramos más de diez mil. Hacíamos conciertos con grupos de rock de Estados Unidos, grupos de metal, pero las otras iglesias nos miraban mal. En esos conciertos se convertían al cristianismo ochocientos, novecientos, mil jóvenes. Nos sorprendió la cantidad de gente que se estaba convirtiendo. Una señal para mí de que estábamos haciendo cosas distintas fue que dos gringos se me aparecieron en la iglesia porque les dijeron que ahí estaba el Espíritu Santo. En ese momento empezamos a viajar a todo el continente. Era 1999, y enseñamos a crecer por medio de grupos de enseñanza en las casas, cada persona de la iglesia debía procurar tener doce discípulos bien consolidados y esos doce cada uno otros doce.

—Se volvieron famosos.

—Cuando yo pasé de cincuenta mil jóvenes me creía la vaca sagrada del país. Fueron momentos muy satisfactorios, que dan mucha alegría. Entonces los encuentros para mí eran lo máximo, ver gente transformada. Crecimos mucho hasta que al pastor Castellanos le hicieron un atentado y yo me quedé a cargo de la iglesia.

—Por esa época era presidente Uribe. ¿Usted lo conoció?

—Él había ido a pedir oración a la iglesia cuando estaba en campaña. Luego, cuando fue elegido presidente de la República yo lo discipulaba en la Casa de Nariño —casa del Gobierno colombiano—, le enseñaba la Biblia.

—¿Eso los hizo sentir poderosos?

—Yo me cuidaba mucho, no quería mezclar las cosas de Dios con lo profano. Sí llegamos a un punto donde teníamos un monopolio, nosotros pasábamos por encima de cualquiera. A veces yo iba donde pastores que me decían que su iglesia no podía crecer y para mí eso era incongruente. Dios me dijo que eso estaba mal. Entonces tuve diferencias con el pastor Castellanos, porque él quería imponer La Visión en todas las iglesias y yo me di cuenta de que eso estaba mal. Después de un tiempo me vi obligado a irme, me lo quitaron todo. Estuve en Estados Unidos un año y volví para empezar Sin Muros, así se llama esta iglesia.

—Usted estaba muy cerca de un presidente de la República, ¿cree que la iglesia evangélica debería estar metida en la política?

—En cuanto a la política, la iglesia duró mucho tiempo dormida. No todos pueden ser pastores. Yo tengo mi llamado a ser pastor, y me gusta. En el cuerpo de Cristo cada uno tiene que cumplir su función. Indiscutiblemente hay hermanos llamados a esto, a defender valores y principios dentro del espacio político. La iglesia tiene que defender ahora valores como el tema de la vida, de la familia, de la libertad de culto y los pastores tenemos que votar por eso y tal vez educar a la iglesia para que vote, pero necesitamos elegir personas que tengan la capacidad de representarnos en esos espacios.

—Pero Jesús dijo que su reino no es de este mundo

—La Biblia habla sobre cómo gobernar. Duré casi dos años con el presidente Uribe en su primer mandato y nos reuníamos los lunes y yo le enseñaba Biblia y principios sobre gobierno, yo le enseñé a él cómo gobernó David. No puedo asegurar al cien por ciento que haya escuchado todas las enseñanzas o que las haya puesto en práctica, pero yo enseñaba lo que la Biblia dice. En alguna ocasión me hizo una pregunta sobre los embarazos de las niñas adolescentes y yo le hice una explicación de cómo la situación estaba, desde el punto de vista de la Biblia, de no fornicar, y a las pocas semanas salió y dijo que “ese gustico había que dejarlo para el matrimonio”. Uno veía que lo que uno compartía él lo utilizaba, no puedo decir que todo.

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Los megapastores, aquellos que tienen iglesias de más de cinco mil personas, suelen estar envueltos en negocios millonarios. Por ejemplo, Jesse Duplantis es conocido como el pastor más rico del mundo, vive en de Luisiana, Estados Unidos, y se calcula que su fortuna es de unos 300 millones de dólares. El pastor guatemalteco Cash Luna tiene un avión privado, un templo de 45 millones de dólares y una iglesia de unas veinte mil personas. En Colombia, el caso de Claudia Castellanos fue publicado por el portal Cuestión Pública. Allí se reveló que su patrimonio líquido era cercano a un millón de dólares, y tenía al menos dos propiedades en Estados Unidos, una de novecientos ochenta mil dólares y otra de dos millones quinientos mil. “Los Castellanos están relacionados con al menos 23 negocios, entre empresas, corporaciones y sociedades, ubicadas entre Colombia, Estados Unidos y Brasil. Cuestión Pública encontró que la familia de la senadora se dedica, principalmente, a actividades de difusión de contenidos, en radio, televisión, editoriales o disqueras, y a la creación y desarrollo de eventos y conferencias. También están involucrados con el negocio inmobiliario, de hidrocarburos, cultivo y comercialización de café y prestación de servicios de salud”.

En 2019, el diario El País, de España, publicó el artículo Los evangélicos despliegan sus tentáculos en Brasil, cuyo autor dice que en el Congreso los religiosos ya se cuentan por decenas: “Cuentan con 71 diputados (de un total de 513) y media docena de senadores, que son capaces de influir en los demás grupos. Están presentes en 16 de los 25 partidos y poseen tres propios. Esta fuerza política se deriva en parte de que sus fieles, al revés, por ejemplo, que los católicos, obedecen las consignas de voto de los pastores en elecciones. Así que todos los partidos, hasta los progresistas, buscan candidatos evangélicos. Es tal su fuerza en las campañas que todos los candidatos a las presidenciales tienen que rendirles pleitesía por laicos que sean y hacer pactos con ellos si quieren asegurarse la victoria. Hasta la expresidenta Dilma Rousseff tuvo que asegurarles que si salía elegida no propondría ninguna ley del aborto. Políticos de peso y abiertamente agnósticos frecuentan en campaña templos evangélicos, a veces de noche, para ser bendecidos por los pastores más influyentes. Saben que dichas iglesias dirigen entre el 65% y el 80% de votos a sus candidatos favoritos”.

Los pastores evangélicos son intocables a los ojos de sus congregaciones. Ante la menor crítica, sacan a bailar un versículo fuera de contexto. Si son ricos, hay miles de pasajes como el de Números 6:24 donde está la bendición sacerdotal, que aseguran que el favor de Jehová es para los escogidos; si son acusados de robo o de manipulación, dirán, como en Mateo 5:10, que son perseguidos por causa del evangelio; si son acusados de lavado de activos, de recibir el dinero de criminales o de una riqueza dudosa, se defenderán con el pasaje de Proverbios 13:22: la riqueza del pecador será para los justos.

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Es un domingo de septiembre de 2021. En el Centro Mundial de Avivamiento se acaba el primer servicio dominical y son las diez de la mañana. El pastor Ricardo Rodríguez hablará conmigo. Julián Villalba continúa guiándome por los pasillos internos de la gran bodega y detrás de una puerta salimos a lo que parece una cocina. Hay unas veinte personas reunidas, toman café, hablan con voz alta. Bajamos unas escaleras y nos encontramos con Rodrigo Rivera Salazar, un político colombiano que fue congresista, embajador, ministro de Defensa y alto comisionado para la Paz. Cruza unas palabras con Villalba —“Dios me habló hoy, soy una espada en sus manos, Dios me va a devolver el lugar en la política”, y la frase me sorprende: no creí que los mensajes motivacionales tuvieran efectividad entre políticos—. Continuamos y entramos a la oficina del pastor Rodríguez, donde hay otra cocina más privada pero igual de espaciosa. Atravesamos una puerta y el pastor, que está allí, sonríe de inmediato, afable extiende la mano.

—Lo estaba esperando.

Sobre una mesa pequeña hay una Biblia abierta y un café. Hay un sofá, dos sillas de madera y una ventana por la que la luz de la mañana fría de Bogotá tambalea.

—¿Escuchó la predicación? —pregunta Rodríguez mientras uno de los líderes de la iglesia activa la cámara de su celular y nos graba—. Cuénteme en qué puedo ayudarlo.

Hablamos de su historia. Nació en Bogotá y a los 16 años escuchó por primera vez el mensaje del evangelio. Estuvo un año en grupos estudiantiles evangélicos pero se olvidó pronto. A los 27, cuando ya estaba casado con María Patricia y su suegra acababa de morir, decidió empezar a asistir a una iglesia que en los años ochenta parecía toda una promesa: la Misión Carismática Internacional. Allí estuvo tres años hasta que Dios le dijo que debía empezar con su propia iglesia. Empezó reuniéndose en su apartamento con no más de veinte personas. Es ingeniero industrial pero decidió estudiar Teología en el Seminario Bautista de Cali. Así fue el inicio, sin mucha épica, era 1991.

—El primer nombre que tuvimos fue Iglesia Cristiana de Restauración, pero luego se cambió por Centro Mundial de Avivamiento. En estos años hice una maestría en la Southwest Baptist University, en Dallas, y el doctorado en Global University, donde hice una tesis sobre el Espíritu Santo. Cuando llevaba poco tiempo de empezar la iglesia el Señor me habló, me dijo que predicara a tiempo y a destiempo. Ahí dejé mis negocios, porque yo vengo de una familia de impresores, y le dejé mis clientes a mi hermano.

Pasó de tener una iglesia en su apartamento con veinte personas a alquilar una casa hasta la que llegaban unas cien.

—En 1993 fue cuando el Espíritu Santo nos visitó. Él empezó en diciembre a visitarme cuando oraba. Comencé a hablar con el Espíritu como no lo había hecho nunca, oraba en lenguas, adoraba con música y de repente empecé a quebrantarme —a llorar, a sentir quizá culpa, arrepentimiento— porque la presencia del Señor estaba en ese lugar y los siguientes tres meses yo solo salía de ese cuarto para comer, mi esposa creyó que me había perdido. En febrero yo me paré en la iglesia a hablar sobre eso, sobre el Espíritu Santo. En esa sede cabían ciento cincuenta personas pero teníamos setenta, y cuando empecé a enseñar sobre el Espíritu la gloria de Dios cayó sobre todos, la gente empezó a llorar, unos caían al piso. Fue una reunión preciosa y a la semana siguiente ya éramos el doble. A los dos meses nos habló el Señor, nos dijo que alquiláramos el centro de convenciones de la ciudad, un lugar para dos mil personas. Ahí comenzó este movimiento por el que la gente corre hasta el día de hoy. Fuimos a Argentina antes de la pandemia y llenamos el estadio cubierto Luna Park, los pastores hicieron tiendas afuera por dos noches para estar en esa reunión, pero no se trata de nosotros sino de la gloria de Dios, que es como un imán.

—Es mucho poder...

—Hay que estar siempre en la Biblia, en el Espíritu Santo.

—Usted estudió teología, teólogos bautistas no están de acuerdo en que el Espíritu Santo haga las cosas que usted dice.

—En el seminario pensaban eso un poco, pero nos vamos encontrando en esas diferencias.

Rodríguez está convencido de que ha sido llamado por Dios para la misión superior de extender el Reino de los Cielos. Y salta a la vista que lo suyo es un imperio: la iglesia es enorme y de grandes lujos tecnológicos, el culto es una gran puesta en escena con más cuarenta músicos, dos docenas de cámaras y él y su esposa visten como presentadores de televisión.

—Tenemos más de quinientas mil personas que se conectan a nuestro programa de televisión que sale por uno de los canales nacionales. Aquí vienen unas dieciocho mil personas por reunión, yo creo que tenemos más de cincuenta mil. Aquí en Colombia tenemos las iglesias más grandes de los países que hablan español.

Ricardo Rodríguez debe salir pronto porque predicará por segunda vez. Cruzamos la puerta y afuera hay unas diez personas esperándolo. Un muchacho le pide oración, le dice algo al oído y entonces Rodríguez extiende las manos y se las pone en la cabeza. Dos segundos después el muchacho cae desmayado, ido del mundo. El pastor sigue hacia las escaleras que lo devolverán a su estudio, como si lo que sucedió fuera tan normal.

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¿Por qué alguien decide entrar en una iglesia, ceder el control de su vida, entregarse a la oración?

He dicho antes que no he dejado de creer. Es que no tengo más opción, la fe ya me marcó y no puedo quitarla. Pero la iglesia ahora me resulta lejana, no la entiendo. Suelo asistir a los cultos dominicales, escucho la predicación y guardo distancia. Hablé de la fe con algunos, amigos y no, que se mantienen en la iglesia, que no abandonan. En un culto de una iglesia bautista, un domingo resplandeciente de esos que en Medellín parecen únicos, conocí a Alejandro Álvarez, taxista, exadicto, excriminal, que me dijo por qué se hizo cristiano: “Yo estaba en la cárcel y pasaba por momentos de desesperación y de angustia, porque estaba metido hasta el cuello en las drogas y el alcohol y como muchos evangélicos iban a visitarme pensé que ellos eran los únicos que me podían ayudar, pero ellos me mostraron a Jesús. Hice la oración de fe, empecé a orar y he comprobado desde 2006 que él lo es todo, que él es mi única ayuda”. Dice Diego Peláez, líder de la banda de música cristiana Audiotónico, diseñador gráfico, bajista, cantante, amigo a quien conozco hace quince años: “Aunque yo nací en una familia cristiana, y viví siempre en la iglesia, y servía allí, solo cambié cuando enfrenté mis fracasos y debilidades. Un fracaso sexual y matrimonial me llevó a convertirme a Jesús de verdad. Me di cuenta de que era malo, pecador y solo encontré respuestas de libertad y cambio de vida en Jesús. El amor de Jesús me hizo entender que mi valor no está en lo que hago y tengo, sino en lo que soy por él. La gracia de Jesús me hizo entender que aunque no he hecho nada para merecer su amor, igualmente él me lo da. Persistir en este camino no es fácil, permanecer en Jesús es un proceso constante y frágil. Creo que la única manera de permanecer es atesorando la verdad todos los días”. Dice Felipe Dávila, publicista: “Me hice cristiano porque en la Universidad veía a una muchacha que hacía todo muy bien. Era la mejor. Yo le pregunté por qué era tan buena y ella me dijo que porque era cristiana, que porque amaba a Dios. Yo vivía aburrido en la vida y le dije a esa mujer que me llevara a la iglesia y me gustó lo que vi, el amor de la gente, que lo escuchaban a uno. Yo vi la felicidad de los evangélicos, que yo no tenía, y eso me hizo querer estar ahí”.

Pienso en unas palabras de Jesús: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

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Las imágenes dan miedo. Pastores que hablan en lenguas, estiran las manos y la multitud se cae o ríe a carcajadas o llora como si hubiera recuperado un tesoro. Cuando alguien te impone las manos sólo hay que cerrar los ojos y dejarse llevar. ¿Por qué se cae la gente? Algunos dicen que se debe a un tipo de histeria colectiva, a una emoción honda. Y podría ser. Pero lo dudo. Cuando tenía trece años y me hice creyente, a los pocos días fui a un culto de sanidad donde un pastor me impuso las manos. Me sentí mareado, sentí que perdía el conocimiento y abrí los ojos y corrí hasta donde estaba sentada mi mamá orando con lágrimas. Conforme seguí asistiendo a los cultos, la histeria se me convirtió en algo normal y, luego, en una necesidad. Siempre esperaba a que terminara la predicación para que el pastor orara y todos nos embriagáramos del Espíritu. Pasados los años, me deje caer, fui uno de tantos que se desmayó durante una oración. Nunca perdí la conciencia. Es extraño, se cierran los ojos y viene el mareo. Es lógico: alguien te pone las manos y te concentras en escuchar la oración, en dejarte envolver por la Presencia. Te caes. Es una decisión. Decides caerte. En el suelo esperas un rato. Por lo general no pasa nada. Otros tienen visiones. Yo nunca tuve. Hay predicadores que empujan, que mueven la cabeza del fiel para que caiga redondo, que soplan en la cara. A uno lo recuerdo muy bien: pegaba con su gran anillo de oro.

Hablé en lenguas, pero ahora creo que todo fue un invento. Un día estaba hablando con mi madre y de repente hablé en esas lenguas extrañas, sentía que no podía parar de pronunciar palabras desconocidas. Otro día, en un grupo de oración, un hombre se levantó, escupió una baba verde que hedía, y dijo que era la serpiente antigua, Satán, que nos iba a matar. Después de nombrar a Jesucristo, el demonio lo dejó en paz. Escuché a una mujer, en un culto, asegurar que Dios la había sanado del sida y todos aplaudimos jubilosos. Toqué con bandas de metal cristiano en parques de ciudades como Bogotá, Cali y Armenia, y allí mismo vi cómo pandilleros entregaban sus armas llorando, convencidos de su pecado. Ahora, quince años después, no sé qué termino de creer. Pero un hijo predestinado de Dios nunca se pierde, Dios no pierde a sus ovejas.

Recuerdo a mi primer pastor, el de mis trece años en aquella iglesia llamada Nuevo Camino. Me guió a leer la Biblia siete veces. Se llamaba Jairo Niño Alvis: la cara redonda, la nariz redonda, la barriga redonda. No era un charlatán. Había estudiado teología en Londres a lo largo de años en los que pasó algunas dificultades, pero fiel a la decencia, y después de conocer los sufrimientos de Charles Spurgeon —el príncipe de los predicadores del siglo XIX—, nunca se quejó; sus sermones eran medidos, mesurados, no exaltaba las emociones, se acercaba a la Biblia como quien se arrima a la luz para verse en las manos alguna herida.

Hace años, cuando quise entender por qué la huella de la Biblia no se borraba, desandé el camino, regresé a aquella ciudad pequeña, Armenia. Nada había cambiado mucho: las mismas tres calles principales, el mismo hospital grande y corroído. Fui a la iglesia. Ahí seguían la fachada blanca, las columnas como de templo griego, las puertas blancas con chapa dorada. Me acerqué al vidrio de una de las ventanas y ahuequé las manos alrededor de los ojos para ver hacia adentro: nada de lujos. Fue como echar un haz de luz sobre una felicidad dudosa y lejana. El pastor Jairo salió, dijo que estaba preparando el sermón del domingo, la continuación de un especial sobre el libro de Romanos. Aún conservaba el pelo negro, los ojos líquidos. Los años sólo le habían prodigado unos cuantos kilos. Siempre me pareció un hombre hermético y su saludo fue preciso, no con la alegría de quien ve a un discípulo después de años sino de quien se encuentra con alguien que estuvo de paso y recuerda su nombre con leve familiaridad. Las iglesias en algo se parecen a los clubes: quien se aparta, quien renuncia a su cuota de membresía, se convierte en un extraño, en un advenedizo. Nos saludamos y después de explicarle por qué estaba allí me dijo que no lo grabara, pero insistí.

—Pastor, ¿cuántos años lleva acá?

—Veintitrés

—¿Y por qué se ha mantenido?

—Muy sencillo, porque el Señor me ha pedido que lo haga. Yo por qué me tengo que mover a lo que Dios no me ha dicho. La pregunta es que por qué Dios me ha mantenido aquí. Y eso sí, pregúntale a él. Que él responda. Invitaciones a trabajar en otras partes y hacer muchas cosas, claro que hay, pero aquí estoy y mientras tanto él calladito.

—¿Nunca le gustó la política?

—No. Los pastores no deben hacer política.

—¿Y los evangélicos?

—Algunos, los que estudian para hacerlo. La iglesia sólo se debe ocupar en el Reino de los Cielos.

Después oró un rato, leyó un par de versículos y dijo que tenía que irse a terminar el sermón.

*La versión original de esta crónica fue comisionada para el libro Cronica. Sanne fortellinger fra Latin-Amerika, publicado por la editorial noruega Camino for lag, con edición de Leila Guerriero y Bente Teigen Gundersen. Primera vez que se publica en español.

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